“Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10).

El mundo está en vilo. Todo otro tema ha quedado relegado a un segundo plano (incluso otras pandemias), como los estallidos sociales, el terrorismo internacional, las catástrofes vinculadas al cambio climático, el fracaso de todas las recetas políticas y económicas. Y, aunque otras pestes recientes nos hicieron pensar en principio que esta sería apenas una más, lo cierto es que ninguna detuvo como ella al mundo entero en cuestión de semanas. Ninguna cambió tan drástica y profundamente nuestra manera de relacionarnos, o de no hacerlo.

Los otros colapsos globales han hecho lugar a una nueva forma de globalización: la “emergencia sanitaria”, que no distingue entre estrellas y admiradores; entre ricos y pobres; entre monarcas y súbditos; entre políticos y ciudadanos comunes; entre naciones desarrolladas, emergentes y pobres. La muerte está tocando a la puerta de todos, aun de quienes solían estar “más allá del bien y del mal”, de los diestros en surfear las olas de las tormentas ajenas.

Ninguna peste contemporánea nos había descubierto tan vulnerables en la dimensión global. El enemigo es invisible, está por doquier e insiste en instalarse, desde fuera y desde dentro de nosotros mismos, por el contagio o por el pánico.

Todas las explicaciones han sido ensayadas. Todas son verosímiles en un mundo donde la realidad supera la ficción y nos sorprende cada vez que creíamos haberlo visto todo. ¿Ensayos o accidentes con armas biológicas experimentales? ¿Negocios multimillonarios de imperios farmacéuticos con vacunas y fármacos oportunamente salvadores? ¿Pruebas piloto para reducir la población mundial, empezando con los más longevos? Sin descartar de plano ninguna de ellas como posible punto de partida, ¿existe alguna otra lectura factible? ¿Podría hablarse de vislumbres o prenuncios del fin de la historia tal como la conocemos? La sola insinuación de ello era diagnosticada como “fanatismo sectario” hace apenas unas décadas. Hoy crece, aun entre las filas del secularismo, la sensación de que efectivamente vivimos en tiempos escatológicos, de que un cambio sin precedentes está a las puertas. ¿Cuál podría ser el detonante de esa nueva realidad? ¿Un aerolito? ¿Un conflicto nuclear? ¿El colapso del ecosistema por efecto de la contaminación y del cambio climático? ¿Una pandemia por un virus altamente contagioso y que muta todo el tiempo, como un blanco móvil? ¿Una combinación de eventos como esos?

Las recetas también son variadas. ¿Refugios a prueba de todo para que “lo mejor de la humanidad” pueda comenzar a repoblar lo que quede del mundo el día después? ¿Mudarse a otros planetas habitables? ¿Convocar inteligencias extraterrestres al rescate? ¿Adelantar la partida a título personal? ¿Seguir (sobre)viviendo al margen de todo, como si nada fuera a ocurrir? O, más prosaicamente, ¿comprar y vender acciones para enriquecerse siguiendo a Rotschild: “Cuando suenen los cañones, compra; cuando suenen las campanas, vende”?

En caso de conceder a la pesadilla del “corona virus” alguna arista metafísica, Jesucristo incluyó las pestes globales como parte del preludio de su regreso glorioso a la Tierra (Mat. 24:7; Luc. 21:11). Milenarias profecías bíblicas se han cumplido hasta aquí en relación con la evolución política del Antiguo Cercano Oriente y de Europa (Dan. 2; 7; 8; 9; 11). Una inusitada descomposición ética y moral de la sociedad como antesala de la intervención final de Dios para salvar al mundo de su autodestrucción también figura entre esas profecías (Mat. 24:37; Gén. 6:5; 2 Ped. 3).

En la misma línea, ¿podría un escenario extremo como el actual aunar algún día las voluntades en el ámbito mundial bajo un liderazgo fuerte que recurriera incluso a la suspensión de derechos y libertades en nombre del bien común? Si eso ocurriera, sería muy semejante al cuadro visionario descrito por Juan en el capítulo 13 de Apocalipsis, justo antes de que los virus cedan por fin y para siempre su lugar a un cielo nuevo y una Tierra nueva donde ya no habrá muerte, llanto, clamor ni dolor (Apoc. 21:1, 4).RA

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