La sorpresa de los discípulos y la gracia de Jesús.
Mateo, Marcos y Lucas nos cuentan que un hombre rico que se aproxima a Jesús y le pregunta qué debe hacer para adquirir la vida eterna (Mat. 19:16-22, Mar. 10:17-22 y Luc. 18:18-23). Jesús le contesta que necesita guardar los mandamientos. Al oír esto, el hombre responde que ya ha satisfecho lo que Jesús exige, causando que Jesús lo desafíe a que venda todo lo que tiene, lo distribuya entre los pobres y lo siga. Como todos sabemos, la historia tiene un desenlace triste, ya que el individuo optó por el dinero en lugar de convertirse en un seguidor de Jesús.
Al verlo partir, Jesús declara lo complicado que resulta para un rico entrar en el reino de los cielos, palabras que generaron asombro entre los discípulos (Mat. 19:25, Mar. 10:26 y Luc. 18:26). A continuación, analizaremos el motivo que hizo que los discípulos se sintieran sorprendidos.
Probablemente, el asombro de los discípulos se atribuya a la percepción cultural dominante en el mundo antiguo acerca del significado de las riquezas. Como algunos pasajes del Antiguo Testamento evidencian, los ricos son personas que siguen los preceptos divinos y, por consiguiente, Dios los bendice (Sal. 112:1-3, Prov. 10:22, 13:21 y 22:4). Por ejemplo, Deuteronomio 28:1-14 vincula el cumplimiento de la ley con la prosperidad de Israel, prometiéndoles abundar en bienes si permanecen leales.
Por otro lado, Deuteronomio interpreta la pobreza como una indicación del castigo divino que se impone a aquellos que han desobedecido u olvidado a Dios (Deut. 28:15-68 y 8:11-20).
La narrativa de Abraham, al igual que la de otros personajes bíblicos (Gén. 30:37-43 y Rut 2:1), muestra de manera clara la conexión directa entre la bendición divina y las riquezas (Gén 12:1-3, 13:2 y 15:6). Desde este punto de vista, el hombre rico sería un modelo de aquellos que son fieles y que Dios ha hecho prosperar. No debe olvidarse que quien vino a ver a Jesús aseguró haber guardado los mandatos de Dios desde su juventud. Lo mencionado anteriormente justifica con claridad el asombro de los discípulos. Porque, si la abundancia económica es una muestra de la bendición de Dios —y aun así no los convierte en aptos para ingresar al reino— ¿quién podrá ser salvo entonces? (Mat. 19:25, Mar. 10:26 y Luc. 18:26).
No obstante, una interpretación de esta naturaleza pasa por alto el análisis de otros textos del Antiguo Testamento donde el acto de poseer riquezas no necesariamente representa la bendición divina (Isa. 10:3, Jer. 5:27 y 17:3). De hecho, no está de más recordar el clamor de los escritores bíblicos que preguntan por qué los impíos florecen económicamente y al mismo tiempo oprimen al pobre o comenten injusticias (Job 12:6, 21:7-13 y Mal. 3:15).
En el Sermón del monte, Jesús alerta que ningún ser humano puede obedecer a dos señores, ya que mientras desprecia uno, amará al otro. Por lo cual, Jesús advierte que es imposible servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo (Mat. 6:24 y Luc. 16:13). Igualmente, al interpretar el sentido de la parábola del sembrador, Jesús sostiene que la semilla que cayó entre los espinos simboliza a todo aquel que escucha la Palabra, pero el engaño de las riquezas la envenena, volviendo estéril lo que fue escuchado (Mat. 13:22, Mar. 4:19 y Luc. 8:14).
Esto implica que las riquezas pueden tomar control del individuo y conducirlo a llevar una vida egocéntrica, y elegir (tal como el joven rico decidió) no seguir a Jesús.
En conclusión, la opinión de los discípulos es bastante selectiva y no coincide con lo estipulado en el Antiguo Testamento ni con lo que Jesús expresó sobre las riquezas. No obstante, el aspecto principal que Jesús busca resaltar no es que las riquezas sean perjudiciales por sí mismas (pues el problema no radica en el dinero) ni en la riqueza en sí. El problema está en la posición que los tesoros tienen en el corazón del ser humano, tal como lo dice 1 Timoteo 6:10: «El amor al dinero es la raíz de todos los males; y algunos, por esa codicia, se desviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores».



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