CUANDO TODO SE DERRUMBA

Una plegaria frente al dolor basada en el Salmo 3.

Ciertas historias no tienen otra explicación que la terrible condición humana. Una de ellas es la de los hermanos Lyle (21 años) y Erik Menéndez (18), quienes asesinaron a balazos a sus padres el 20 de agosto de 1989 en Estados Unidos. En 1993 fueron condenados a cadena perpetua. Pese a las decenas de recursos legales presentados (argumentando que sufrían abusos por parte de sus padres), los hermanos siguen en prisión. En septiembre de 2024, Netflix estrenó la serie Monsters: The Lyle and Erik Menéndez Story, despertando (otra vez) el interés por uno de los parricidios más famosos de la historia moderna.

Hijos asesinos y padres abusadores son un combo detestable y alejado del plan de Dios para la felicidad humana.

Hay mañanas en que el peso de la crisis te aplasta antes de que el primer rayo de sol decrete que la noche terminó. Mañanas en que la mente ya está ocupada desde el primer segundo de vigilia, con cuentas que no cierran, con diagnósticos negativos, con trabajos que desaparecen, con relaciones que se deshacen y con hijos que se alejan de tu hogar y de Dios. Mañanas en las que, con honestidad brutal en la soledad del alma, uno se pregunta: «¿Dónde está Dios?».

También le sucedió a David. No desde la comodidad de su palacio, ni desde la impertérrita devoción de sus súbditos, sino desde la huida. El Salmo 3 nace en uno de los momentos más oscuros de su vida: su propio hijo Absalón lo había traicionado, levantando contra él a todo Israel. El hombre que había matado gigantes ahora escapaba a pie, llorando y con la cabeza cubierta. La imagen de un rey sin corona y huyendo de su propio hijo es demoledora.

Sin embargo, de las peores mañanas emergen las mejores oraciones.

Veamos.

1- Una multiplicidad de problemas (Sal. 3:1-2).

David no niega la realidad y hace un duro inventario de su situación. Entender que los enemigos son duros y reales es el primer paso para vencerlos. Los «absalones» de hoy son muchos y tienen diversas formas. Lo cierto es que también están a nuestro acecho y buscan perturbar nuestra paz.

Hombres y mujeres en edad madura son la generación que a menudo carga con sus hijos, por un lado; y con sus padres ancianos, por el otro. La adultez llegó con ciertas certezas, pero sin tener todavía el alivio de haber llegado a un puerto definitivo. David los hubiera entendido perfectamente.

No obstante, ante este difícil planteo de la realidad, aparece la mentira, es decir, el recurso favorito del «padre de la mentira» (Juan 8:44): No hay salvación para ti. En la cultura actual se mide el valor de las personas por su productividad y por la cantidad de seguidores en las redes sociales. Así, la fe puede parecer ingenua. Creer en un Dios que cuida, que ve y que interviene suena anticuado en el mejor de los casos y delirante en el peor. La narrativa dominante dice que estamos solos en un universo indiferente, y que cada uno debe arreglárselas como pueda.

David (perseguido, traicionado y humanamente derrotado) se niega a aceptar esa narrativa. No porque tenga pruebas de que todo irá bien. Sino porque recuerda las promesas de Dios. La memoria teológica es una forma de resistencia.

2- Un escudo invisible (Sal. 3:3-4).

David no cree en soluciones mágicas ni en psicologías baratas de autoayuda. Al contrario, establece su confianza en una relación personal y constante con Dios. En los tiempos bíblicos el escudo no era un objeto decorativo. Era lo que absorbía el golpe para que la vida continuara cargando el peso de un hijo rebelde. En esta huida vergonzosa, él encuentra en Dios un reparo y una bocanada de aire fresco para levantar la cabeza.

La fe cristiana madura ya no es infantil ni superficial. Sabe que Dios no siempre quita las tormentas, pero camina a tu lado dentro de ellas. No como espectador compasivo, sino con su presencia de consolación activa. Que tus rodillas nunca fallen para postrarte y orar.

3- Una realidad impensada (Sal. 3:5-8).

Aquí interviene la sorpresa. David está huyendo de un ejército en su contra, comandado por su propio hijo, y puede dormir tranquilamente. ¿Es insensible al peligro? No. Confía en Alguien que no duerme. En una época marcada por el insomnio colectivo —literal y metafórico—, el descanso es un acto de fe. Es soltar el control como forma de oración. Es reconocer que hay un límite a lo que las manos humanas pueden sostener, y que más allá de ese límite hay brazos divinos que no se cansan. No es resignación. Es confianza.

David termina el salmo con un imperativo. Le da una orden a Dios. Y eso, lejos de ser irreverente, es la forma más honesta de orar: sin fórmulas ni distancias. Solo con la urgencia real de quien necesita ayuda de verdad. La fe no romantiza el dolor. Lo sobrevive.

Paradójicamente, Absalón significa «padre de paz». Famoso por su abundante cabellera, pero por su escasa dimensión espiritual, el hijo de David no supo ni pudo encontrar esa paz que su padre terrenal tuvo y que su Padre celestial deseaba darle.

El Salmo 3 no promete que los enemigos desaparecerán, ni garantiza que la situación mejorará de inmediato. Pero sí afirma que hay un Dios que escucha, que protege, que sostiene. Y que, cuando el mundo se derrumba, él no duerme.

  • Pablo Ale

    Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros "¡Qué enREDo", "La fuerza de la palabra", “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente, es editor de libros y director de la Revista Adventista y de la revista Ministerio, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

    Ver todas las entradas Pastor y director de la RA.

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