Que nadie te menosprecie por ser… ¿viejo?
Quienes nacieron en la década de 1980 seguramente recordarán con algo de nostalgia a futbolistas como Diego Maradona, Roberto Baggio, Romário, Paolo Maldini o el portero Peter Schmeichel. Eran los héroes de los pósteres, los gigantes que motivaban a millones de niños en cada rincón del planeta a salir a la calle con una pelota.
Lejos de las luces de los grandes estadios europeos, en las islas de Cabo Verde, la historia no era diferente. Como la gran mayoría de los niños de su edad, Josimar mostraba desde pequeño su afición por el «deporte rey». Sin embargo, cada vez que recibía algún golpe jugando al fútbol, corría a refugiarse con su abuela, con quien se había criado. De allí surgió su apodo, «Vozinha» (que viene del portugués avozinha y que significa «abuela»), un mote que decidió conservar con orgullo cuando, años más tarde, se convirtió en un arquero profesional.
Josimar José Évora Dias, más conocido como Vozinha, comenzó su carrera en el Batuque FC, un club de Mindelo, su ciudad natal. Siempre alejado de los grandes escenarios del fútbol mundial, continuó su trayectoria en países como Angola, Moldavia, Chipre, Eslovaquia y Portugal, donde actualmente defiende el arco del G. D. Chaves, de la Segunda División lusitana.
Su perseverancia y su constancia lo llevaron a adueñarse del dorsal n.º 1 de los «Tiburones Azules», como llaman a la selección nacional de Cabo Verde, su país.
Sin embargo, su verdadero salto a la fama internacional se dio el pasado lunes 15 de junio de 2026, en el marco de la primera fecha del Mundial de la FIFA que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá. El combinado caboverdiano debía enfrentar nada más ni nada menos que a la poderosa España, uno de los principales candidatos a alzar la Copa del Mundo el 19 de julio próximo. Vozinha tenía la tremenda responsabilidad de intentar mantener su valla lo más intacta posible ante la constante amenaza de los temidos atacantes españoles.
Cualquier fanático, con un mínimo conocimiento de fútbol, habría pronosticado una derrota segura de Cabo Verde. El asunto no era si los Tiburones Azules iban a perder, sino cuán abultada sería la goleada. No obstante, con el correr de los minutos tras el pitazo inicial, el asombro comenzó a apoderarse de los espectadores. España desplegó todo su arsenal ofensivo, pero no logró perforar el muro defensivo de Cabo Verde. ¿La figura? No podía ser de otra manera. Vozinha, con siete atajadas cruciales, se convirtió en el jugador destacado del encuentro.
La repercusión del inesperado empate en cero entre los europeos y los africanos no tardó en estallar en las redes sociales. Antes de comenzar el partido, Vozinha contaba con 50 000 seguidores en su perfil de Instagram. Tan solo 24 horas después de su partido consagratorio, el número de seguidores había ascendido a más de 9 millones, superando por un amplio margen a Tim Payne, el futbolista neozelandés que se volvió viral gracias a la iniciativa de un influencer argentino para hacer famoso al jugador menos conocido del Mundial. Al momento de escribir estas líneas, Vozinha suma más de 17 millones de seguidores en la mencionada red social, ¡más de treinta veces la cantidad de habitantes de su país!
Pero lo que más llamó la atención del arquero caboverdiano no fue solamente su capacidad de reacción o sus reflejos, sino que tiene ¡tan solo 40 años! A una edad en la que la mayoría de los futbolistas ya están retirados, Vozinha alcanzó el punto más alto de su carrera. Probablemente ni siquiera él mismo hubiera imaginado que, casi al final de su trayectoria, tendría semejante reconocimiento a su humilde pero esforzada labor a lo largo de los años. Como reza un dicho popular: «Viejo es el viento, y todavía sopla».
Al leer la historia de Vozinha y su hazaña deportiva, no pude evitar pensar en la extensa y variada familia mundial de la iglesia, el pueblo de Dios en la tierra. Cada vez que visito una congregación local para compartir la Palabra de Dios, observo a sus miembros y reflexiono sobre el enorme potencial que tiene cada uno de ellos para contribuir al cumplimiento de la misión que el Señor nos encomendó. Personas de diferentes orígenes y contextos, con distintos dones y talentos, todos juntos formando el cuerpo de Cristo (1 Cor. 12:12-27). ¡Cuán grandes cosas puede hacer Dios con nosotros! La pregunta es: ¿somos conscientes de ese potencial?
El apóstol Pablo, en una de sus cartas, le dejó a su joven discípulo Timoteo un consejo que ha atravesado los siglos: «Que nadie te menosprecie por ser joven» (1 Tim. 4:12, NVI). El joven líder de la iglesia de Éfeso cargaba con el peso de las miradas de desconfianza. ¿Cómo podía alguien tan inexperto pastorear a toda una congregación? Pablo, sin embargo, le recordó que el valor de su ministerio no se medía en años, sino en su ejemplo «en la manera de hablar, en la conducta, en amor, fe y pureza».
La historia de Vozinha, no obstante, nos invita a leer ese consejo desde la otra orilla. Porque si a Timoteo nadie debía menospreciarlo por ser demasiado joven, quizás a ti el enemigo intente convencerte de que no sirves justamente por lo contrario. Que nadie te menosprecie —ni siquiera tú mismo— por ser viejo, como si tu mejor partido ya se hubiera jugado. Que nadie te menosprecie por no tener un título universitario, como si la sabiduría de lo alto se entregara junto con un diploma. Que nadie te menosprecie por no ser un teólogo de carrera, como si el Espíritu Santo solo se expresara a través de los eruditos. Que nadie te menosprecie por tener alguna discapacidad, como si Dios necesitara cuerpos perfectos para realizar su obra. Que nadie te menosprecie por ser tímido y de pocas palabras, por venir de un pueblo pequeño y desconocido, por haber tropezado una y otra vez en el pasado, por contar con escasos recursos o por sentir que tus dones son demasiado humildes para ofrecérselos al Maestro.
Aunque suene como un dicho trillado, nunca debemos olvidar que Dios no escoge a los capacitados, sino que capacita a los escogidos. A lo largo de la historia del plan de salvación, el Señor se ha deleitado en escoger precisamente a quienes el mundo descarta: un tartamudo para hablarle al faraón, un pastorcito para derribar a un gigante, un puñado de pescadores para revolucionar el mundo. Tal vez, como Vozinha, lleves años de servicio silencioso y esforzado, lejos de las luces y de los grandes escenarios. No importa. El mismo Dios que sostiene ese viento que «todavía sopla» también puede usar tu vida para alcanzar lo imposible en el momento menos pensado. Imagina el momento en que el Espíritu Santo se derrame sin medida sobre el pueblo de Dios. Miles de «desconocidos» ante los ojos del mundo se levantarán para brillar «como las estrellas por toda la eternidad» (Dan. 12:3, NVI). ¿Te gustaría formar parte de ese grupo? Si es así, no permitas que nadie te menosprecie; pero, sobre todo, no menosprecies tú el enorme potencial que el Señor ha depositado en ti. Tu hora más gloriosa al servicio del Maestro todavía está por jugarse. ¡No lo dudes, solo cree!



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