¿UN DIOS SANGRIENTO?

13/04/2026

Cómo entender las guerras de exterminio del Antiguo Testamento

¿Por qué hay tanta violencia en la Biblia?

Esta pregunta surge con frecuencia, en especial en relación con las guerras de exterminio del Antiguo Testamento (por ejemplo, Deut. 20:16-18) y la idea de un infierno eterno y ardiente (como algunos interpretan Apoc. 14:9-11). Para muchos, pasajes como estos parecen presentar a Dios como poco más que un Hitler omnipotente y un monstruo moral. ¿Quién puede adorar a un dios así?

Entonces, ¿cómo entender pasajes difíciles como esos? No hay duda de que la Biblia cuenta algunas historias bastante impactantes, la mayoría de las cuales revelan las trágicas consecuencias del mal en el mundo. Lo que podríamos llamar pasajes «genocidas» parecen atribuir la responsabilidad directamente a Dios. ¿Cómo podemos reconciliar tales imágenes con la afirmación de la Biblia de que «Dios es amor» (1 Juan 4:8), que «justicia y derecho son cimiento de su trono» (Sal. 89:14)?

Respecto al mandato de Dios de exterminar a los cananeos, tenemos que ver qué otra cosa dice la Biblia sobre esa situación.
Los versículos anteriores muestran que los israelitas debían evitar la guerra siempre que fuera posible y, si surgía, perdonar a
mujeres y niños (Deut. 20:10-15). Además, las naciones de Canaán podrían haberse incorporado a Israel si, como Rahab, se
hubieran arrepentido de su maldad. Algunas de las prácticas cananeas más atroces incluían quemar niños como sacrificio a sus dioses, prostitución en templos, incesto y bestialidad. Desgraciadamente, aunque tuvieron cuatrocientos años para abandonar la adoración a sus dioses del sexo y la violencia y acudir en cambio al Dios de Israel (Gén. 15:16), se negaron y
lucharon contra Israel. Si permanecían en el lugar, habrían obstaculizado el plan de Dios de que Israel fuera una luz para
las naciones. Tanto la historia como la arqueología revelan que las personas que permanecieron en Canaán constituyeron
una fuente persistente de tentación y apostasía.

Dios dice: «no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino y que viva» (Eze. 33:11). Su deseo es «que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Ped. 3:9). «Todos» significa precisamente eso; incluye no solo a los cananeos, sino a todas las personas que han vivido o vivirán. En tiempos de Noé, el Espíritu de Dios apeló a los habitantes de la Tierra durante 120 años para que se arrepintieran y no perecieran en el diluvio. Por otra parte, al leerla correctamente, vemos que la Biblia indica que los malvados serán totalmente destruidos; que la alternativa a la vida eterna no es una eternidad en un tormento ardiente sino la muerte como «la paga del pecado» (Rom. 6:23). Es lo que en otros lugares se llama «la segunda muerte» en el lago de fuego (Apoc. 21:8). Además, la Biblia describe que Dios está dispuesto a ponerse en el altar del sacrificio, al morir en la cruz para salvar a los pecadores (Juan 3:16). Solo para purgar el mal del universo para siempre, Dios finalmente acepta extinguir en los fuegos del infierno a quienes siguen aferrándose al pecado. Hoy hay muchas voces que intentan decirnos lo que es justo, bueno y correcto. Pero a pesar de lo que puedan alegar los críticos, solo el Dios de la Biblia refleja perfectamente esos ideales.

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Clinton Wahlen es director asociado del Instituto de Investigaciones Bíblicas.

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