La identidad profética impulsa a la misión
La profecía nunca fue dada para satisfacer la curiosidad; se dio para formar personajes y despertar la misión. Daniel describe una escena decisiva: «El Juez se sentó y los libros fueron abiertos» (Dan. 7:10). Esa imagen exige preparación, no especulación.
Para los adventistas, la Escritura profética no es una escalera de líneas temporales, sino una revelación de un propósito divino. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia despliega una narrativa unificada de un Dios que guía la historia hacia la redención final. Entre sus muchas corrientes proféticas, a menudo enfatizamos siete líneas principales porque convergen con claridad y urgencia. Explican dónde nos encontramos en la historia de la salvación y por qué existe nuestro movimiento.
Daniel 2 establece la base. Reinos sucesivos surgen y caen, simbolizados por una estatua de varios metales. La fortaleza política parece impresionante, pero sigue siendo temporal. Entonces «una piedra se desprendió sin que la cortara mano alguna» (Dan. 2:34). Por el contrario, solo el reino de Dios perdura, y la historia no deriva, sino que avanza constantemente hacia la realización divina.
Daniel 7 intensifica esa visión. Los imperios terrenales quedan expuestos como potencias inestables, pero el cielo sigue siendo seguro. La escena del juicio asegura que Dios vindicará la verdad y recordará la fidelidad. Daniel 8 y 9 trasladan el foco directamente a Cristo. «Luego el santuario será purificado» (Dan. 8:14) revela su ministerio continuo. Las setenta semanas identifican al «Mesías Príncipe» (Dan. 9:25) y confirman su misión de «expiar la iniquidad» (Dan. 9:24). Las Escrituras resultan fiables porque la redención está anclada en la historia.
El Apocalipsis completa el panorama. El capítulo 12 devela la gran controversia. El capítulo 13 expone la crisis final de adoración y lealtad. Finalmente, el capítulo 14 proclama el evangelio eterno a cada nación, tribu, lengua y pueblo.
Esas visiones producen un testimonio unificado. «El tiempo del fin» (Dan. 12:4) no es abstracto; sitúa a la iglesia ante una responsabilidad sagrada. «El misterio de Dios se consumará» (Apoc. 10:7); asegura la conclusión, no la confusión. Y el mandato de «adorar a aquel que hizo el cielo y la tierra» (Apoc. 14:7) ancla nuestra identidad en el propio Creador. Permanecer arraigado en las Escrituras es estar allí donde está la profecía, firme en la verdad y con mensaje claro.
Estas líneas proféticas no generan orgullo ni miedo. Producen misión. Dios gobierna la historia, Cristo intercede y el evangelio tiene que avanzar. Si el tribunal está sentado y los libros se abren (véase Dan. 7:10), entonces la iglesia no puede permanecer pasiva. Nuestro llamado es claro: proclamemos la verdad con valentía, enseñemos las Escrituras con convicción y llevemos el evangelio eterno más allá de culturas y fronteras. Esta hora es seria. El mensaje es urgente. Avancemos fielmente hasta que Jesús regrese.
¡Maranata!
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Erton C. Köhler es presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.



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