El mismo Señor que reprende también llama
Apocalipsis 2 y 3 hace más que dirigirse a congregaciones de la antigüedad. Funciona como un diagnóstico apocalíptico del pueblo de Dios que vive en el fin de la historia. Entre las siete iglesias, Laodicea y Filadelfia se sitúan en deliberado contraste. Una expone el peligro de la complacencia espiritual; la otra revela el poder de la perseverancia fiel. Caminos de esperanza opuestos.
Laodicea era próspera, influyente y segura de sí misma. La arqueología confirma su sistema bancario, instalaciones médicas e industria textil. Sin embargo, su debilidad oculta igualaba su suministro de agua: tibia cuando llegaba por largos acueductos. La Biblia habla con precisión: «… por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apoc. 3:16). En otras palabras, la complacencia adormece la fe.
En el núcleo de Laodicea yace una distorsión teológica: «Tú dices: “Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”» (vers. 17). Aquí tenemos una situación peligrosa: la religión continúa, pero la dependencia se desvanece; la doctrina permanece, pero la emoción ha desaparecido; la misión sobrevive, pero la urgencia se evapora. Cristo no es negado, sino desplazado. El veredicto expone la tragedia: «No sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo» (vers. 17). Sin embargo, el mensaje también incluye un llamado: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete» (vers. 19). El mismo Señor que reprende sigue llamando a la puerta. Ofrece una comunión restaurada.
Por otro lado, Filadelfia presenta un giro sorprendente. Débil desde el punto de vista histórico, sacudida por terremotos frecuentes, estaba acostumbrada a la inestabilidad. Cristo no la reprende: «Aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has negado mi nombre» (vers. 8). La fidelidad, no la apariencia, define a los fieles. La perseverancia, no la comodidad, marca al pueblo de Dios. «Has guardado mi mandato de ser constante» (vers. 10, NVI).
La iglesia actual se reconoce a sí misma en la era de Laodicea, pero está llamada a reflejar el espíritu de Filadelfia.
Ese contraste determina nuestra identidad profética. La iglesia actual se reconoce a sí misma en la era de Laodicea, pero está llamada a reflejar el espíritu de Filadelfia. La norma de medición se encuentra en Apocalipsis 14. Los mensajes de los tres ángeles restauran la urgencia, reconfiguran la adoración y aclaran la lealtad. «¡Temed a Dios y dadle gloria […]. Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra!» (Apoc. 14:7). Esa no es teología opcional: es una proclamación para el fin de los tiempos.
El camino inverso de la esperanza pasa de la comodidad a la convicción. De la confianza institucional hasta la lealtad al pacto. De la religión complaciente hasta la fidelidad urgente. Las Escrituras advierten que la verdad nunca ha avanzado gracias a la mayoría. «Muchos son llamados, pero pocos escogidos» (Mat. 22:14). El testimonio final será llevado por un remanente fiel, arraigado en las Escrituras y despertado por la profecía.
Este es el llamado actual: dejar la teología de la complacencia; abrazar la fidelidad de la urgencia; que la doctrina encienda la devoción; dejar que esa devoción alimente la misión. El mundo no necesita que una iglesia esté impresionada consigo misma: necesita un pueblo lleno de Cristo, arraigado en la Biblia y centrado en la misión. Con la suficiente valentía para proclamar el evangelio eterno hasta que la puerta que aún está abierta finalmente se cierre.
De Laodicea a Filadelfia, el Espíritu sigue hablando. ¿Contestaremos?
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Erton C. Köhler es presidente de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día.



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