Cómo infundir la presencia divina en su matrimonio
Cuando la Biblia dice «los dos serán una sola carne» (Mat. 19:5), no está diciendo que cada persona en un matrimonio tiene que perder su individualidad. Significa que cada persona, manteniendo su propia autonomía, se entrega libre y felizmente al otro. Lamentablemente, muchas relaciones actuales se han convertido en lo contrario: egocéntricas o transaccionales. Preguntan de manera egoísta: «¿Qué puedo sacar de esta relación?» Exigen a su cónyuge lo que quieren, sin corresponderle. O pueden volverse transaccionales, dando a su cónyuge solo para obtener de manera egoísta lo que quieren a cambio.
Para tener relaciones sanas, necesitamos partir de una visión bíblica de lo que Dios quiso que fueran.
En primer lugar, las Escrituras nos revelan cómo actúa el amor: «Amamos porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19, NVI). El amor despierta el amor. En otras palabras, solo podemos amar desinteresadamente después de haber visto y experimentado por primera vez el amor de Dios por nosotros. Solo después de que Dios inicia el amor podemos responder de la misma manera. Sin experimentar primero su amor, somos incapaces de amar verdaderamente de forma desinteresada. Esta verdad es fundamental para que las relaciones funcionen.
Sí, podemos amar a los demás con amor humano. Pero tenemos que reconocer que el amor de Dios y el amor humano son tan diferentes como los cielos son más altos que la tierra. El amor humano tiende a ser transaccional y egoísta, mientras que el amor de Dios es desinteresado y no busca algo a cambio.
El amor de Dios: la norma de los matrimonios
El amor dentro de una relación matrimonial es especial. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efe. 5:25), instruye Pablo. La relación entre un marido y una esposa necesita estar basada en la relación entre Dios y su pueblo. ¿Cómo nos amó Cristo? Nos amó iniciando la relación y dando su vida para redimirnos. Cuando realmente vemos el amor que Dios tiene por nosotros, queremos responder con aprecio y darle nuestro corazón.
La decisión de entregarnos a Dios no es algo que se puede forzar. Dios no fuerza la sumisión. Por el contrario, el evangelio trata de que veamos y experimentemos primero el amor de Dios, y luego respondamos a su amor mediante una feliz entrega y sumisión.
Entender eso es crucial porque nuestra imagen de Dios acabará moldeando cómo tratamos a nuestro cónyuge. Si mi experiencia cristiana consiste en obligarme a someterme a Dios porque «es lo correcto», sin antes experimentar su amor, puedo no ver nada de malo en exigir que mi esposa simplemente me «obedezca» sin ganar primero su corazón. Pero si Dios conquista mi corazón con amor, y respondo a su amor y entiendo que mi tarea es conquistar el corazón de mi esposa con amor, ella me entregará su amor de buena gana. Si seguimos ese tema evangélico en las relaciones, podremos cumplir la escritura cuando dice: «Someteos unos a otros en el temor de Dios» (Efe. 5:21).
¿Cómo es esto en la práctica? En una relación o matrimonio centrado en el amor de Dios, el hombre no se acerca a la mujer con exigencias. No pregunta «¿qué puedo conseguir?», sino «¿qué puedo dar?» Como Jesús, está dispuesto a dar su vida para que su esposa pueda florecer. Cuando una mujer es amada de esta manera –sin presión, miedo ni manipulación– es libre de responder, no por obligación, sino por amor. Si una mujer se siente emocionalmente segura y protegida por el amor del hombre, puede confiar en él entregándole su corazón.
Más allá de lo transaccional
El amor egoísta daña las relaciones sanas, y el amor transaccional daña las relaciones románticas porque está impulsado por el miedo. Este último cree: «Primero tengo que hacer algo para entonces recibir amor». Una persona con esa mentalidad a menudo teme no haber hecho lo suficiente para ser «digna» del amor del otro. Esto le lleva a temer que nunca es lo suficientemente buena o merecedora; o puede sentir lo contrario: porque hizo algo por su cónyuge, tiene derecho al amor de él. Y cuando no recibe la respuesta que espera, se decepciona e incluso enoja. Esos patrones de comportamiento poco saludables generan todo tipo de caos en los matrimonios.
Nuestra imagen de Dios acabará moldeando cómo tratamos a nuestro cónyuge.
El otro lado de una mentalidad de amor transaccional también cree: «Los demás tienen que hacer algo primero antes de recibir algo de mí». Puede sentir que el cónyuge no hizo lo suficiente para ganarse su amor, lo que le lleva a temer que su cónyuge no le ame lo suficiente. O puede sentir que su cónyuge hizo lo suficiente para ganarse su amor, pero ahora siente que tiene que devolverle el favor porque «le debe algo». Lamentablemente, esa mentalidad basada en el rendimiento es muy común y es la razón por la que tantas relaciones en la actualidad se están desmoronando.
Al hablar del amor y el miedo, las Escrituras nos dicen: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor» (1 Juan 4:18). Fíjese que la Biblia no solo dice que el amor expulsa el temor: dice que el «perfecto amor» expulsa el temor. ¿Y qué es ese amor perfecto? Es el amor de Dios. En otras palabras, solo el perfecto amor de Dios tiene el poder de expulsar el temor de nuestra vida. El amor humano imperfecto no tiene poder para hacerlo. Una comprensión errónea o la falta del perfecto amor de Dios nos deja vulnerables al temor.
Ese amor perfecto tiene el poder de expulsar el temor; pero también ocurre lo contrario: puede ser expulsado por la presencia del temor. Tomemos por ejemplo a una pareja recién casada que, por amor, somete sus deseos personales para complacer al otro. No obstante, ¿qué sucede si uno de los cónyuges reprende con enojo al otro por no tener la comida lista a tiempo? El cónyuge al que le gritan puede hallar que el temor sustituye al amor como motivación para preparar las comidas a tiempo. Donde antes el amor era el motivador, ahora reina el temor.
Puede verse de qué manera las relaciones que comienzan con una sumisión impulsada por el amor pueden convertirse en una obediencia impulsada por el temor. Lamentablemente el temor tiene la capacidad de matar el amor.
Intimidad sexual verdadera
De igual manera, el temor puede asfixiar la intimidad sexual. No puede haber verdadera intimidad si alguno de los dos no se siente seguro física o emocionalmente. La verdadera intimidad sexual es un acto de confianza y sumisión; es entregar la parte más íntima de uno mismo a una persona en la que confiamos de todo corazón.
La intimidad sexual no es solo la entrega del cuerpo físico al cónyuge, sino también una unión sobrenatural en la que ambos llegan a ser uno. Si ninguno de los cónyuges se siente seguro emocional o espiritualmente en la relación, eso les impedirá entregarse plenamente mediante la intimidad sexual. Pero si una persona confía y se siente segura con su cónyuge, se entregará voluntariamente y de manera plena, lo que resultará en la experiencia más íntima para la pareja.
Lamentablemente, también ocurre lo contrario. Forzar al cónyuge –u obligarse a sí mismo– a ceder sexualmente porque «es lo correcto», es contrario al evangelio. Dios quiere que nos entreguemos a él, pero nunca nos obliga a someternos, aunque sea lo correcto.
Solo cuando cada pareja muestra un amor desinteresado y no transaccional hacia el otro, y cuando los dos se sienten seguros en el amor del otro, pueden experimentar al máximo la intimidad sexual. Así como Dios nos invita a una relación segura con él, como base de la intimidad espiritual con nosotros, también deberíamos mostrar un amor desinteresado y no transaccional a nuestro cónyuge para que pueda sentir seguridad en nosotros.
Pero no podemos dar lo que no poseemos. Solo podemos dar amor no transaccional y desinteresado a nuestro cónyuge si hemos experimentado primero el amor desinteresado y no transaccional de Dios hacia nosotros. «Amamos porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19, NVI). Cuando poseamos ese perfecto amor, podremos reflejarlo hacia nuestro cónyuge. Eso le hará sentir seguridad y protección en nuestro amor, inspirando una sumisión mutua y voluntaria y una unidad física, emocional y espiritual. Ese es el plan de Dios basado en el evangelio para la intimidad sexual en nuestros matrimonios.
Un reflejo de él
Esta unidad que se experimenta en un matrimonio es muy especial. De hecho, ese amor y unidad tendrán un efecto positivo en quienes lo vean. Mediante ese perfecto amor, las personas verán vislumbres del carácter de Dios. Aprenderán que el amor de Dios no es un amor forzado; él no obliga a su pueblo a servirle por deber u obligación, sino que lo atrae hacia sí con bondad amorosa. Por lo tanto, nuestro amor por Dios es una entrega hecha plena según el libre albedrío; entonces otros podrán ver que quienes confían su corazón a Dios son plenamente libres y felices. Eso es un verdadero evangelismo: un matrimonio centrado en el evangelio es como «cartas», «conocidas y leídas por todos los hombres» (2 Cor. 3:2).
Yo quiero esa libertad y felicidad que ese «perfecto amor» trae como producto de mi relación con Dios y con mi cónyuge. ¿Y usted?
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Keala Thompson ayuda a las personas a experimentar sanación en sí mismas, en sus relaciones y en su travesía con Dios. Su página web es ktadvising.com.
Publicado en la Adventist Review de junio 2026



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