“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efe. 6:12).

¿Alguna vez te has sentido como un esclavo, sin posibilidad cierta para tomar decisiones por ti mismo? Aun en el siglo pasado, un esclavo era alguien que no poseía identidad propia y tampoco libertad para planificar su vida presente ni futura.

La dinámica perversa de la modernidad también se ha especializado en atrapar a miles por sus vicios, por las circunstancias que rodean su vida y, por supuesto, por decisiones tomadas sin medir las inevitables consecuencias.

Veo en mi consulta muchos “esclavos” psicológicos que no pueden vivir en libertad y paz, debido al cúmulo de culpas y angustias que arrostran. En cierta ocasión fui testigo de la aterradora servidumbre de una joven esclavizada espiritualmente.

Un sábado de tarde, en la ciudad de Linares, Chile, mis amigos Nelson y José se presentaron en mi casa muy angustiados.

–Rodolfo, necesito de tu ayuda –me dijo Nelson en forma suplicante–. María, mi novia, está inconsciente en casa. Un médico fue a examinarla, pero no le encontró absolutamente nada. Solamente le suministró un calmante. Lo que me sorprendió es que la invité a orar, y se trasformó. Su voz era otra y claramente dio muestras de posesión demoníaca. Después de eso, se desmayó.

Luego de escuchar atentamente el inusitado relato, lo primero que pensé acerca de María fue que era víctima de una depresión psicótica (ideas delirantes y pensamientos sin ningún sentido). Me aferré a esta idea, porque el concepto de “posesión” simplemente me superaba. Sin embargo, acepté ir a esta extraña misión, que representaba un incomparable desafío.

Llegamos a la casa de mi amigo y ella estaba allí, tendida en su cama. Lucía inerte. El ambiente era muy tenebroso y siniestro, casi ambientado como aquellas películas de terror que alguna vez vi en mi adolescencia. No estoy feliz por esto, ya que fue un peligro para mi salud espiritual. Por eso, aconsejo hoy más que nunca que cuidemos las avenidas del alma, y no comentan el mismo error que cometí yo. Todo lo que vi en esas películas después lo presencié en vivo. Por eso, guarda tu corazón y tu mente.

Repentinamente, María se sentó en su cama y comenzó a mencionar a viva voz los pecados de algunos de mis amigos. Entramos en shock. Yo me escondí de su mirada escrutadora porque, obviamente, no quería que desnudara mi vida pecaminosa frente a mis amigos. Sin embargo, finalmente me encontró con su mirada maléfica y solo alcanzó a decir que yo estaba aterrorizado; lo que, sin duda, era simplemente cierto.

Quedé muy desconcentrado y desconcertado. Tanto así que no podía recomponerme emocionalmente de inmediato para poder elevar una oración coherente. Nelson me gritó diciéndome:

–Si no vas a orar, ¡entonces canta, amigo, canta!

Canté con el alma, clamando a Dios. Canté como nunca lo había hecho antes: “Yo me rindo a ti […] yo me rindo a ti”. De repente, María gritó: “¡Ayúdenme!” y volvió a desmayarse. Oramos con más fervor, y yo canté casi hasta la disfonía. Después de esa extenuante guerra espiritual, el poder de Dios se manifestó y fue liberada de las garras del enemigo. Fue una lucha que duró cuatro horas.

Habiendo ya recuperado la calma, busqué el momento oportuno para conversar con María y le pregunté:

–¿Qué pasa por tu cabeza cuando estás poseída por el enemigo?

–Solo me vi en un túnel sin salida. Tan oscuro que me sentía atrapada y esclava de algo que era superior a mí. En ese túnel comencé a escuchar una canción tan hermosa que me llenó de fe. Corrí lo más rápido que pude para escuchar más fuerte esa melodía, hasta que grité por ayuda. Luego, vi cientos de rostros que me miraban. Eran malos y gritaban: “¡María es nuestra! ¡Nos pertenece!” Pero vi a un ángel majestuoso con su mano extendida hacia mí, que con una voz muy dulce y calmada me dijo: “María, eres libre por la sangre de Jesús”.

Una mirada bíblica

Cuando nos referimos al valor de uno mismo, dicha idea está supeditada a que somos creación de Dios. Pero, no olvidemos que el pecado cambió mucho nuestra percepción de la realidad (Gén. 3:1-9) y, en este contexto, nuestra relación con el enemigo también cambió. Ahora estamos en desventaja cuando queremos enfrentarlo solos. Tal temeridad es un fracaso asegurado, porque los ángeles son un poco mayor que nosotros (Heb. 2:8); y además, nos enfrentamos a experimentados seres con un curriculum vitae que suma casi seis mil años de vagar por esta Tierra, comandados eficientemente por el archienemigo de nuestro Señor Jesús, y empeñados en un esfuerzo continuo y sin tregua por hacer desgraciada la existencia humana y de todo cuanto respira.

A pesar de ello, si nos aferramos por completo a Jesús y dejamos que él viva en nosotros, estaremos protegidos con su escudo frente a cualquier ataque contra nuestra vida espiritual y física.

Otro elemento muy importante que debemos considerar lo encontramos en Proverbios 4:23: “Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. El enemigo no puede invadir nuestra mente, nuestra psiquis, sin nuestro consentimiento. Él gana terreno y se entroniza solamente cuando nosotros abrimos las posibilidades de entrada y descuidamos las avenidas del alma (es decir, nuestros sentidos).

Sin duda, el diseño de sus engaños es magistral. La línea entre la seducción y la estocada final es muy delgada. Pequeños pero constantes descuidos serán suficientes para llevarnos a ese terreno en donde él se hace más fuerte; y nosotros, más vulnerables.

Sus armas, en muchos casos, son simples, pero sorprendentemente efectivas: amistades no convenientes, películas, música, Internet, lectura y juegos aparentemente infantiles (como la ouija), y muchas otras estrategias y técnicas largamente ensayadas y perfeccionadas en sus infernales laboratorios.

Es impostergable la urgencia de protegernos de sus ardides, siempre buscando lo sagrado para nuestra vida. Proverbios 4:24 al 27 dice: “Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de labios. Tus ojos miren lo recto, y tus párpados en derechura delante de ti. Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean ordenados. No te apartes a diestra, ni a siniestra: Aparta tu pie del mal”.

Tener valor espiritual no es luchar contra el enemigo cuerpo a cuerpo, sino permitir que sea Jesús quien luche y nos defienda. Solo él debe ser nuestra bandera en esta enconada lucha. Cristo se entregó por completo con el propósito de que el enemigo quede vencido. Su promesa de vida eterna es nuestra esperanza; es una batalla con un adversario derrotado, que desde su derrota quiere que perdamos la brújula que señala al norte. Pero en Jesús está nuestra victoria.

Eres libre

Joven, nunca olvides que eres libre por la sangre de Jesús. Ya no eres esclavo. Eres libre de tus adicciones, libre de tu pecado, libre de tu herencia, libre de las cadenas de la pornografía y de todo vicio. No escuches lo que dice el enemigo, ya que somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom. 8:37).

Ora constantemente. Pide a Dios más de lo que crees necesitar. Eres libre. Disfruta de tu libertad en Cristo y sueña. Tú no incomodas a Dios, eres importante para él. Dios moverá cielo y tierra a fin de que cumplas tu destino. Dios pagó el precio más alto a fin de que fuéramos libres. Cada mañana Dios te dice que eres lo más valioso para él. Mucha gente te dirá que no eres suficiente, que no lo mereces, que hay personas mejores que tú. No escuches la voz equivocada. Ve a Dios con la fe de un niño y pídele que tu vida sea de bendición para muchos. No vuelvas a prestar oídos a las ofertas del Engañador. Él te ofrece crédito transitorio hoy, y luego te arruina al cobrarte intereses eternos.

 ¡Basta! Hoy se terminó tu esclavitud, se terminó tu angustia, porque frente a ti está el ángel que repite a los cuatro vientos: “Eres libre por la sangre de Jesús”. RA


Colaboración en este artículo: Pr. Gary Utz, Lic. en Teología y en Comunicación Social.

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