El amor, escrito en hojas y semillas
«Por mucho que lo intente nunca crearé nada tan hermoso como la ondulación del agua en una hoja de col». —Campbell McGrath1
unque el texto «así que el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:12) lleva mucho tiempo grabado en mi alma, después de cuarenta y seis años de ser creyente, puedo declarar sin tapujos que la realidad no solo de Dios, sino de un Dios amoroso, es la verdad más obvia que conozco.
Aparte del milagro de nuestra existencia en un planeta que gira y orbita a velocidades supersónicas en medio de un cosmos tóxico, a apenas unos kilómetros de altura; o de la complejidad neuronal de un ácaro de polvo, el amor de Dios brota de la naturaleza de forma tan maravillosa que asusta saber que no todos lo vean.
Por ejemplo, el cuenco de cereales del desayuno contenía soya, almendras, avena, nueces, arándanos, bayas de gogi, semillas de lino, dátiles, manzanas, semillas de calabaza, canela y nuez moscada.
Y todos ellos (¿qué?) supuestamente surgieron de pequeñas bolitas que crecen de la tierra (¿tierra?) ¿y se expanden a plantas, arbustos o árboles llenos de hierbas, nueces y frutos tan hermosos, sabrosos y saludables para los humanos? ¿Les parece? Si
las personas no ven las plantas, los árboles y los arbustos cuando crecen de la tierra, no hay razón para que lo crean. Pero lo ven, y a menudo también, están endurecidos ante la extravagancia exagerada del amor que representa cada forma de vida en la tierra. Es un endurecimiento revestido por la cosmovisión científica, que enseña que «la naturaleza no es más que arreglos espaciotemporales cambiantes de entidades físicas fundamentales».2
Creer que las nueces, la avena, los dátiles, las manzanas, la canela (o el brócoli, o los espárragos, o las ciruelas, o los aguacates, o los melones, o lo que sea) resultaron del desplazamiento sin sentido de «entidades físicas fundamentales» –cuando es evidente que estas fueron creadas por un Creador lleno de amor para nuestro bien– es ceguera; ceguera voluntaria y también imperdonable (y si no me creen, créanle a Pablo en Romanos 1:20).
«Oh, qué agradecido estoy –explicó el joven Werther de Goethe– de que mi corazón pueda sentir las alegrías simples e inocentes del hombre que trae a la mesa una cabeza de col que él mismo ha cultivado, y en un solo momento disfruta no solo de la verdura, sino de todos los días finos y las mañanas frescas desde que la plantó, las noches suaves cuando la regaba, y el placer que sentía al verla crecer».3
Un poco exagerado para una cabeza de col, sí; pero entiendo perfectamente lo que quiere decir.
Le pregunté a ChatGPT: «¿Cuántos diferentes cereales, frutos secos, frutas y verduras comestibles hay?» Y respondió: «El número de frutas comestibles distintas, frutos secos comestibles, cereales/cultivos comestibles y verduras comestibles está en miles a decenas de miles». Aunque solo sean mil (¿solo?) el dogma de que una planta de tomate, el nogal, o una col crecen
por casualidad –por selección natural o por suerte de la tierra–, es un comentario trágico sobre cómo la ideología puede
convertir lo obvio en absurdo.
Puedo declarar sin tapujos que la realidad no solo de Dios, sino de un Dios amoroso, es la verdad más obvia que conozco.
Lo lógico y sensato es que miles de frutas, frutos secos, cereales/semillas y verduras comestibles entonen un cántico, como si fuera un aria, sobre el amor revelado en la cruz.
Mi cuenco de cereales no prueba que Jesús murió en la cruz, sino que refleja sin lugar a confusión el amor que lo llevó a ella.
1 Campbell McGrath, Fever of Unknown Origin: Poems, p. 9. (Función). Edición Kindle.
2 Adam Frank, Marcelo Gleiser y Evan Thompson, The Blind Spot: Why Science Cannot Ignore Human Experience, p. ix. (Función). Edición Kindle.
3 Johann Goethe, The Sorrows of Young Werther (Nueva York: Signet Classic, 1962), p. 43.
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Clifford Goldstein es editor de la Guía de Estudio de la Biblia para Adultos. Su último libro es Una travesía adventista, publicado por la Asociación Publicadora Interamericana (IADPA).



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