Donde se pagó el precio de la pena de muerte
En el Cielo, Satanás estaba junto al Hijo de Dios. Pero cedió al deseo de autoexaltación y fue expulsado de las cortes celestiales. Vino a esta Tierra para ejercer su poder degradante sobre el ser humano. Ese poder aumentó con los siglos, pero su maldad no fue reconocida, y Dios no pudo condenar arbitrariamente a su autor. La obra de Satanás era un peligro mortal para el universo, pero por la seguridad del mundo y del gobierno celestial, se debía permitir el desarrollo de sus principios bajo su verdadera luz.
Cristo vino a este mundo para salvar a los seres humanos de la muerte, pero desde el pesebre hasta la cruz, Satanás disputó su andar. El enemigo llenó las mentes de los judíos de odio hacia el Redentor. No descansó hasta que Cristo terminó colgado en la cruz.
No obstante, al continuar su enemistad hacia Cristo hasta crucificarlo, colgándolo en la cruz del Calvario con el cuerpo magullado y el corazón quebrantado, Satanás se extirpó por completo de los afectos del universo. La muerte de Cristo silenció para siempre la acusación de que, con Dios, la negación del yo era imposible. Se vio que Dios se negó a sí mismo por amor a la humanidad.
Cristo soportó por nosotros más de lo que nosotros podríamos soportar. Sin pecado hasta el fin, murió por nosotros. La justicia exigía no solo que el pecado fuera perdonado: era necesario cumplir con la pena de muerte. El Salvador cumplió con esa demanda. Su cuerpo quebrantado, su sangre derramada, satisficieron las exigencias de la ley. Así fue salvada la brecha entre la Tierra y el Cielo que había creado el pecado. Cristo sufrió en la carne, para que con su túnica de justicia pudiera cubrir al indefenso pecador.
No es tarea fácil resistir las tentaciones de Satanás. Exige aferrarse con firmeza de Dios. Cristo ha respondido a todas las tentaciones que Satanás puede traer contra el ser humano. Es el Camino, la Verdad y la Vida. Con sus fuerzas, los seres humanos pueden guardar la Ley de Dios.
Cristo fue crucificado, pero con poder y gloria maravillosos resucitó de la tumba. Tomó bajo su dominio el mundo que Satanás decía gobernar, y restauró la raza humana al favor de Dios. Y en esa gloriosa culminación de su obra, cánticos de triunfo resonaron y retumbaron por los mundos no caídos. Ángeles y arcángeles, querubines y serafines se unieron en un coro de victoria.
Él es capaz de salvar hasta lo último a todos los que vienen a Dios por su intermedio. Vive siempre para interceder por nosotros. Con llamados sinceros, la cruz ofrece continuamente al pecador una expiación completa. En una invitación amorosa, Cristo alza su voz, diciendo: «El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Apoc. 22:17).
Al acercarnos a la cruz del Calvario, veremos un amor sin igual. Así como por la fe comprendemos el significado del sacrificio hecho en esa cruz, nos vemos como pecadores, condenados por quebrantar la ley. Eso es arrepentimiento. Al acercarnos con corazón humilde, hallamos perdón, porque Jesús está ante el Padre, ofreciendo continuamente un sacrificio por los pecados del mundo. Él es el ministro del verdadero tabernáculo, que el Señor levantó, y no el hombre. Las ofrendas típicas del tabernáculo judío ya no poseen ninguna virtud. Ya no es necesaria una expiación diaria y anual. Pero debido a la continua comisión de pecado, es fundamental el sacrificio expiatorio de un Mediador celestial. Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote, oficia por nosotros en presencia de Dios, ofreciendo en nuestro favor su sangre derramada.
Y mientras Cristo intercede por nosotros, el Espíritu obra sobre nuestros corazones, provocando la oración y la penitencia, la alabanza y la acción de gracias. La gratitud que fluye de los labios humanos es el resultado del Espíritu que toca las cuerdas del alma, despertando música sagrada.
_________________
Los adventistas del séptimo día creemos que Elena G. White (1827-1915) ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio. Este fragmento ha sido extraído de The Youth’s Instructor del 16 de abril de 1903.



0 comentarios