Descubramos por qué había tantas tradiciones humanas en torno a cómo guardar el sábado en los tiempos de Cristo en esta Tierra.

Se conoce como “período intertestamentario” a los cuatro siglos que trascurrieron entre el Antiguo Testamento (AT) y el Nuevo Testamento (NT). Durante esa etapa, los judíos desarrollaron muchas de las tradiciones que aparecen en el NT, y que no existen de manera explícita en el AT. Y como es de esperarse, muchas de estas prácticas tienen que ver con el sábado. Por eso, para comprender el contexto de los enfrentamientos que Jesús tuvo con los fariseos con respecto a la observancia del sábado (Mat. 12:1-14; Mar. 2:23-28; 3:1-6), es necesario conocer qué sucedió durante esos cuatrocientos años.

LAS TRADICIONES ORALES

Cuando los judíos regresaron del exilio babilónico, despreciaron toda clase de idolatría y, gracias al trabajo de los escribas, empezaron un movimiento de estudio de las Escrituras, especialmente la Torá (Pentateuco). Lo lamentable es que, con el tiempo, en lugar de mantenerse en el sentido claro de la Escritura, sus maestros desarrollaron métodos de interpretación que trajeron como resultado la aparición de un complejo cuerpo de leyes y tradiciones orales, que con el tiempo se volvieron más importantes que el mismo texto bíblico. Incluso los rabinos del período apostólico llegaron a decir que estas tuvieron el mismo origen que la revelación de la Torá escrita.

Por el siglo II a.C., empezó el método de estudio conocido como la Mishná, que significa “repetición”, porque se estudiaba y se memorizaba por medio de la repetición continua. Alrededor del siglo III d.C., lo que era oral se puso por escrito y se organizó en seis libros llamados “órdenes”, que contienen 63 “tratados”, los cuales están divididos en capítulos. Tiempo después, a la Mishná se le escribió un comentario, conocido como la Guemará, y juntas formaron el Talmud.

LA OBSERVANCIA DEL SÁBADO

La Mishná contiene regulaciones respecto de la forma en que se debía guardar el sábado. Existían 39 trabajos que no se podían realizar en el día de reposo. Por ejemplo, no se podía separar dos hilos, no era permitido escribir dos letras, ni borrar algo con el fin de escribir dos letras. Tampoco se podía curar a alguien en sábado, porque eso significaría preparar medicamentos. Sin embargo, había un atenuante, y era cuando la vida estaba en peligro. Eso significaba que, si alguien era herido, pero su vida no corría peligro, debía esperar hasta después del sábado para ser tratado.

Otras prohibiciones eran: consumir huevos puestos en sábado, golpear las piernas o dar pisotones con los pies, llenar un cascarón e huevo con aceite y ponerlo en el orificio de una lámpara, y verse a un espejo. También había leyes orientadoras en cuanto al cuidado del ganado en sábado, como su alimentación y limpieza. En relación con los viajes, solo se podía viajar unos 2.000 codos en sábado (unos 900 metros). Ahora bien, si un hombre era sorprendido por la puesta de sol del sábado, este podía decir: “Sea mi lugar de descanso sabático en su raíz”, y desde ahí caminar 2.000 codos más.

Otro documento judío que contiene instrucciones muy estrictas con respecto al sábado es El libro de los Jubileos (del año 100 a.C.). Allí se pena (incluso con la muerte) realizar en sábado lo siguiente: tener relaciones sexuales, sacar alguna cosa de la casa, caminar y ayunar.

Documentos como estos, al sobrepasar lo que ordenaba la Escritura, influyeron negativamente en la observancia del sábado, de modo que el pueblo ya no lo veía como un día de gozosa adoración, sino como una obligación religiosa desprovista de sentido.

LO HUMANO VERSUS LO DIVINO

Como puede notarse, el período intertestamentario fue el tiempo en que proliferaron las elucubraciones humanas, y aparecieron muchos entendimientos erróneos que no reflejaban la voluntad divina. Esas falsas interpretaciones terminaron volviéndose más importantes que la misma Escritura y prepararon al pueblo para rechazar a Cristo en su primera venida. Nunca fue el plan de Dios que la observancia del sábado se volviera una carga, sino que, dentro de un ambiente de alegría, sus hijos pudiesen relacionarse con él en amor (Isa. 56:2). RA

CRISTHIAN ÁLVAREZ ZALDÚA, Doctor en Teología y profesor de Teología Sistemática en la Universidad Adventista de Bolivia.

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