Cómo un asesino público entregó su vida a Jesús, el Campeón de amor.

Un sicario es una persona que mata a otra por encargo, y a cambio recibe un pago en dinero o en otros bienes. Es decir, es un auténtico asesino a sueldo.

Óscar Franco era un sicario colombiano. Mil dólares era su sueldo por asesinar personas. Su último trabajo fue asesinar a una diputada. Preparó su arma para cumplir su encargo y buscó el lugar exacto donde estaría su blanco. Sin embargo, todo se complicó. Los guardaespaldas de su objetivo comenzaron a dispararle, y huyó a las favelas de Medellín.

Ya lejos de sus perseguidores, encontró una casa en cuya puerta colgaba un cartel que decía: “Se alquilan cuartos”. Llamó a la puerta, y lo atendió una dulce mujer. Óscar le pidió un cuarto por tres meses, con la condición de que nadie lo molestara y ella pusiera el candado por fuera, ya que él no saldría de su habitación en ese período. También requirió que únicamente le pasaran su comida por debajo de la puerta.

Encerrado entre paredes y miedos

Aclaradas las condiciones, el sicario se encarceló a sí mismo, incomunicado del mundo, de la policía y de sus perseguidores, con la esperanza de que, transcurrido tiempo suficiente, todos se olvidarían de él. 

Así, la mujer le pasaba el plato de comida por debajo de la puerta y, además, algún material para que leyera. Con temor, en cierta ocasión, le deslizó bajo la puerta una revista cristiana. Al no recibir objeción alguna, durante los días siguientes, junto con su plato de comida, le proporcionó más revistas y una Biblia.

De ese cuarto, el único ruido que se escuchaba en la noche era la música muy suave que el sicario reproducía, pues además de la cama, lo único que había era una pequeña radio con un casete. La música era lo único capaz de apaciguar esa mente que atormentaban los recuerdos y las adicciones, que habían consumido su vida por completo.

Los días de encierro en ese pequeño cuarto transcurrían. Sin embargo, la cadena más fuerte que ataba a Óscar no era la de la puerta de afuera; no. Era la suya propia: una cadena de angustia, asesinatos, drogadicción y miedo. Sin embargo, la misericordia de Dios es tan grande que puede alcanzar a cualquier ser humano.

Una noche, el Espíritu de Dios tocó ese duro corazón de asesino. Óscar comenzó a orar. Nadie le había enseñado, así que comenzó a conversar y a clamar al Señor para que diera paz a su alma. Quería morirse, ya no soportaba más la vida que llevaba: un asesino a sueldo y drogadicto, al que buscaba denodadamente la policía colombiana.

Sin duda, era una situación desesperada. No obstante, su oración llegó a los oídos de Dios, como dice Isaías: “Se ven libres de los males y entran en la paz” (Isa. 57:2). Dios comenzó esa noche a trabajar en el corazón de Óscar. En su oración, aquel hombre decía: “Soy la basura más grande de este mundo, soy el hombre más débil. Ten misericordia de mí, Señor; sé que no tengo nada que darte”.

De pronto, sus oídos comenzaron a escuchar una canción que salía de la radio. La letra decía: “Es más alto que lo alto, más grande que el Sol; es poderoso entre los débiles y es el Campeón de amor”.

Así, Óscar comenzó a entender que Dios, en su gran amor, dio su vida por nuestras culpas, y que nada debemos hacer para ganar su misericordia. Nos ama simplemente porque somos valiosos, porque somos su creación, y esa condición no depende de lo malos o lo buenos que seamos. Somos, por naturaleza y por su sacrificio, su pertenencia eterna.

Pasaron los meses. Óscar logró salir de Medellín y nunca más volvió a su antigua vida. Comenzó a estudiar la Biblia y se bautizó en la Iglesia Adventista. Comenzó a estudiar Teología en la Universidad Adventista de Medellín, y fundó un ministerio llamado Pescador de hombres.

Luego de muchos años, Óscar viajó a Panamá con un grupo de jóvenes de la iglesia. Al entregar su pasaporte en la Policía Internacional, sucedió lo esperable: lo retuvieron. Comenzó el movimiento de policías por todos lados y comenzaron a rodearlo como el delincuente de alto riesgo que había sido, ya que aún seguía clasificado en los archivos de la policía.

Luego de esposarlo, lo subieron a un camión de policía, con destino a la cárcel de máxima seguridad, llamada Combita. Sentado en el vehículo rumbo a prisión, con la cabeza gacha escuchaba a sus compañeros de viaje murmurar sobre la “justicia” por mano propia por parte de alguna banda de delincuentes que realizaba un atraco al camión donde iban los presos. 

Otras veces, policías corruptos los asesinaban y dejaban los cuerpos a un lado del camino, ya que nadie los reclamaría. Óscar comenzó a llorar internamente y a orar a Dios. 

De repente, el camión frenó. Se escuchaban afuera muchas discusiones de los policías y llamadas telefónicas. Abrieron la puerta de atrás y un policía gritó:

–¿Óscar Franco está aquí?

Óscar no sabía si responder. Tenía miedo de que fuera su ajusticiamiento por mano propia. En un segundo, su pasado se le vino encima y pensó que era su final.

 Sin embargo, se levantó y dijo:

–Soy yo. 

El policía le dijo:

–¿Eres tú Óscar Franco, el asesino?

–Sí, soy yo. Pero ya no soy un asesino, soy un cristiano.

El policía se quedó en silencio.

–Muéstrame tu identificación –dijo con autoridad.

Temblando, Óscar se la entregó.

El policía comentó que lo habían llamado de la Fiscalía, y ahora él se encontraba bajo el alero del “perdón judicial”. Esto implicaba que todos aquellos que durante diez años no hubiesen cometido delitos quedaban libres.

–Eres libre, vete de aquí –dijo el policía.

Esa melodía que le salvó la vida

Luego de este milagro, Óscar volvió a la casa donde había estado escondido. Debía dar las gracias a la gentil señora que le entregó la Biblia. Después de conversar un rato con ella y antes de irse, le pidió un favor: que le regalara el casete de música cristiana que él había escuchado tanto tiempo en su encierro.

–Claro que sí –contestó la señora.

Óscar tomó la cinta y, antes de guardarla, leyó en su tapa un nombre; un poco borroso, pero se alcanzaba a leer. La grabación se llamaba “Campeón de amor”, de Rodolfo Vásquez. “¿Quién será este Rodolfo?”, se preguntó. Luego guardó ese casete en su maletín.

En 2009, sentado en su iglesia, Óscar vio un póster que anunciaba el concierto de un cantante cristiano. El titular del póster decía: “Rodolfo Vásquez: tour ‘Campeón de amor’ ”. Óscar quedó sorprendido y se preguntó, naturalmente, si sería el mismo del casete que tanto apreciaba. Así que, como pudo, se presentó al concierto, y después del programa se me acercó.

–¿Tú eres Rodolfo Vásquez, el que canta la canción “Campeón de amor”?

Sonreí y le respondí:

–Sí, soy yo.

No existe alguien tan alejado de Dios que no pueda ser alcanzado por su amor y su misericordia. Dios puede obrar en tu vida milagrosamente; solo necesita que le entregues tu corazón, así tal cual está.

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