Un tema que no me interesa en lo más mínimo
No he analizado seriamente el tema de la teología de la última generación en años, incluso décadas, acaso desde finales de los años noventa. ¿Teología de la última generación? No se me ocurre ningún tema menos relevante para mi experiencia cristiana. ¿Una multitud de seres perfectos, victoriosos y plenamente fieles dentro de diez, veinte o cincuenta años? ¿Es un chiste? Es un tema que no me interesa.
Lo que sí me importa es cómo puedo perfeccionarme hoy. ¿Cómo ser victorioso ahora? ¿Cómo puedo superar mis defectos de carácter? ¿Cómo puedo, en el presente, amar a los demás de manera desinteresada? ¡Por favor! Si por la gracia de Dios hacemos esas cosas día a día en el presente, el problema de la última generación por cierto se resolverá solo.
Pero debo decir que más allá de eso, siento más simpatía por la teología de la última generación que lo que dejo entrever. Hay textos bíblicos y citas de Elena White que, si se quisiera, uno podría ver a través de los lentes de esa última generación.
Textos como: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mat. 5:16). O: «Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Efe. 3:10). O cuando Elena White escribe que Dios es honrado por «la fe y la obediencia de su pueblo».1 O: «El honor de Dios, el honor de Cristo, están comprometidos en la perfección del carácter de su pueblo».2
Quienes interpretan estas referencias bíblicas, y otras, como una señal de una generación final que vindica el carácter de Dios ante el universo que la observa, quizá tengan razón. No hay problema, siempre que se entienda bien este punto clave: no
importa quiénes sean esos santos y cuáles sean sus experiencias y el carácter que posean, solo se salvan por lo mismo que salvó al ladrón en la cruz. ¿Qué fue lo que lo salvó? La justicia de Jesús que, desde fuera de ellos, les es imputada. Es por «la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él» (Rom. 3:22). Mientras esa verdad nos quede grabada a fuego en la mente, esa última generación puede estar tan santificada como lo desee, incluyendo comer saludable o privarse de muchas cosas para estar lista para el cielo.
Yo ingresé a la Iglesia Adventista en 1980. Con las décadas, me he convertido en un anciano curtido, apasionadamente analítico y discutidor de temas teológicos. Por ello, pensé que lo había oído todo. Eso fue hasta hace poco, cuando escuché a alguien afirmar que Sadrac, Mesac y Abednego no fueron consumidos por las llamas del horno ardiente porque (y digo palabras textuales que escuché) «no había pecado ni culpa en ellos que pudieran ser consumidos, y así es como tiene que ser la última generación». Yo, realmente quedé conmocionado; no tenía ni idea de que existía gente que piensa de esa manera.
(Pero mi esposa me dijo sabiamente: «Por favor, eres muy ingenuo»).
Sí, claro que podemos obtener la victoria (1 Cor. 15:57). Sí, claro que podemos vencer (1 Juan 5:4). Sí, por supuesto que podemos reflejar el carácter de Cristo (Gál. 4:19). La victoria, la superación y reflejar a Jesús son manifestaciones innegables de lo que significa ser salvo. ¿Pero convertir esas manifestaciones en el medio mismo de salvación? ¡Qué negación tan impactante del evangelio, para cualquier generación, sea o no la última de la historia!
1 Elena White, Carta 1, 1883.
2 Elena White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, Cal.: Pacific Press Pub. Assn., 1955), p. 625.
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Clifford Goldstein es el editor de la Guía de Estudio Bíblico para Adultos. Su último libro es An Adventist Journey, publicado por la Asociación Publicadora Interamericana (IADPA).



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