Enero, el primer mes del año, siempre llega con muchas expectativas. Esto se debe a que, de alguna manera, representa un nuevo comienzo. El año que pasó tuvo, sin duda alguna, momentos alegres y de satisfacción. Sin embargo, también tuvo momentos difíciles y desafiantes. Seguramente has elaborado una lista de resoluciones para este nuevo año. El estudio del libro de Daniel no es ajeno a estas situaciones. De hecho, el libro empieza con el inicio de una nueva etapa, y no precisamente la más feliz de todas. Daniel 1:1 introduce el drama al cual el pueblo de Israel se enfrentó: la conquista de Jerusalén por el imperio babilonio.

La caída de Jerusalén representaba la manifestación de los juicios celestiales sobre el pueblo escogido de Dios. Lo que había sido anunciado como una posibilidad en los días de Moisés (Deut. 28:15-68), llegó a ser una realidad. El pacto entre Dios y su pueblo tiene estipulaciones que describen las responsabilidades de ambas partes de los involucrados en el pacto. Dios se comprometía a proteger, bendecir y salvar a su pueblo, mientras que el pueblo es llamado a vivir como una nación santa y dedicada a Dios.

Este pacto hecho entre Dios y el pueblo de Israel, luego de que este saliera de la esclavitud bajo el yugo egipcio, fue establecido en el Sinaí (Éxo. 19-20) y está descrito con mayores detalles en el libro de Deuteronomio. El libro de Lamentaciones refleja el dolor del profeta frente a la destrucción de Jerusalén a manos de Babilonia, y es el profeta Daniel quien deja en claro que la razón por la cual el pueblo de Israel sufrió el cautiverio babilónico fue la idolatría y el abandono de Dios (Dan. 9:5, 6, 11-14). En otras palabras, el pueblo escogido quebrantó el pacto establecido en el Sinaí.

En ese contexto, encontramos a Daniel y sus amigos en un nuevo escenario. Ya no hay Santuario para adorar a Jehová, no existe una comunidad organizada para dirigir las fiestas solemnes y los diversos ritos y cultos del pueblo. Ahora Daniel, Ananías, Misael y Azarías se enfrentan a un mundo desconocido, con nombres nuevos, un nuevo idioma, nuevas costumbres no solo sociales sino también religiosas; incluso hasta un nuevo estatus social. Es en medio de esta nueva experiencia que se encuentran con una situación aparentemente sencilla: el rey Nabucodonosor les designó, como parte de su preparación intelectual, “una porción diaria de la comida del rey y del vino que él bebía” (1:5).

Lo sorprendente de esto es que tanto Daniel, junto con sus amigos, resolvió “no contaminarse con la porción de la comida del rey ni con el vino que él bebía” (1:8), sino que pidió “legumbres para comer y agua para beber” (1:12). En esta decisión encontramos un asunto de compromiso total con Dios. Mientras que el rey babilonio intenta cambiar la identidad de los jóvenes hebreos, ellos consideran que ciertos aspectos de la vida no son vitales (el nombre, el lugar donde viven, las circunstancias que les tocan vivir), pero su relación con Dios es innegociable.

Sobre la base de Daniel 1, la forma en que nos alimentamos forma parte de la relación que existe entre el ser humano y Dios. No podemos servir a Dios solo con el pensamiento, sino que el relacionamiento con el Creador involucra las conductas relacionadas con el estilo de vida. Los jóvenes hebreos se niegan a comer alimentos prohibidos por la Biblia; además de que estos habían sido dedicados a los ídolos. El aceptar la alimentación babilonia implicaba rebajar y negar las normas impuestas por la Escritura y asociarse con los dioses paganos de Babilonia, negando la relación del pacto entre ellos y Jehová. Más aún, la dieta que piden los cuatro valientes hebreos se asemeja a la alimentación original, y no solo a la permitida en Levítico 11. Esto responde a una situación peculiar: el libro de Daniel es para el tiempo del fin, por lo tanto, el plan de Dios es que su pueblo, en el tiempo del fin, se mueva a un estilo de vida semejante al otorgado en el principio.

En consecuencia, a medida que nos movemos hacia el cierre de la historia en este mundo, el pueblo de Dios es llamado a comprometerse con Dios en todos los sentidos, incluyendo su estilo de vida. Tal como dice Pablo: “Si, pues, coméis o bebéis […] hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). El profeta Daniel es un ejemplo vivo de compromiso y resolución, que nos toca imitar hoy a medida que anunciamos la venida del Señor Jesús. ¡Maranatha!

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