LA HUMANIDAD DE CRISTO

13/07/2026

Cuando el Verbo se hizo carne

Dios Hijo se encarnó en Jesucristo. Por medio de él se crearon todas las cosas, se reveló el carácter divino y se llevó a cabo la salvación de la humanidad. Aunque es eternamente Dios, Jesús llegó a ser también verdaderamente hombre. Fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Vivió y experimentó la tentación como ser humano, pero ejemplificó perfectamente la justicia y el amor de Dios. Mediante sus milagros manifestó el poder de Dios y estos dieron testimonio de que él era el Mesías prometido. Sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados, resucitó de entre los muertos y ascendió para ministrar en el santuario celestial en favor de nosotros. Y muy pronto volverá en gloria para restaurar todas las cosas.

Cristo es verdaderamente Dios. Es omnipotente (Mat. 28:18), omnisciente (Col. 2:3), inmutable (Heb. 13:8) y autoexistente (Juan 5:26). Es el Creador y el Sustentador (Juan 1:3, Col. 1:17), tiene autoridad para perdonar pecados (Mar. 2:5-7) y juzgará al mundo (Mat. 25:31-32). Tanto discípulos como demonios reconocieron su deidad (Juan 20:28; Mat. 8:29). Aunque es omnipresente, limitó voluntariamente este atributo a la carne, actuando a través del Espíritu Santo (Juan 14:16-18).

La encarnación de Cristo es el «misterio de la piedad» (1 Tim. 3:16), donde el Creador se revistió de humanidad. Él es llamado Emanuel; es decir, «Dios con nosotros» (Mat. 1:23) y el «YO SOY» (Juan 8:58). Así, ocurrió el gran milagro: el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Nació de mujer (Gál. 4:4) y bajo las leyes del crecimiento humano (Luc. 2:52). Fue del linaje de David (Rom. 1:3), aunque concebido por el Espíritu Santo (Luc. 1:35). Se llamó a sí mismo «Hijo del Hombre» (en 77 ocasiones). Experimentó hambre, sed, cansancio, tristeza y agonía (Juan 19:28; Mat. 26:38; Luc. 22:44).

Jesús tomó la naturaleza humana deteriorada por cuatro mil años de pecado (Rom. 8:3). Poseía las debilidades de la raza caída, pero sin mancha moral ni pecado (1 Ped. 2:22). Por eso, «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15).

La tentación de Jesús fue usar su divinidad en beneficio propio. En esencia, la principal tentación para Cristo fue la misma que la de todos nosotros: un caminar independiente en lugar de depender del poder divino.

Jesucristo es una sola persona en la que se funden la divinidad y la humanidad. La iniciativa fue divina; el Hijo de Dios tomó la humanidad, no un hombre que alcanzó la divinidad (Fil. 2:6-7). Es un mediador misericordioso que simpatiza con nuestras debilidades (Heb. 2:17-18). Su victoria sobre el pecado asegura que nosotros también podemos vencer (Apoc. 3:21).

Imagina un puente destruido que nos deja atrapados en una orilla, separados para siempre de un paraíso inalcanzable. En lugar de exigirnos reconstruirlo, el Creador de las galaxias y el igual al Padre en dignidad y divinidad, descendió y condescendió a revestirse de nuestra humanidad y él mismo se convirtió en ese puente. Jesús tocó el fondo de nuestra condición más frágil para poder elevarnos hasta el cielo. «Cristo es la escalera que Jacob vio, cuya base descansaba en la tierra y cuya cima llegaba a la puerta del cielo, hasta el mismo umbral de la gloria. Si esa escalera no hubiese llegado a la tierra, y le hubiese faltado un solo peldaño, habríamos estado perdidos. Pero Cristo nos alcanza donde estamos. Tomó nuestra naturaleza y venció, a fin de que nosotros, tomando su naturaleza, pudiésemos vencer» (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 278). Es imperativo agradecer, seguir su ejemplo, vivir dependiendo de él, hacer su voluntad y ser vencedores.

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STANLEY ARCO, pastor adventista y presidente de la División Sudamericana. | @presidenciaDSA

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