UNA CUESTIÓN DE TIEMPO

12 febrero, 2024

Jesús y la señal del profeta Jonás.

Cuando los escribas y los fariseos le pidieron a Jesús una “señal” de su identidad mesiánica, él les respondió: “Esta generación mala y adúltera demanda señal. Pero no le será dada otra señal que la del profeta Jonás. Como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así el Hijo del hombre estará en el corazón de la tierra tres días y tres noches” (Mat. 12:39, 40). Ahora bien, ¿cómo pudo estar Jesús en la tumba “tres días y tres noches”, si murió el viernes y resucitó el domingo? Aparentemente, solo estuvo un día y medio en la tumba. Por esa razón, algunas personas afirman que, para que se cumpliera la “señal” dada, él tenía que estar en el sepulcro exactamente 72 horas. En consecuencia, sostienen que murió un miércoles, y no un viernes. ¿Qué se puede decir al respecto?

Cómputo bíblico

El problema de esta confusión radica en que se pretende interpretar la expresión “tres días y tres noches” según el significado actual, y no según su sentido original. En los tiempos bíblicos existía entre los judíos y otras naciones antiguas un sistema de cómputo bien conocido, que hoy se ha denominado “cómputo inclusivo”.

Según este sistema, una parte de un día o de un año podía contarse como un día o un año completo, sin que necesariamente tuviera que cumplirse el día o el año en su totalidad.

Un ejemplo sobresaliente de esta forma de contar se encuentra en 2 Reyes 18:9 y 10, en donde el 4º año de Ezequías y el 7º de Oseas, después de un sitio asirio de “tres años”, se cuentan como el 6º y el 9º respectivamente. Hoy diríamos que hay un error en el cómputo, pues del 4º al 6º año de Ezequías, y del 7º al 9º año de Oseas, aparentemente solo han pasado dos años, y no tres. Sin embargo, no hay ningún error, tan solo se ha usado el cómputo inclusivo al contar. En el caso de Ezequías, se contaron el 4º, 5º y 6º años, y con Oseas se contaron el 7º, 8º, 9º años, alcanzando así los “tres años” para ambos reyes.

En Génesis 42:17 se dice que José puso a sus hermanos en la cárcel por “tres días”; sin embargo, el verso 18 afirma que los sacó “al tercer día”, no cuando se cumplieron 72 horas, como diríamos hoy, sino durante el tercer día. Esto indica que para ellos “tres días” no necesitaban ser 72 horas. Lo mismo observamos en la historia de Ester. Ella pidió que los judíos ayunaran “durante tres días y tres noches” (Est. 4:16, RVR 95), porque después se presentaría al rey, pero se presentó “al tercer día” (Est. 5:1), y no después de 72 horas.

Aplicando este sistema de cómputo a Mateo 12:40, Jesús no necesitaba estar 72 horas en la tumba, pues una parte del viernes, del sábado y una parte del domingo equivalían al período de “tres días y tres noches”. Si alguien insistiera en que el texto distingue en “días y noches”, se debe recordar que esta es una expresión idiomática equivalente a las siguientes frases dichas por Jesús para hablar del tiempo entre su muerte y su resurrección:

“En tres días” (Mat. 26:61; 27:40; Mar. 14:58; Juan 2:19-21).

“Tercer día” (Mat. 16:21; 17:23; Mar. 9:31; Luc. 9:22).

“Después de tres días” (Mat. 27:63; Mar. 8:31).

Y, para que no quede ninguna duda sobre la forma en que Jesús contaba estas expresiones de tiempo, tenemos su propia declaración en respuesta a la intención de Herodes de matarlo: “Él les contestó: ‘Digan a esa zorra: “Yo echo demonios y realizo sanidades, hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra” ’. Sin embargo, es necesario que hoy, mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Luc. 13:32, 33). Aquí se puede observar claramente que, para Jesús, el “tercer día” no son 72 horas, sino “pasado mañana”, empezando a contar desde “hoy”.

Esta aplicación del cómputo inclusivo a Mateo 12:40 está confirmada por el testimonio de los discípulos, que llamaron al primer día de la semana (domingo) el “tercer día” (Luc. 24:1, 13, 21). Y, según la forma de contar de Jesús en Lucas 13:32 y 33, el primer día de su muerte fue el viernes; el segundo, el sábado; y el tercero, el día en que resucitó, el domingo. De esta manera, su resurrección cumplió su “señal” mesiánica, demostrando que él era el Hijo de Dios (Rom. 1:1-4). Gracias a su muerte y su resurrección, los creyentes hoy tenemos la esperanza de la resurrección y la vida eterna (1 Cor. 15:20, 21).

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