Empezamos el año con promesas maravillosas en el final de dos evangelios.

Después del año que dejamos atrás, anhelamos un respiro. Ansiamos que los peldaños de la escalera se terminen y llegue un descanso para poder recobrar el aliento. Muchas veces, cuando llega el momento del respiro y finalmente podemos recobrar el aliento, no tenemos deseos de lanzarnos a continuar porque estamos demasiado cansados. Pero imaginemos que, en ese momento, nos vienen fuerzas insospechadas que nos permiten seguir, ahí, precisamente, donde estábamos tentados a abandonar.

Después pasa el tiempo y miramos hacia atrás. Tenemos más canas. Más sabiduría. Y reconocemos con mayor nitidez de dónde vinieron aquellas fuerzas insospechadas en aquel momento. Nos damos cuenta de que las promesas divinas y nuestra relación con Jesús fueron la dinamita que rompió nuestro abatimiento y transformó nuestro hastío.

Mateo y Juan, los discípulos de Jesús, podrían contarnos mucho sobre esto. Imaginemos que leemos sus evangelios, viviendo todo lo que ellos vivieron: intensas alegrías; desaciertos humanos y la infinita paciencia divina; la creciente antipatía y rechazo de los líderes religiosos de la época; los prejuicios de la sociedad en la que vivían…

Imaginemos que tomamos de la mano a una mujer que acaba de ser sanada por Jesús o que lloramos de alegría al ver a Lázaro resucitado. Sus hermanas, Marta y María, nos invitan al almuerzo a la canasta que se hará en su casa para celebrar la vida y agradecer a Jesús.

También vivimos junto a todos los discípulos una crisis sin precedentes: la crucifixión de Jesús y su resurrección. La crueldad indescriptible e injusta, un día; el éxtasis, tres días después. Al final, estamos agotados física y mentalmente. Nuestras emociones nos traicionan, lloramos ante el menor estímulo. Somos incapaces de conciliar el sueño ante tantos eventos impresionantes.

¡Basta! ¡No doy más! ¡Necesito recuperar fuerzas antes de poder seguir! 

Pero se acercan Mateo y Juan, y nos permiten leer sus manuscritos. Y nos señalan el final. Hay allí palabras de esperanza, que nos invitan a mirar la vida de otra manera.

“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:18-20).

“Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero. Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén” (Juan 21:24, 25).

Mateo y Juan nos preguntan: ¿Pueden discernir el final abierto en nuestros evangelios? ¡La historia con Jesús no se termina! ¡No se termina hacia el futuro, y tampoco se termina hacia el pasado! Piensen en sus palabras: ¡nos está dejando una obra que hacer, pero no estamos solos! ¡Miren sus promesas! ¡Él estará con nosotros todos los días hasta que lo volvamos a ver! Y los discípulos nos miran con ojos llenos de expectativas para descubrir el brillo en nuestros propios ojos.

Cuánto bien nos hace, cuando estamos cansados, mirar a Jesús con ojos que brillan: lo que hizo y lo que hace por nosotros; lo que nos prometió; lo que desea que veamos de él. 

Cuánto bien nos hace pensar en las promesas que Dios nos hizo. Y recordar que no estamos solos, que Jesús nos prometió su presencia todos los días, hasta el final de nuestra vida y hasta que venga a buscarnos.

Porque sus promesas son el mejor motivador que podamos encontrar. Son aquellas fuerzas insospechadas que llegan en momentos como los que estamos viviendo, de cansancio e incertidumbre.

Miremos hacia adelante, como Mateo, recordando las promesas de Cristo que nos subrayan que, con él, la vida vale la pena ser vivida.

Miremos hacia atrás, como Juan, para ver a Jesús quien estuvo allí todo el tiempo, obrando en favor de sus hijos. Nos ha demostrado ampliamente que nos ama, y sobre todo, ha dado su propia vida para que la nuestra tenga sentido y esperanza.

Que este nuevo año sea muy bendecido, no porque las circunstancias mejoren o empeoren en nuestra sociedad, sino porque nos aferramos a las preciosas promesas divinas. Y porque nos acercamos cada día más al regreso de nuestro amado Salvador Jesucristo.

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