AGUAS, MONTES Y BESTIAS

“Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas” (Apoc. 17:1).

En Apocalipsis 1:10, Juan contempló en espíritu, es decir, en visión, el desenlace de la historia humana y la intervención final de Dios en esta (Apoc. 6:17; Joel 2:11; Mal. 3:1, 2). Ahora, en el capítulo 17, ve en visión una mujer sentada sobre muchas aguas (vers. 1, 15); montada en una bestia feroz, de múltiples cabezas y cuernos (vers. 3); y sobre siete montes (vers. 9), que representan reyes o reinos (vers. 10), “pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas” (vers. 15; comparar con Apoc. 18:3, 9).

La acción de “sentarse” es el factor común que vincula las tres descripciones, y hace que las aguas, los montes y la bestia funcionen como sinónimos; es decir, como distintas representaciones de una misma realidad: los “pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas” del versículo 15; los “reyes y moradores de la tierra” del versículo 2. En el Antiguo Testamento, las altivas naciones paganas son, en ocasiones, representadas como montes (ej.: Jer. 51:24-26; Apoc. 8:8).

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En consonancia con ello, el libro apocalíptico intertestamentario de Enoc describe metafóricamente los reinos de la Tierra –cuya impía altivez sería abatida por el Mesías en ocasión del Juicio final– como montes de oro, plata, cobre y hierro (caps. 52, 53; comparar con Dan. 2; Apoc. 8:8).

A su vez, los montes, los collados o los “lugares altos” eran los sitios donde el Israel apóstata del Antiguo Testamento, figuradamente, se prostituía y cometía adulterio contra Dios, al adorar a otros dioses (Jer. 17:2, 3; Eze. 16:15, 16; 23:30; cf. Apoc. 2:20-23; 6:15-17; Isa. 24:19-23; Ose. 10:8).

Por su parte, las muchas y poderosas aguas son, en el Antiguo Testamento, una metáfora utilizada frecuentemente para aludir a las naciones paganas beligerantes, animadas de una voracidad insaciable de conquista (Sal. 46:3, 6; Isa. 17:12, 13). Lo mismo ocurre con las bestias feroces (Jer. 4:7; 50:17; Dan.7).

La acción de “sentarse”, en la visión de los capítulos 17 y 18, es un claro eufemismo por “cohabitar”; algo semejante a lo que ocurre en nuestro idioma cuando decimos que alguien “se acostó”, “durmió” o “vivió” con otra persona. Ello resulta claro no solamente a la luz de algunos textos afines del Antiguo Testamento (ej. Jer. 2:20; 3:2, 3), sino también por el paralelismo existente entre los verbos “sentarse” y “fornicar” a lo largo del capítulo 17. La bestia actúa, pues, en la escena simbólica, como el consorte ilegítimo de la mujer.

El capítulo 17 revela aún más información acerca de la misteriosa mujer insaciablemente infiel.

Menciona que su nombre simbólico es “Babilonia” (vers. 5); lo que trae inmediatamente a la mente la antigua capital del Imperio Babilónico erigida a ambos lados del río Éufrates, fuente de su riqueza debida al comercio internacional, que convocaba a mercaderes de todo el Cercano Oriente (ver Jer. 51:13).

En Apocalipsis 11:8, la misma “gran ciudad” simbólica es también llamada Sodoma (ver Isa. 1:1, 10; 3:9) y Egipto. Allí, se nos dice que en ella “fue crucificado nuestro Señor”; lo cual no ocurrió, por supuesto, ni en Sodoma, Egipto, Babilonia ni Roma, sino en Jerusalén (cf. 18:20, 24; Mat. 23:30-37; Luc. 13:33, 34).

Esta simbiosis, o asimilación, entre la mayoría apóstata del pueblo de Dios a lo largo de la historia y las naciones paganas (agentes de Dios para corregir a su pueblo descarriado y objetos, a la vez, de su misión redentora mediante unos pocos fieles, como Daniel) es ciertamente llamativa. Se trata de una verdadera consustanciación y apropiación de identidad.

De alguna manera, Sodoma, Egipto y Babilonia lograron perpetuar su esencia, moralmente disolvente, dentro de buena parte del pueblo mismo de Dios.

Tal fue el caso de Lot y de sus hijas; de la multitud mixta salida de Egipto; y de muchos que decidieron permanecer en Babilonia tras su caída (cf. Apoc. 18:4), o volver a Judea, llevando a Babilonia en su corazón.

Y el mismo fenómeno volvería a ocurrir cuando la esencia pagana del Imperio Romano fuera incubada por la iglesia cristiana en su mismo seno, tras la muerte de los apóstoles, a lo largo de la Edad Media y aun en nuestros días, dentro del cristianismo nominal. RA

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