NO ALCANZA CON LEER LA BIBLIA

08/09/2026

Es necesario también vivir por la Palabra

«En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti. ¡Bendito tú, Jehová! ¡Enséñame tus estatutos!» (Sal. 119:11, 12).

Hay una antigua historia sobre dos viajeros que necesitaban un lugar donde pasar la noche. Mientras avanzaban por el bosque, uno de ellos vio una vieja cabaña de cazador. De la chimenea salía humo. Llamaron a la puerta y preguntaron si allí podían pasar la noche. El anciano les invitó cálidamente a entrar, dándoles su única habitación.

A pesar de ello, los hombres no durmieron bien porque llevaban una gran suma de dinero. Para mantenerlo seguro, se turnaban para dormir mientras el otro vigilaba el dinero. En las primeras horas de la mañana, el hombre que vigilaba notó una luz bajo la puerta. Silenciosamente la abrió un poco y encontró al cazador sentado a la mesa, estudiando con detenimiento una Biblia. Cuando el cazador cerró la Biblia y bajó la cabeza para orar, el hombre cerró la puerta y despertó a su compañero. «Creo que ahora podemos dormir los dos –le dijo–, porque este hombre es de confianza».

Uno se pregunta: si al abrir la puerta hubiera encontrado al cazador hojeando El origen de las especies, de Charles Darwin, ¿le habría eso generado el mismo nivel de confianza?

Otra historia: un hombre está caminando hacia su casa tarde en la noche cuando oye el sonido de pasos detrás de él. Mira nervioso por encima del hombro y ve a unos jóvenes que lo siguen. Su ritmo cardíaco se acelera. Apura el paso, temiendo que estén a punto de asaltarlo, o hacer algo peor. La banda lo alcanza fácilmente, y es entonces cuando se da cuenta de que la mayoría lleva Biblias. No son ladrones; son jóvenes que vuelven a casa después de un estudio bíblico, un sábado por la noche. El hombre deja escapar un suspiro de alivio.

Una confianza moldeada por la Palabra

¿Qué tienen los estudiantes de la Biblia que nos hace más propensos a confiar en ellos? Deje a un lado la tendencia de la cultura de burlarse de los creyentes y piénselo: de alguna manera, aunque ridiculicen a las personas de fe, la mayoría sigue reconociendo instintivamente que, si alguien elige vivir según las Escrituras, es más probable que sea moralmente digno de confianza. Daniel, al fin y al cabo, tuvo todo tipo de problemas cuando estuvo inmerso en la cultura babilónica, pero notará usted que en el capítulo 2, el rey instintivamente confió en él cuando Daniel le pidió más tiempo.

Irónicamente, sin embargo, muchas personas parecen odiar la Biblia por la misma razón por la que tienden a confiar en quienes viven según ella: se dan cuenta de que impone altas exigencias morales a la humanidad. Demuestra, de forma contundente, que los seres humanos son responsables ante un Creador supremo. Cuando alguien elige voluntariamente rendir cuentas ante un Dios moral, no nos preocupa tenerlo como vecino. ¿Pero… se nos ocurre que Dios espera de nosotros el mismo estándar moral? Bueno, eso suele ser otro cantar.

De la lectura a la vida

Es así de simple: No alcanza con leer la Biblia. Muchas universidades ofrecen cursos que estudian la Biblia como obra literaria. El profesor no es creyente: ha leído el texto, pero el texto no lo cambia. Para él, es solo otro ejemplo de buena escritura, no muy diferente a las obras de Dostoievski, Sun Tzu o Shakespeare. No toma la Palabra de Dios muy a pecho porque la considera una creación puramente humana y considera sus afirmaciones de inspiración divina como un vestigio de una época en que reinaba la ignorancia y la superstición. Muchos de sus estudiantes también la leerán sin absorberla, y por lo tanto, no cambiarán.

¿En qué se diferencia eso con los creyentes? Los cristianos reconocemos que no basta con leer la Biblia: también tenemos que vivirla. En esta vida, es imposible entender muchas cosas hasta que las practicamos. Sin salir jamás de casa, usted puede estudiar cómo funciona el paracaidismo; aprender la ciencia de la resistencia del viento; medir una superficie; tener en cuenta su peso. Matemáticamente, puede llegar a la conclusión fiable de que su paracaídas puede salvarlo de un impacto fatal. ¿Pero entiende usted realmente de paracaidismo? No: eso requiere de práctica.

Así es la fe cristiana: no podemos solo leer para entrar en el reino. Para que la Biblia tenga su efecto adecuado, necesitamos ejercer suficiente fe para vivir según los principios que revela. Solo entonces, cuando decidimos creer que Dios sabe de qué habla, descubriremos el poder transformador de su Palabra. Hemos «renacido […] por la Palabra de Dios», escribió Pedro (1 Ped. 1:23). No quiso decir que nos salvamos guardando un ejemplar de la Biblia en casa. Casi con toda seguridad habrá personas en la segunda resurrecciónque tuvieron una Biblia. La diferencia entre ellos y la multitud dentro de la Ciudad Santa es que los salvos son «los que siguen al Cordero por dondequiera que va» (Apoc. 14:4).

El profeta Jeremías comparó las Escrituras con la comida: «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí. Tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón» (Jer. 15:16). Jesús usó una metáfora similar: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mat. 4:4).

La comida entra y alimenta cada célula del cuerpo. Los nutrientes son aplicados donde más se necesitan y sin ese alimento, morimos. Del mismo modo, la Biblia necesita ser ingerida, para que los mismos pensamientos de Dios penetren en nuestra propia mente, transformando poco a poco quiénes somos. ¿Cómo se ingiere? Hay que leerla… y vivirla.

La senda angosta

Nada revela el poder de la verdad divina como su aplicación a una vida que se vive en un mundo que se opone a Dios. La idea divina de una vida humana auténtica choca con fuerzas contra la marca que dejan nuestras tendencias humanas pecaminosas. A nuestra naturaleza perezosa y caída le gusta la facilidad de vivir a ese ritmo. Eso, nos enseñó Jesús, es la senda ancha. Nuestra naturaleza pecaminosa la prefiere porque parece fácil. Sin embargo, no lo será al final, cuando los viajeros descubran que es una autopista de peaje y que el precio es más alto de lo que cualquier pecador podría pagar.

Por el contrario, quienes eligen (¡por fe!) vivir los principios de la Palabra de Dios descubrirán que, aunque esa es la senda estrecha, el precio ya lo ha pagado un Dios que vino a vivir entre nosotros en carne humana. «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad» (Juan 17:15-17).

El mismo diablo sabe lo que dicen las Escrituras, e incluso sabe que es verdad. Si no fuera así, Jesús no podría acusarlo de mentir, dado que solo estaría confundido. No: la está tergiversando deliberadamente, y no se preocupa que usted la lea; pero lo que realmente no quiere es que la haga parte de su vida.

Eso, lo sabe, implica que el propio carácter de Dios –su nombre– quedará grabado en la frente gracias al Espíritu, y que nos encontraremos en el Monte Sion con el Cordero (Apoc. 14:1).

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Publicado en la Adventist Review de septiembre 2026 como parte del programa Semana de oración – Tema 2

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