«SOLO POR GRACIA»

El equilibrio entre la fe y las obras en la epístola a los Efesios.

Existe una expresión latina muy interesante para analizar el tema de la salvación: Sola gratia. En español, estas palabras se traducen como «solo por gracia» e implican que el ser humano es justificado y salvo únicamente por iniciativa divina —a través de Jesús— sin mediación o mérito humano alguno. De vez en cuando, esta creencia es examinada a la luz de la carta de Pablo a los Romanos. En esta ocasión, sin embargo, veremos cómo en la epístola a los Efesios el apóstol también expone de manera precisa el significado de Sola gratia.

Este concepto emerge de manera evidente en el capítulo 2, donde Pablo presenta un contraste entre la vida pasada y presente de sus lectores gentiles y judíos (Efe. 2:1-3, 11). En el caso de los gentiles, Pablo señala que, antes de conocer a Cristo, ellos estaban muertos espiritualmente, actuando acorde a la voluntad del mundo (Efe. 2:1-2). Tal voluntad, explica él, funciona en virtud de un personaje sobrenatural, el que ejerce su poder en los hijos de desobediencia.

Si bien Pablo omite el nombre de este personaje, su identidad es revelada posteriormente, cuando al finalizar la carta él invita a sus lectores a resistir las insidias del diablo (Efe. 6:11). En este contexto, el conflicto es espiritual (Efe. 6:12). Él es quien domina sobre potestades y seres sobrenaturales malignos que reinan en las regiones celestes, y que influyen negativamente en el accionar desobediente de los seres humanos (Efe. 6:10-13).

Para Pablo, entre los desobedientes se cuentan también los judíos. Luego de retratar la experiencia de los gentiles sin Dios, él asume haber actuado de un modo similar. Pablo afirma que él, junto con sus compatriotas, vivían impulsados por sus deseos pecaminosos, siguiendo su propia voluntad (Efe. 2:3). Al indicar esto, Pablo reconoce que él (como judío) también era por naturaleza un pecador (Efe. 2:2-3).

Esta confesión es clave para comprender el concepto de Sola gratia, pues al solidarizar con la experiencia gentil, él resalta la universalidad del pecado y la necesidad de que todos (sin importar nuestro trasfondo racial o religioso) necesitemos de un Redentor.

Al considerar este contexto humano negativo, podemos maravillarnos, junto con Pablo, de la misericordia divina (2:4). Esto, porque «aun estando nosotros muertos en pecados», Dios nos da vida en Jesús (Efe. 2:5; 2:1). Una actitud tal implica que la nueva vida otorgada no la merecemos, ya que es un don divino (Efe. 2:8). Esto significa que el acto redentor en el cual el creyente tiene el privilegio de estar envuelto no se basa en su pensamiento o conducta, sino en un regalo inmerecido que viene de parte de Dios y que es dado a través de Jesucristo (Efe. 2:4-7). Al respecto, Pablo es enfático: la salvación es por gracia. No se compra ni se fundamenta en el proceder piadoso correcto del ser humano (Efe. 2:8-9).

Lo anterior, sin embargo, no debe ser malentendido. Pablo les recuerda a sus lectores, y a nosotros, que el creyente es de hechura divina y, por lo tanto, creado «en Cristo Jesús para buenas obras» (Efe. 2:10). En otras palabras, al ser salvos por gracia, el comportamiento del ser humano que ha aceptado seguir a Jesús debe estar de acuerdo con la voluntad del Creador.

Un poco más adelante en la carta, Pablo afirma que la conducta del cristiano difiere de aquella en la que los gentiles viven (Efe. 4:17-22, 25-32). Para ilustrar el concepto, Pablo emplea la imagen del «viejo hombre» y su manera de vivir pasada y corrompida, e invita a los miembros de la comunidad eclesial de Éfeso —y otras comunidades vecinas— a despojarse de esta práctica errada (Efe. 4:22). Entonces, emplea una imagen contraria, en la que exhorta a sus lectores a vestirse del «nuevo hombre», esto es, de aquel que ha sido renovado en su mente, «creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efe. 4:23-24).

Al exhortarlos a renovar la mente, Pablo busca evitar que sus lectores piensen que, al ser salvos, están autorizados a transitar por los mismos caminos que acostumbraban recorrer en su vida pasada. Aunque la salvación es un regalo, usted y yo debemos manifestar una vida acorde al llamado que Dios nos ha hecho.

El cambio, no obstante, es también una cuestión de gracia. Esto se debe a que la batalla del cristiano no es terrenal, sino espiritual (Efe. 6:12-13). Por esta razón, el cristiano debe reconocer y recordar que la victoria sobre el pecado depende de la fortaleza divina, no de la humana (Efe. 6:10, 14-18).

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