La importancia de los libros en la predicación del evangelio.

Del 15 al 18 de julio estuve en Buenos Aires, Argentina, participando de las celebraciones de los 125 años de la Asociación Casa Editora Sudamericana (ACES). Fueron días para recordar las ricas bendiciones derramadas por Dios en el pasado, para destacar los abundantes bienestares del presente y para vislumbrar las realidades de las promesas de Dios en el futuro.

En julio de 1897, Frank Westphal, John McCarthy, Jean Vuilleumier, Nelson Town y E. W. Snyder publicaron el primer número de la revista El Faro, la primera impresión en español producida en Sudamérica, y germen de la ACES. No mucho tiempo después, El Faro se leyó en Chile y el Perú, además de los países del Río de la Plata.

Los objetivos de esta publicación pionera eran totalmente misioneros y, por la gracia de Dios, se cumplieron grandemente. El inicio de la obra adventista en Sudamérica no puede ser pensado sin la presencia de las publicaciones. Estas fueron los predicadores silenciosos que difundieron el mensaje en una tierra que estaba en tinieblas.

En Argentina, en 1885, Julio Dupertuis y su esposa leyeron la revista en francés llamada Les Signes des Temps [Las señales de los tiempos]. Así, se convencieron de la verdad y formaron un núcleo de observadores del sábado.

En Uruguay ocurrió el primer intento de establecer un programa de distribución de literatura en Sudamérica. Fue el 10 de diciembre de 1891, cuando desembarcaron en Montevideo tres colportores: E. W. Snyder, C. A. Nowlen y A. B. Stauffer.

En Bolivia, en 1897, el mensaje adventista llegó mediante la página impresa distribuida por Juan Sebastián Pereira, colportor de la Sociedad Bíblica, que aceptó las doctrinas adventistas en Chile y comenzó enseguida a predicar.

En Brasil, en 1890, un ejemplar del libro Pensamientos sobre el libro de Daniel –de Uriah Smith– fue a dar a las manos de Guillermo Belz, que vivía en Gaspar Alto. Por medio de la influencia de la lectura de este libro, Belz comenzó a observar el sábado junto con su familia.

En Chile, en 1894, el mensaje adventista empezó a tener mayor influencia tras la llegada de dos jóvenes colportores, Fredrick W. Bishop y Thomas H. Davis.

En Paraguay, alrededor de 1898 se recibieron, por parte de algunos adventistas de Argentina y Uruguay, libros, folletos y revistas.

Por su parte, las primeras personas que llevaron el mensaje a Perú fueron algunos hermanos que conocieron las doctrinas adventistas en Chile y se trasladaron allí en 1898 como misioneros laicos.

En Ecuador, en 1904, Tomás H. Davis, un gran colportor y un hombre de Dios, empezó una tarea misionera extraordinaria.

Por eso, al pensar en la historia del pasado no podemos dejar de agradecer a Dios por sus bendiciones, y pedirle que siga guiando a las casas editoras de Sudamérica (ACES, para el área hispana, y la Casa Publicadora Brasileira, para la de habla portuguesa), a fin de que cumplan su triple misión:

-Evangelizar al mundo (a través de los libros misioneros y del colportaje).

-Edificar a la iglesia (por medio de los libros confesionales).

-Instruir a los niños y los jóvenes (con la producción de libros didácticos)

Elena de White nos desafía: “Los ministros y el pueblo debieran involucrarse como nunca antes en la circulación de libros, panfletos y tratados. Hay que vender allí donde la gente tenga el deseo y la capacidad de comprar; y donde esto no suceda, déjenseles los libros en forma gratuita” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 597).

El mismo Faro, el que guio a los primeros editores, es el que sigue iluminado nuestra vida. Y nos desafía: “Ustedes son la luz del mundo. […] Así alumbre la luz de ustedes ante los hombres, para que vean sus obras buenas y glorifiquen a su Padre que está en el cielo” (Mat. 5:14-16). Vivamos siempre conectados a Jesús, a fin de que nuestra vida sea un faro que ilumine el mundo, aguardando y apresurando el regreso del Señor.

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