El Salmo 125 solo te lleva hacia arriba.

No son el Monte Everest, pero la rareza y la belleza de los siguientes montes van más allá de una cuestión de metros. Las columnas de arenisca del Parque Nacional Zhangjiajie, en China, son muy bellas y extrañas. Fueron la inspiración para la geografía del film “Avatar”, de James Cameron.

Y ¿qué decir de las exóticas y sumamente visitadas “chimeneas de hadas”, en Capadocia, corazón de Turquía? Se formaron como resultado de los ríos de lava de las erupciones volcánicas, y son una gran atracción turística.

Si viajamos al condado de Crook (Wyoming, EE. UU.), nos encontraremos con la famosa Torre del Diablo. Mide tan solo 386 metros y fue el primer Monumento Nacional declarado en Estados Unidos, en 1906.

Nos faltaría espacio para contar más sobre las montañas Arcoíris (en China) y sobre la cordillera Bungle Bungle (en Australia), que parece una colmena gigante. La geografía de nuestro planeta está llena de sorpresas. También la de la Biblia.

El Salmo 125 no es el “Everest” de los Salmos. Al contrario, es pequeño en extensión; pero es grande, muy grande. En esos cortos versos encontramos todo lo necesario para enfrentar las luchas de la vida y cantar bajo la lluvia: seguridad, justicia, amparo, protección, promesas y paz. Todo, en solo cinco versículos.

Se trata de un canto grupal que entonaban los peregrinos al subir a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua. Los Salmos 120 a 134 se enmarcan en esta categoría, llamada “cántico gradual”, o “canto de las subidas”. Por eso, “por todo el país, grupos de peregrinos se dirigían hacia Jerusalén. Los pastores que habían dejado por el momento sus rebaños y sus montes, así como los pescadores del Mar de Galilea, los labradores de los campos y los hijos de los profetas que acudían de las escuelas sagradas, todos dirigían sus pasos hacia el sitio donde se revelaba la presencia de Dios […].  Las caravanas veían continuamente aumentar sus filas, y a menudo se hacían muy numerosas antes de llegar a la santa ciudad” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 579).

La ciudad de Jerusalén se encuentra ubicada estratégicamente sobre una cadena montañosa. El peregrino que iba desde lejos quedaba impresionado por la dimensión y la posición del monte de Sion, la colina prominente sobre la cual se establecía la ciudad. Así, la geografía del lugar era pedagógica, y les enseñaba a todos que si confiaban en Dios y le eran obedientes estarían firmes en su vida espiritual.

Sigue relatando Elena de White (ibíd, pp. 579, 580): “La alegría de la naturaleza despertaba alborozo en el corazón de Israel y gratitud hacia el Dador de todas las cosas buenas. Se cantaban los grandiosos salmos hebreos que ensalzaban la gloria y la majestad de Jehová. A la señal de la trompeta, con acompañamiento de címbalos, se elevaba el coro de agradecimiento, entonado por centenares de voces. […] Cuando veían en derredor de ellos las colinas donde los paganos solían encender antaño los fuegos de sus altares, los hijos de Israel cantaban: ‘Los que confían en Jehová son como el Monte Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre. Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre’ ” (Sal. 125:1, 2). Al que cree y confía en el Señor, se le promete la misma seguridad.

En julio pasado celebramos con alegría los 125 años de la Asociación Casa Editora Sudamericana (ACES). Como editorial y como iglesia, nos reunimos en una gran celebración (ver Nota de Tapa) en la que recordamos cómo Dios condujo a la ACES en tiempos difíciles, y cómo por su gracia logró establecerse y consolidarse. Su mano estuvo al timón siempre, aun en medio de la tormenta. Así, la misión de distribuir libros e impresos para predicar la Verdad Presente se cumplió, se cumple y se cumplirá.

La vida junto a Dios es un caminar continuo hacia adelante y hacia arriba. Y es también una afirmación constante en la seguridad de sus promesas y de su Ley.

En un mundo relativista, en el que algunas personas son frágiles como la arena (Mat. 7:26), inestables como las olas del mar (Sant. 1:6) y arrastrables por cualquier viento doctrinal (Efe. 4:14), Dios nos invita a permanecer firmes en la fe y a seguir ascendiendo hasta que lleguemos al Cielo.

Sobre el Autor

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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