“Pon por escrito todo lo que viste; es decir, lo relacionado con el presente y lo que ha de ocurrir en breve”.

Apocalipsis 1:19; traducción del autor.

Los textos proféticos de la Biblia, sobre todo los que se refieren al fin, han sido objeto de diferentes enfoques e interpretaciones a lo largo de la historia. Sin embargo, un factor común a casi todas esas aproximaciones es la insistencia en que los anuncios divinos se refieren exclusivamente a un momento determinado de la historia, ya sea al pasado lejano, al futuro remoto o a la época de cada intérprete. Por ejemplo, la secta judía de Qumrán, en las márgenes del Mar Muerto, insistía hace dos milenios en que los anuncios de los profetas del Antiguo Testamento se referían a las circunstancias históricas que ellos estaban viviendo.

A su vez, el preterismo, surgido en el contexto de la contrarreforma jesuítica europea del siglo XVI, hizo del Apocalipsis un libro solo relevante para sus destinatarios originales, los cristianos que vivieron en el siglo I en la provincia romana de Asia Menor, la actual Turquía.

La contraparte del preterismo es el futurismo, nacido también en las filas de la Compañía de Jesús de la Europa medieval, orden religiosa católica opuesta a la Reforma, el cual interpreta la mayor parte del Apocalipsis como referida solamente a los años finales de la historia humana.

Las últimas tres series de siete elementos que aparecen en el Apocalipsis (sellos, trompetas y copas) terminan explícitamente con el fin de la historia en ocasión del regreso glorioso de Cristo a la Tierra y el establecimiento de su Reino eterno (Apoc. 6:14-17; 11:5-17; 19). Por cuanto esto ocurrirá solo una vez, las tres series evidentemente representan con distintos símbolos el mismo devenir histórico, pero enfatizando en cada caso distintas fases. Este esquema de recapitulación progresiva, que ilustra cada vez más y mejor la etapa previa al desenlace del conflicto terrenal entre el bien y el mal, se observa también en los cuatro cuadros proféticos paralelos del libro de Daniel, en el Antiguo Testamento (Dan. 2, 7, 8, 11).

Por otra parte, el notable paralelismo existente entre las circunstancias descritas en las cartas a las siete iglesias (Apoc. 2; 3), la primera gran serie del libro, y el desarrollo histórico del cristianismo desde el siglo I hasta nuestros días, sugiere que, además de referirse a las diversas vicisitudes de la comunidad cristiana de Asia Menor en los días de Juan, el contenido de esas cartas describió anticipadamente el devenir histórico hasta su terminación, lo que indica que los mensajes a las siete iglesias están también en paralelo con los sellos, las trompetas y las copas.

Esta relevancia transhistórica, o transtemporal, ininterrumpida, contenida en los cuadros proféticos del Apocalipsis ha sido reconocida desde los orígenes mismos del cristianismo y se la conoce como historicismo continuo. A diferencia de los enfoques unitemporales anclados exclusivamente en un momento particular de la historia, el historicismo los trasciende. Aunque acepta la relevancia del Apocalipsis (y de Daniel) para sus destinatarios originales y para quienes vivan en el desenlace de la historia humana, el historicismo continuo no pierde de vista el hecho de que nunca hubo ni habrá pausas o treguas en la guerra entre el bien y el mal; conflicto cuyo desarrollo y clímax es precisamente la razón de ser de la profecía bíblica referida al fin, o escatología.

Una evidencia adicional de esta dinámica revelacional divina son los personajes, los lugares y los eventos del Antiguo Testamento (tiempo pasado), elegidos en Apocalipsis para ilustrar actores y circunstancias de su época (su presente), y que a la vez anticipaban desarrollos futuros. Tal el caso de “la serpiente antigua” del Edén, “Balaam”, “Jezabel”, “Sodoma”, “Egipto”, “Babilonia”, etc.

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.