Las notables enseñanzas de los Salmos repetidos: el 14 y el 53.

“Pastor, este tema está muy bueno, pero hace unos meses ya lo había dado aquí”. El timbre de voz del anciano de iglesia denotaba más didáctica que crítica. Lejos de reprocharme, me estaba queriendo decir que preste más cuidado y recuerde qué tema prediqué en cada lugar. Eran los inicios de mi ministerio. Era más joven, pero al parecer ya estaba fallando mi agenda con apuntes… ¡y mi memoria!

Un tiempo más tarde, calmé la ansiedad por mi error homilético cuando encontré que David hizo lo mismo al escribir los Salmos 14 y 53. ¡Son dos salmos iguales! La repetición, lejos de ser un recurso desechado, es muy utilizada en la Biblia.

Los Diez Mandamientos están registrados en Éxodo 20 y en Deuteronomio 5 (de hecho, “Deuteronomio” significa “segunda ley”, o “repetición de la ley”). Muchos milagros y parábolas de Jesús aparecen registrados simultáneamente en los llamados “evangelios sinópticos” (Mateo, Marcos y Lucas). Los maravillosos 50 versículos del Salmo 18 están registrados textualmente en los 51 versículos de 2 Samuel 22. Y en la interpretación del sueño de Faraón de las siete espigas y las siete vacas, José explica al monarca egipcio que vendrían siete años de prosperidad seguidos de siete de hambruna; y sentencia: “Y el suceder el sueño a Faraón dos veces, significa que la cosa es firme de parte de Dios, y que Dios se apresura a hacerla” (Gén. 41:32).

Entonces, si los Salmos 14 y 53 son iguales, es indudable que Dios tiene un mensaje especial en su contenido y un impulso trascendente para nuestra vida hoy. Veamos:

Salmos 14:1-3; 53:1-3: La realidad es extraordinariamente mala. La sociedad apesta. Es corrupta. La palabra hebrea empleada aquí para “corrupción” es alaj, y significa literalmente “leche cortada” (se usa también en Job 15:16, donde se habla de que se bebe la iniquidad como el agua). Este es el estado nauseabundo en el que nadie hace el bien, ya que el hombre –en su limitada sabiduría– cree que puede arreglárselas solo y niega a Dios en su vida. Así, se convierte en un auténtico necio, dado que la Biblia repite varias veces que la verdadera sabiduría es temer a Dios (Sal. 111:10; Prov. 1:7; 9:10).

Salmos 14:4; 53:4, 5: Esta realidad desemboca en una natural falta de conocimiento y de discernimiento. Cuando no podemos distinguir lo correcto de lo insano, no hay buen juicio, ni es posible comprender las grandes verdades de la Biblia. Los malos discernimientos conllevan malas decisiones. Cuando no buscamos a Dios, no hay garantía de éxito alguno.

Salmo 14:5, 6: Hay una esperanza en el pueblo de Dios. La resignación inicial cede ante la certeza: hay un grupo fiel a Dios, no todos están descarriados. Existe una generación de justos que invoca el nombre de Jehová y pone en él su esperanza. La palabra hebrea que la Biblia usa aquí para “esperanza” es makjasé, que implica amparo, confianza, escondrijo y refugio. La misma palabra se usa en Salmo 46:1 (“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”); en Salmo 73:28 (“He puesto en Jehová el Señor mi esperanza”); y en Salmo 91:2 (“Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”). Hay un lugar seguro en medio de la crisis.

Salmos 14:7; 53:6: Esa esperanza se ratifica con una sólida promesa. Dios rescatará del mal a su pueblo. La cautividad no durará para siempre. Entonces “se gozará Jacob, y se alegrará Israel” (14:7; 53:6). Esta condición solo se obtiene por la obra salvífica de Dios.

Al inicio del Salmo 53, se dice que es un “Masquil de David”. En la poesía hebrea, esta categoría era considerada como un poema instructivo, que enseña y alecciona. De esta manera, los salmos que empiezan pintando un panorama sombrío culminan con una nota tónica de felicidad. Aprendamos de ellos. Son un efectivo paraguas contra la corrupción circundante, a fin de seguir con fe cantando bajo la lluvia.

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