“Si deseas ayudar a la gente, dile la verdad. Si quieres ayudarte a ti mismo, diles lo que quieren escuchar” (Thomas Sowell).

“Divide, y reinarás” fue una de las tantas frases acuñadas por el emperador Julio César (100-44 a.C.). En realidad, más que una expresión teórica, este fue un modus operandi del Imperio Romano con la intención de expandir sus dominios y aplacar las sediciones por parte de los llamados pueblos itálicos que se encontraban lejos de Roma. A fin de llenar el vacío de poder en la vastedad de un territorio, la estrategia de dividir las regiones en busca de lealtad tuvo un éxito rotundo.

Ochocientos años antes, Jeroboam encarnó muy bien aquel enunciado y logró convertirse en el primer rey del Reino del Norte entre los años 931 y 910 a.C., circunscribiendo así la dinastía davídica solo al llamado Reino del Sur.

La vertiginosidad de 1 Reyes 12 es alarmante. Muere Salomón. Roboam (su hijo) asume el liderazgo. Jeroboam (quien está exiliado en Egipto por conspirar contra Salomón) se entera del deceso y regresa a Israel, percibiendo la oportunidad de gobernar. Mediante su determinación de propósitos, se convierte en el vocero del pueblo y exige más levedad en los impuestos públicos. Pero Roboam acepta el necio consejo de sus inexpertos amigos, y decide elevar las tasas. La multitud se rebela. Jeroboam festeja. Con diez tribus de su parte, establece el reino en Siquem.

Rápido de reflejos, funda dos templos: uno en Dan (al norte) y otro en Bet-el (al sur). En ambos lugares coloca imágenes de un becerro como símbolos visibles de la adoración a Jehová (1 Rey. 12:26-30). Además, designó sacerdotes a hombres que no eran de la tribu de Leví y ordenó que las fiestas principales se celebrasen en el octavo mes, y no en el séptimo (1 Rey. 12:31, 32). Esta serie de medidas son llamadas en la Escritura “el pecado de Jeroboam”.

Un Roboam timorato y pusilánime permitió el crecimiento de un Jeroboam decidido; que eligió el camino de la obsecuencia popular con el objetivo de mostrarse comprensivo, y ganar así más influencia. La combinación de ambos provocó una catástrofe espiritual en el pueblo de Dios. Sin Roboanes no hay Jeroboanes.

Como líderes, tenemos la responsabilidad de permanecer firmes en la verdad bíblica y establecer claramente cuáles son los principios inalterables de la Escritura, para no ceder ante el seductor cóctel liberal que ofrece la religión de Jeroboanes, en la que, bajo el manto de una empatía y un amor mal entendidos, se permiten todo tipo de cambios y de licencias.

Como en la época de Roboam y Jeroboam, hoy existen dos tipos de adoraciones: la verdadera y la falsa.

La verdadera es teocéntrica y está basada en la claridad de la Biblia. Interpreta correctamente la Escritura, con pautas hermenéuticas válidas. Es la que nos permite disfrutar de la auténtica libertad en Cristo, mediante quien somos justificados y santificados. Es la que llama al pecado por su nombre y nos invita a ser transformados por la gracia de Dios, quien odia el pecado pero ama al pecador. Así, somos ricos en buenas obras; las que se manifiestan no para salvarnos sino como resultado de nuestra unión con el Cielo. Así, los cantos tienen letras con destacado contenido bíblico y referencias a Dios, que evitan la repetición vana, el sentimentalismo y el subjetivismo.

La falsa, por otro lado, es antropocéntrica y está basada en la confusión de las normas humanas. Interpreta incorrectamente la Escritura con patrones de análisis correspondientes a ciertas agendas teológicas. En aras de una supuesta libertad en Cristo, exalta solo una parte del evangelio (la justificación). Así, realiza una peligrosa tolerancia con aquello que Dios declara indebido y propone una religión aggiornada, moderna y atractiva, que deslumbra a miles pero que no convierte a nadie. Es una adoración que no motiva a crecer en Cristo, porque “puedes hacer lo que quieras” ya que está “está todo bien” y no existe condenación ni juicio. Así, sus alabanzas musicales reflejan solo expresiones personales, con imprecisas referencias a Dios, más bien similares a baladas románticas tan de moda en cualquier radio FM.

Jesús oró por la unidad de su pueblo y fue muy preciso: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). La unidad solo se centra en la verdad, y nunca al abrigo de interpretaciones erróneas de la Biblia ni de formas de culto que Dios no indicó.

Elena de White lo estableció puntualmente cuando escribió: “La luz y las tinieblas no pueden armonizar. Entre la verdad y el error existe un conflicto inevitable. Sostener y defender uno de ellos es atacar y vencer al otro” (El conflicto de los siglos, p. 136). RA

Sobre el Autor

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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