Todo depende de nuestras prioridades
Quizá usted conoce el término (o no): Teoría de la Internet muerta. Es la creencia de que las interacciones artificiales –como la IA y los chatbots– están inundando la Internet que conocemos (y que a algunos de nosotros nos encanta), creando un espacio en el que solo existe el pensamiento artificial. Mi cuestionamiento no se refiere a que la IA nos quite el trabajo o haga subir los precios, sino que se relaciona con el amor: no lo que amamos, sino cuánto lo amamos, y lo que significa amar algo –o incluso a alguien– más de lo que deberíamos. Creo que la forma más fácil de explicarlo es con una buena y nada absurda analogía.
En este momento, tiene que tomar una decisión. ¿Cuál es la opción? Tiene que elegir un alimento para las tres comidas del día, cada día del año… y cada año después de eso, por el resto de su vida. (Pero en realidad, la comida que elija no importará mucho cuando usted muera prematuramente por tener una dieta alimenticia desequilibrada).
Mi punto es comparar la dieta con los medios. Pero antes de continuar, quiero mencionar que no soy un activista antimedios; de hecho, estoy muy involucrado en los videojuegos y en YouTube. En un momento estaba tan involucrado que comencé a quererlos más que a Dios. No digo que querer algo sea malo, ni que los medios en sí mismos sean malos. Pero cuando nos gusta tanto el pan que es lo único que comemos, estaremos en problemas.
Muchos jóvenes (y me incluyo) son culpables de llenar sus vidas con las redes sociales, la televisión y los videojuegos. La mayoría de nosotros pasa gran cantidad de horas del día navegando por videos cortos de YouTube y de Instagram o TikTok. Pero si Dios solo pide el diez por ciento de nuestros ingresos como diezmo, ¿no deberíamos también estar dispuestos a dedicarle al menos el diez por ciento de nuestro día? Si supuestamente estuviéramos despiertos 12 horas, eso implica dedicarle 72 minutos del día. Yo, por mi parte, era culpable en este aspecto. Desde el amanecer hasta el atardecer pasaba el día navegando por YouTube, y en videojuegos, sin siquiera pensar en Dios. Me iba a dormir, no satisfecho y colmado de alimento espiritual, sino con la mente atormentada después de terminar una transmisión de cinco horas de un nuevo lanzamiento de videojuegos.
Cuando la Adventist Review me ofreció la oportunidad de escribir algo, acepté. Poco sabía que esa misma semana Dios me llevaría a dejar los medios durante una semana, porque los estaba poniendo antes que a Dios. Como dice Éxodo 20:3: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Ese versículo no se refiere exclusivamente a adorar a otros dioses aparte del único Dios viviente, sino que se refiere a cualquier cosa que pongamos por encima de Dios.
Mis padres solían decirme: «En nuestra época no teníamos Internet; teníamos bibliotecas. ¡Y si querías hablar con alguien, hablabas en persona y no en un chat!» Aunque pueda parecer raro, la vida era mucho mejor entonces, ya que los estímulos y la constante podredumbre cerebral no formaban parte de la vida cotidiana. Como dice un refrán: «¡Donde entra basura, sale basura!»
Pero volviendo a la teoría de Internet muerta, yo tengo una teoría propia, que cuestiona qué ocurre si Internet se está saturando de comunicación e inteligencia artificiales: ¿Qué ocurre cuando nos exponemos a ello? Muy claramente: corremos el riesgo de perder la cordura.
Todo me recuerda que sirvo a un Dios amoroso y misericordioso que escribió un mandamiento que en la superficie parece simple y claro, pero que en el fondo es muy abarcador y significativo Me resulta interesante que Dios supiera que la Internet muerta arruinaría a la gente tanto como otros elementos o disposiciones negativas –automóviles, dinero, codicia, lujuria y violencia por mencionar algunos. Por ello, recordemos poner a Dios en primer plano, ¡y él guardará nuestra mente y corazón!
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Jonathan Clegg es un adolescente en Estados Unidos. Sus aficiones incluyen la actuación de voz para Discovery Mountain, andar en su cuatriciclo, los autos radiocontrolados, el estudio de la Biblia, el senderismo, la escritura, los videojuegos y la música (sea tocar la trompeta o cantar en el coro).
Publicado en la Adventist Review de Julio – Agosto 2026



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