Su origen, relevancia, utilidad y perdurabilidad.

Uno de los engaños satánicos más exitosos es la idea de que la Biblia es un libro cualquiera, producto del intelecto humano, irrelevante para la sociedad actual, y que puede ser reemplazada por otras fuentes de autoridad. Para no caer en su trampa, debemos comprender la naturaleza de las Escrituras y su importancia para el pueblo de Dios.

Es inspirada

En 2 Timoteo 3:16, leemos que “toda Escritura es inspirada por Dios”. El término griego theópneustos significa “exhalada por Dios”, y resalta el origen divino de las Escrituras. En 2 Pedro 1:19 al 21 se presenta cómo nos llegó la Escritura: Dios usó hombres que “hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”. La palabra ferómenoi literalmente significa “ser llevados”. Los hombres de Dios fueron “llevados”, o “guiados”, por el Espíritu Santo para que transmitieran el mensaje divino, al igual que un barco que es “llevado” por el viento (Hech. 27:15).

Esto no implica que se hayan anulado sus personalidades, sino que, aunque ejercían pleno uso de sus facultades, todo el proceso estuvo bajo el control del Espíritu. Por eso, los escritores del Antiguo Testamento usaron expresiones como “la palabra de Jehová”, “así dice Jehová” y equivalentes más de 3.800 veces para indicar que era Dios quien hablaba a través de ellos (Isa. 45:18; Jer. 15:19). La misma convicción aparece en el Nuevo Testamento (Gál. 1:11, 12; Apoc. 1:1-3).

Tiene autoridad

Además, la experiencia debe estar sujeta a la Escritura. Muchos justifican el error moral o religioso con expresiones como: “Siento que Dios me dice otra cosa”; “Dios así me lo ha revelado”; etc. Prefieren su experiencia a lo que les dice la Biblia. Pero la Escritura es la norma de toda verdad: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:20). Lo que no está en armonía con la Escritura debe rechazarse porque no hay luz ahí.

Así como Satanás engañó a Eva, para él es muy fácil engañar al que confía en sus sentidos con independencia de la Palabra de Dios (2 Cor. 11:3). El enemigo puede hacer que vea, oiga, sienta y sueñe en una dirección diferente de la voluntad divina. Siempre tenemos que evaluar nuestra experiencia a la luz de la Biblia, y nunca al revés.

Por otro lado, la fe cristiana es una fe razonable, por eso la “mente” (razón) está implicada en el proceso de amar a Dios (Mat. 22:37 Mar. 12:30; Luc. 10:27), porque esta nos permite “buscar”, “escudriñar”, “entender” y extraer de la Biblia las gemas de la verdad (Prov. 2:1-5).

Es verdad que la fe bíblica supera la razón, como en el caso de los milagros reales, pero nunca milita en contra de ella. Sin embargo, aunque el estudio serio de la Biblia implica el uso de la razón, siempre debe estar en sujeción a la autoridad de la Escritura y jamás como jueza de ella (1 Cor. 2:1-6; 2 Cor. 10:5).

Es relevante y eterna

La Biblia es por completo la Palabra de Dios. Siempre será relevante, pues sus principios se aplican a cada época y cultura (Rom. 15:4; 1 Cor. 10:6, 11). Nos indica el camino a la salvación (2 Tim. 3:15), y es la norma para discernir entre la verdad y el error (Gál. 1:8, 9).

Al respecto, Elena de White declaró: “Dios tendrá un pueblo en la Tierra que sostendrá la Biblia y la Biblia sola como regla fija de todas las doctrinas y base de todas las reformas. Ni las opiniones de los sabios, ni las deducciones de la ciencia ni los credos o las decisiones de concilios ecuménicos, tan numerosos y discordantes como lo son las iglesias que representan, ni la voz de las mayorías; nada de eso, ni en conjunto ni en parte, debe ser considerado como evidencia a favor o en contra de cualquier punto de fe religiosa. Antes de aceptar cualquier doctrina o precepto, debemos exigir un categórico ‘Así dice Jehová’ ” (El conflicto de los siglos, p. 653).

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