NO TODOS LOS PERROS VAN AL CIELO

“Los perros estarán fuera” (Apoc. 22:15).

“Todos los perros van al cielo” es el título de una famosa película de dibujos animados, cuyos personajes son precisamente canes. Pero es obvio que Juan no se refiere, en Apocalipsis 22:15, a perros literales, ya que estamos en el contexto de un libro simbólico, donde los dragones y las serpientes no son tales, así como no lo son los corderos, los escorpiones, los caballos, las águilas, ni las bestias escarlata de siete cabezas y diez cuernos. Además, la palabra “perros” forma parte, en ese versículo, de una enumeración de conductas condenables típicamente humanas: hechicería, fornicación, homicidio, idolatría y mentira.

La práctica de designar elípticamente a ciertas personas con el nombre de los animales a los que se parecen es algo bastante universal y atemporal. Hoy solemos escuchar expresiones como: “Fulano es un zorro” (es decir, muy astuto); “Mengana es una víbora” (traicionera); o “Zutano es un gusano” (alguien despreciable). Los judíos no parecen haber sido la excepción a esa regla. Para ellos, alguien feroz y despiadado era comparable con un lobo, mientras que alguien sumamente astuto era como una serpiente (ver también Gén. 49:9, 14, 17, 21, 27; Eze. 22:27; Hab. 1:8; Sof. 3:3; Mat. 7:15; Hech. 20:29 y Luc. 13:32).

En el antiguo Cercano Oriente, los perros eran bastante diferentes de como los conocemos hoy. A veces eran semisalvajes y preocupantemente omnívoros (2 Rey. 9:30-36). Una conducta típica de los canes consiste, hasta hoy, en volver a ingerir lo que regurgitan (Prov. 26:11). Esto los convirtió en una apropiada ilustración de quienes después de conocer el evangelio y abandonar su antigua vida, apostatan de la verdad para volver a revolcarse en la inmundicia de su existencia pasada; llegando incluso, a veces, a convertirse en enemigos de Cristo y de su iglesia (2 Ped. 2:20-22 y Mat. 12:43-45).

En otros casos, la palabra “perros” es metafóricamente aplicada en el Nuevo Testamento a algunos cristianos de origen judío que insistían en que los cristianos conversos del paganismo debían ser circuncidados para obtener la salvación (Fil. 3:2, 3; Gál. 5:12).APOC-FEBREO-17

La homosexualidad observada con frecuencia entre los perros también los convirtió, en tiempos bíblicos, en una representación de quienes seguían, ya sea en un contexto cúltico o no, aquella conducta claramente desaprobada por la Biblia (Deut. 23:17, 18;  1 Rey. 14:23, 24; Rom. 1:24-27; 1 Cor. 6:9; 1 Tim. 1:10). Asia Menor, donde se encontraba el público destinatario original del Apocalipsis, era la cuna de algunos cultos paganos muy inmorales, famosos por su sacerdocio masculino con autocastración y andrógino, que practicaba la prostitución religiosa en los templos de sus deidades, a semejanza de los sacerdotes de Astarté en la Canaán del Antiguo Testamento.

Finalmente, algunos perros sirvieron a los escritores bíblicos como ilustración de los falsos profetas que no reprendían al pueblo de Dios por su apostasía ni lo llamaban al arrepentimiento, sino que le aseguraban que contaba con la aprobación divina, a pesar de su mala conducta. Al no advertir del peligro inminente, eran como perros mudos o dormidos (Deut. 13:1-5; Isa. 9:14; Apoc. 9:19; 56:10, 11; Jer. 23:15; Apoc. 8:10, 11).

Si hay un tema que se destaca en el Apocalipsis de comienzo a fin es el contraste entre los verdaderos y los falsos testigos de Dios. Ya en los capítulos 2 y 3 encontramos falsos apóstoles (2:2), falsos profetas (2:14, 15, 20-24) y judíos solo de nombre (2:9; 3:9). A su vez, uno de los personajes clave del drama en la etapa final del conflicto entre el bien y el mal es el falso profeta surgido de la tierra (Apoc. 13 y 16). Todos ellos parecen haber propiciado el acercamiento del pueblo de Dios a la cultura secular en boga, caracterizada por el relativismo y la dilución de la identidad cristiana.

A tono con ese tema predominante, el Apocalipsis termina con una solemne advertencia en contra de toda falsa representación de la voluntad de Dios, ya sea sustrayendo o añadiendo a sus mensajes registrados en las Escrituras (Apoc. 22:18, 19;  Prov. 30:5, 6).RA