La doctrina del Santuario y la identidad adventista.

Hay un concepto teológico que otorga sentido a todo el sistema doctrinal adventista: el Santuario. Desde allí, una verdad se une a la otra y en conjunto se forma la gran cadena de la “verdad presente”. El Santuario terrenal fue revelado al pueblo de Israel como una gran parábola típica, o simbólica, del plan de salvación, en el que se ilustra el ministerio terrenal de Cristo y su ministerio sacerdotal en el Santuario celestial (Heb. 4:1, 2; 7:15-28; 8:1-6; 9:9-26). Veamos algunos fundamentos:

El pecado y el concepto de expiación

La presencia del pecado en el Universo es algo tan maligno que no solo causa separación entre Dios y el hombre (Lev. 26:15-21), sino además exige la muerte eterna del pecador (Gén. 3:19) y produce discordancia universal (Apoc. 12:7-9). Por eso, tan pronto como entró el pecado en el mundo, Dios reveló el concepto de expiación, como un tema central del Santuario. En el Antiguo Testamento, “expiar” significa “cubrir”, “perdonar”, “reconciliar”. La Expiación no se limita a la Cruz de Cristo. El Santuario nos enseña tres facetas diferentes de la expiación:

1-Expiación por el sacrificio. Los animales sacrificados en el Santuario servían como sacrificios expiatorios (Lev. 1:4; 5:6). Por eso, la muerte de Jesús en la Cruz fue un sacrificio expiatorio definitivo y completo por causa de la penalidad del pecado (Heb. 7:27; 9:26).

2-Expiación por la mediación. El Santuario muestra que, además del sacrificio, debía existir mediación. El sacerdote tomaba la sangre del sacrifico expiatorio y hacía aplicación de esa sangre, quemaba la grasa y al animal, y solo después de eso, dice el texto: “Así hará el sacerdote expiación por el pecado que haya cometido, y será perdonado” (Lev. 4:35). Cristo no solo tenía que morir, sino también resucitar y ascender al Santuario celestial para aplicar los beneficios de su sacrificio a los creyentes (Heb. 9:12). Su muerte expiatoria no salva automáticamente (Juan 3:16-18), sino que solo beneficia a aquellos que creen en él (“justificación”), y por la fe perseveran en él (“santificación”).

3-Expiación por el Juicio. En el Día de la Expiación (Lev. 16), el campamento y el Santuario eran purificados completamente de todos los pecados (Lev. 16:19, 20, 30, 34), representando así el día del Juicio divino, que traerá como resultado la eliminación, en el Universo, del pecado y sus efectos (Dan. 7:22; Apoc. 21:3-5).

La vigencia de la Ley y el sábado

En Apocalipsis 11:19 vemos, en simbolismo, al Arca del Pacto dentro del Lugar Santísimo del Santuario. Al colocar el Decálogo dentro del Arca (Deut. 10:1-5), Dios quería mostrar que los principios de esta Ley eran el fundamento de su gobierno. Así también, porque Jesús entró a ministrar en el segundo departamento del Santuario celestial en 1844 (Dan. 7:9, 10, 13; 8:14), se nos muestra que los Diez Mandamientos siguen en vigencia, y que esta verdad sería restaurada, incluyendo la observancia del sábado como verdadero día del Señor (Apoc. 12:17; 14:6, 7, 12).

La segunda venida de Cristo y la destrucción de Satanás

Entre los rituales del Día de la Expiación está el de la expulsión del macho cabrío por Azazel, símbolo de Satanás.

En el ritual del Día de la Expiación, después de la purificación del Santuario con el macho cabrío sacrificado “por Jehová” (Lev. 16:20), el sumo sacerdote colocaba todos los pecados del pueblo sobre el macho cabrío “por Azazel” (símbolo de Satanás), al que se expulsaba al desierto (vers. 21, 22). Así, cuando Jesús finalice su obra en el Santuario celestial, volverá “para salvar a los que lo esperan” (Heb. 9:28). Luego, tomará a Satanás y cargará sobre él la responsabilidad de ser el originador del pecado y la iniquidad en el Universo (Eze. 28:14-17; Apoc. 12:9). Después será hundido en el abismo por un período de mil años (Apoc. 20:1-3), y al final de ese período será destruido para siempre (Apoc. 20:9, 10).

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