“La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede” (Aldous Huxley).

Un pequeño revólver calibre 22, un adolescente muerto y un solo testigo: su hermano. La escena era trágica de por sí, con un agravante: quien perdió la vida era Alfonso de Borbón, hijo menor de Juan de Borbón, jefe de la Casa Real española, y de la princesa María de las Mercedes de Borbón y Orleans. Y, quien disparó accidentalmente era su hermano, Juan Carlos, quien se convertiría en rey de España entre 1975 y 2014.

Alfonso tenía 14 años aquel 29 de marzo de 1956 en la residencia de Villa Giralda (Estoril, Portugal). El mal tiempo hizo que los hermanos se refugiaran en el salón de juegos del lugar. Allí, en un confuso episodio, Juan Carlos (de 18 años) presionó jugando el gatillo del arma, y Alfonso recibió el disparo en la cabeza, lo que le provocó la muerte.

Las casas reales no están exentas de accidentes. Tampoco lo estuvo aquella de Samaria, en el relato de 2 Reyes 1. No sabemos cómo, pero Ocozías (hijo de Acab –y probablemente de Jezabel– y noveno rey del reino norteño de Israel) se cayó desde la ventana de su residencia en Samaria y, como consecuencia, se enfermó gravemente.

Entonces, envió mensajeros con el siguiente cometido: “Id y consultad a Baal-zebub dios de Ecrón, si he de sanar de esta mi enfermedad” (2 Rey. 1:2). Sin embargo, un ángel de Dios le dijo a Elías que interceptara a los mensajeros y les preguntara: “¿No hay Dios en Israel, que vais a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón?” (2 Rey. 1:3). Y luego, el profeta del Cielo emitió su sentencia: “Así ha dicho Jehová: Por cuanto enviaste mensajeros a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón, ¿no hay Dios en Israel para consultar en su palabra? No te levantarás, por tanto, del lecho en que estás, sino que de cierto morirás” (2 Rey. 1:16).

El versículo 17 muestra el triste ocaso de quien, pudiendo haber aprendido mucho, para mejorar, no aprendió nada, para empeorar. Este es el final de Ocozías: “Y murió conforme a la palabra de Jehová” (2 Rey. 1:17).

A veces, por nuestra naturaleza humana, no nos agrada lo que Dios nos dice. Por eso, optamos por caminos diferentes o soluciones alejadas de su divina inspiración. ¿Acaso no es más rica una gaseosa acompañada de comida chatarra que agua pura y frescas frutas? ¿Acaso no es más fácil pasar horas y horas frente al celular mirando redes sociales y series que leyendo la Biblia? ¿Acaso no es más cómodo camuflarse con las creencias eclécticas de la cristiandad popular y acomodarse a las ideas políticamente correctas antes que alzar la voz para proclamar las verdades distintivas de la Iglesia Adventista?

Desde luego que sí, y como líderes y liderados estamos en esa lucha. Somos como Ocozías. La altura de nuestro palacio nos marea de orgullo espiritual y creemos que lo sabemos todo. Estamos en las alturas, pero lejos del Cielo. Desde allí, la autosuficiencia nos apuna.

Baal-zebub no era cualquier dios. Era “el señor (o príncipe) de las moscas”, un dios al que adoraban para librarse de esos molestos insectos. Y Ecrón era una región filistea donde este nombre era usado para referirse a Baal. En el Nuevo Testamento, este dios no es otro que Beelzebú, el príncipe de los demonios (Mat. 10:25; 12:24; Mar. 3:22; Luc. 11:15, 18, 19). Es decir, el rey estaba consultando al mismo Satanás.

Otra vez vemos a Elías batallar contra los poderes de las tinieblas. Ya lo había hecho con Acab, el padre de Ocozías, en la terrible contienda en el Monte Carmelo (1 Rey. 18:1-40). Otra vez vemos a Elías ayudando, ministrando y encaminando a un líder errado. Si hay algo que podemos reprocharle a Ocozías es no haber tomado nota de las lecciones del pasado. “Durante el reinado de su padre, Ocozías había presenciado las obras prodigiosas del Altísimo. Había visto que Dios había dado al apóstata Israel terribles evidencias de cómo considera a los que desechan las obligaciones de su Ley” (Elena de White, Profetas y reyes, p. 115). Pero no aprendió. “Ocozías había obrado como si esas pavorosas realidades fuesen cuentos ociosos. En vez de humillar su corazón delante del Señor, había seguido a Baal” (ibíd.).

Hay Dios en Israel. Dejemos de abrevar en las fuentes equivocadas, dejemos de tributar homenaje a dioses paganos, adorando ante el mismo altar de Satanás; aunque hoy esos altares se representen en formas atrayentes y modernas, y vengan disfrazados con los ropajes de la cultura, el progresismo, las adaptaciones y los razonamientos posmodernos; tan fascinantes, pero tan alejados de la Escritura.

El mensaje de Elías llega hasta hoy en forma de pregunta. Es una pregunta que nos mueve, nos interpela, nos saca de nuestra zona de confort y nos invita a alejarnos de la tibieza y la conformidad con este mundo: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él” (1 Rey. 18:21).

La decisión es nuestra. Y es ahora. RA

About The Author

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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