Repasemos los fundamentos proféticos de la identidad adventista
La Iglesia Adventista del Séptimo Día surgió a mediados del siglo XIX, durante un período de notable fermento social y religioso. Desde una perspectiva puramente sociocultural, podría considerarse fácilmente tan solo otro experimento religioso de la época. Desde una perspectiva cristiana tradicional, podría descartarse como una secta no ortodoxa con creencias inusuales, o incluso controvertidas. Sin embargo, visto desde una perspectiva histórico-profética, el movimiento aparece no solo como otro desarrollo religioso del siglo XIX, sino como el cumplimiento de la profecía bíblica y un instrumento divinamente designado en la obra redentora de Dios al final de la historia de este mundo.
Deuda con los evangélicos
En su tratado Apology and Defence (Apología y defensa), Guillermo Miller explicó que tras su conversión personal –cuando en Jesús «encontró un amigo»– dejó de lado sus opiniones preconcebidas y emprendió un estudio cuidadoso de la Biblia, comparando las Escrituras consigo mismas con la ayuda de la Concordancia de Cruden.1 Esa afirmación, de ser tomada en forma aislada, podría fácilmente llevar a concluir que Miller ideó de forma independiente su interpretación de las 2300 tardes y mañanas de Daniel 8:14. Sin embargo, en ese mismo tratado Miller enfatizó que sus conclusiones proféticas no eran producto de una metodología novedosa o puramente individual. Al contrario, insistió en que se había basado en tradiciones interpretativas establecidas y cálculos cronológicos ampliamente aceptados.
Miller explicó: «Vi que, dado que los acontecimientos predichos para cumplirse en días proféticos se habían extendido aproximadamente por tantos años literales; dado que Dios en Números 14:34 y Ezequiel 4:4-6 había designado cada día como un año; dado que las setenta semanas para el Mesías se cumplieron en 490 años, y los 1260 días proféticos de la supremacía papal en 1260 años; y como esos días proféticos que se extendían hasta el advenimiento se daban en relación con profecías simbólicas, solo podía considerar el tiempo como simbólico, y como algo que mantenía cada día como un año, de acuerdo con las opiniones de todos los comentaristas protestantes tradicionales».2
En el mismo folleto, Miller afirmó que se había «apoyado en la cronología recibida» e incluso declaró: «No hay un momento en mi creencia en el que no me sostenga en alguno de los numerosos escritores que se han opuesto a mis opiniones».3 Luego se refirió a varios expositores bíblicos respetados que respaldaban el principio del día por año, entre ellos George Bush (1796-1859), John Howard Hinton (1791-1873) y Nathaniel Jarvis (1787-1869).4 Incluso un repaso superficial de los escritos de Miller revela que estaba familiarizado con muchas de las discusiones contemporáneas sobre la interpretación profética y situaba deliberadamente sus propias opiniones dentro de la tradición historicista más amplia.
Como señaló de manera perspicaz el historiador estadounidense Whitney R. Cross: «Sus [Miller] datos acumulados apuntaban ineludiblemente a un Advenimiento premilenial en lugar de postmilenial. Aparte de ese cambio de énfasis, compartido por varios contemporáneos, Miller no produjo ninguna novedad sorprendente. Su doctrina en todos los demás aspectos ejemplificaba prácticamente la ortodoxia. Su cronología simplemente elaboraba y refinaba el tipo de cálculos que sus contemporáneos llevaban tiempo haciendo, pero se volvió más dramática porque era más exacta y porque el evento predicho era más sorprendente. Solo en dos puntos insistía de manera dogmática que Cristo vendría, y que vendría alrededor de 1843».5
La contribución de Miller
Guillermo Miller no era simplemente un estudiante curioso que buscaba comprender las secciones apocalípticas de las Escrituras. Más bien, fue providencialmente llamado por Dios para desempeñar un papel significativo en reavivar el interés por las profecías del fin de los tiempos de la Biblia. Según Elena White, Dios envió a su ángel para dirigir la atención de Miller a las escrituras proféticas, y los ángeles de Dios «visitaron repetidamente a ese elegido, guiaron su mente y abrieron su comprensión a profecías que siempre habían sido oscuras para el pueblo de Dios».6 No obstante, ¿significa esto que todos los cálculos proféticos de Miller fueron precisos? Por cierto que no. Aunque el marco esencial de su interpretación profética resultó sólido, algunos de sus cálculos y conclusiones requirieron corrección y refinamiento.
Un análisis del uso contemporáneo del principio del día por año revela dos grandes extremos interpretativos. Uno fue la aplicación reduccionista del principio exclusivamente a las setenta semanas de Daniel 9:24-27, creyendo que eran 490 años mientras se trata a todos los demás periodos proféticos en el libro de Daniel –el «tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo» de Daniel 7:25 y 12:7, las 2300 tardes y mañanas de Daniel 8:14, los 1290 días de Daniel 12:11 y los 1335 días de Daniel 12:12– como literales en lugar de simbólicos. Ese enfoque plantea una pregunta obvia: ¿Por qué solo las setenta semanas tienen que entenderse simbólicamente, mientras que todos los demás períodos de tiempo tienen que interpretarse literalmente? ¿No refleja esto un enfoque inconsistente respecto al libro de Daniel?
El otro extremo se reflejó, en cierta medida, en los escritos de Guillermo Miller. Aunque aplicó correctamente el principio del día por año a todos los periodos proféticos mencionados más arriba –así como a los periodos paralelos en Apocalipsis 11:2, 12:14 y 13:5– también extendió el principio más allá de sus límites propios, aplicándolo a ciertas referencias temporales no proféticas en las Escrituras. Por ejemplo, en sus Views of the Prophecies and Prophetic Chronology (Perspectivas sobre profecía y cronología profética), Miller argumentó que los «siete tiempos» de Levítico 26:18, 21, 24 y 28 representan un período profético de 2520 años.7 Jaime White señaló más tarde, correctamente, que esos «siete tiempos» no constituyen un período profético, sino que describen una secuencia de juicios divinos que van incrementándose en severidad. Por ello, concluyó que quienes encuentran un período profético en Levítico 26 «simplemente están opinando al viento».8
Nuestra discusión hasta ahora ha dejado dos preguntas cruciales sin respuesta. ¿Es acaso la citación de Números 14:34 y Ezequiel 4:4-6 para interpretar los periodos proféticos de Daniel y el Apocalipsis algo más que un enfoque basado en textos probatorios? ¿Cómo determinar cuándo aplicar el principio del día por año y cuándo no? Varios expositores bíblicos contemporáneos de Guillermo Miller abordaron estas importantes cuestiones con una claridad notable.
Simbolización en miniatura
Para el tiempo de Guillermo Miller, varios expositores bíblicos ya habían fundamentado el principio del día por año sobre una base bastante sólida. Sin embargo, como analizo en otros lugares con mayor detalle,9 estudiosos evangélicos influyentes de la primera mitad del siglo XIX identificaron un patrón de «simbolización en miniatura» que ayuda a definir con mayor precisión qué periodos proféticos tienen que ser interpretados según ese principio. El criterio es bastante simple: si un período profético aparece dentro de una profecía simbólica en la que su elemento principal –ya sea una persona, un animal o un cuerno– representa una realidad colectiva mayor, como una tribu, un reino o un imperio, entonces el período asociado se presenta igualmente en miniatura, y cada día profético representa un año literal.
Por ejemplo, en 1812 Frederic Thruston, un ministro anglicano, afirmó que «una profecía simbólica es una imagen; y como todos los elementos son visibles al mismo tiempo, por supuesto están en miniatura. Por lo tanto, los tiempos también tienen que estar en miniatura, como días por años».10 En 1843, George Bush, profesor de literatura hebrea y oriental en la Universidad de Nueva York, afirmó que «el gran principio sobre el cual hay que decidir el uso del principio del día por año es el de la simbolización en miniatura. Como los acontecimientos se ven reducidos, los períodos se verán reducidos en la misma proporción relativa».11 Del mismo modo, Edward Bishop Elliott, miembro del Colegio Trinity de Cambridge, argumentó que «si día significa año en una visión simbólica en miniatura, parece razonable interpretarlo de esa manera en todas las ocasiones».12
Una lectura cuidadosa de Números 14 y Ezequiel 4 revela que el patrón de la simbolización en miniatura está claramente presente en ambos capítulos. En Números 14, los doce espías representan a las doce tribus de Israel; en consecuencia, los cuarenta días que pasan espiando la tierra corresponden a cuarenta años de deambulaciones de Israel en el desierto (vers. 34). En Ezequiel 4, el profeta Ezequiel representa primero a la casa de Israel, y los 390 días simbolizan 390 años (vers. 5); luego representa a Judá, y los cuarenta días simbolizan cuarenta años (vers. 6).
De igual modo, en Daniel 7, 8, 11 y 12, y en Apocalipsis 11-13, entidades simbólicas como bestias, cuernos, reyes y una mujer representan reinos, imperios, sistemas religiosos y realidades colectivas más grandes. En consecuencia, los períodos de tiempo asociados también tienen que ser interpretados según el principio del día por año. Por lo tanto, parece totalmente coherente considerar Números 14:34 y Ezequiel 4:4-6 como la clave interpretativa para entender otras profecías en las que está presente el mismo patrón de simbolización en miniatura.
Si ese es realmente el caso, ¿por qué casi todos los evangélicos –e incluso algunos adventistas del séptimo día– rechazan el principio de día por año?
Desafíos modernos
Con el tiempo, existe una tendencia humana a renunciar a nuestra singularidad y acomodarnos al espíritu de la época. Ese proceso fue expresado acertadamente por Alexander Pope cuando escribió:
“El vicio es un monstruo de rostro tan temible, que para ser odiado solo necesita ser visto; pero visto muy a menudo, familiarizados con su rostro, primero lo soportamos, luego lo compadecemos, y al final lo abrazamos”.13
La observación de Pope capta la naturaleza gradual del compromiso. Lo que inicialmente conmociona la conciencia puede, mediante una exposición repetida, ser tolerado, luego aceptado, finalmente abrazado y finalmente defendido como algo bueno y deseable.
Algo similar ha ocurrido con la minimización del historicismo y su corolario: el principio del día por año. En su perspicaz artículo titulado «Cómo dar sentido a la profecía bíblica»,14 William H. Shea demuestra cómo, en el siglo XVI, el historicismo bíblico fue desafiado por el preterismo y el futurismo del catolicismo romano; cómo, en el siglo XIX, muchos protestantes fueron adoptando gradualmente esos enfoques alternativos; y cómo, hacia finales del siglo XX, algunos adventistas del séptimo día también los adoptaron. Hoy algunos adventistas rechazan abiertamente el principio del día por año, mientras que otros sostienen que, aunque le pudo haber servido bien a los pioneros, la iglesia ya no debería considerarse sujeta a ese principio hermenéutico.
En estos últimos días, cuando sopla «todo viento de doctrina» (Efe. 4:14) y muchos ya no «soportan la sana doctrina» (2 Tim. 4:3), una comprensión profunda de nuestras raíces histórico-proféticas es más esencial que nunca. El legado que hemos recibido por la conducción providencial de Dios no es solo una reliquia del pasado que admirar, sino una confianza sagrada que necesitamos preservar. Es responsabilidad de cada generación de adventistas comprenderla, atesorarla, vivirla y transmitirla fielmente a la siguiente hasta que la misión profética de la iglesia se haya cumplido y Cristo regrese en gloria.
1 Guillermo Miller, Apología y Defensa (Boston: J. V. Himes, 1845), pp. 5, 6.
2 Ibid., p. 11.
3 Ibid., p. 34.
4 Ibid., pp. 34, 35.
5 Whitney R. Cross, The Burned-over District (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1950), p. 291.
6 Elena White, Dones espirituales, vol. 1 (Battle Creek, Mich.: James White, 1858), p. 128.
7 Guillermo Miller, Views of the Prophecies and Prophetic Chronology (Boston: Joshua V. Himes, 1841), pp. 43-46. Véase también Guillermo Miller, «Synopsis of Miller’s Views», Signs of the Times (Millerita), 25 de enero de 1843, p. 147.
8 Jaime White, «The Seven Times of Lev. xxvi», Review and Herald, 26 de enero de 1864, p. 68.
9 Alberto R. Timm, «Miniature Symbolization and the Year-Day Principle of Prophetic Interpretation», Andrews University Seminary Studies 42, nº 1 (Primavera 2004): 149-167; Alberto R. Timm, «Miniature Symbolization and the Year-Day Principle», Reflections 44 (Octubre 2013): 6-12.
10 Frederic Thruston, England Safe and Triumphant; or, Researches Into the Apocalyptic Little Book, and Prophecies, Connected and Synchronical, t. 1 (Londres: Coventry, 1812), p. 145. (Cursiva en el original).
11 George Bush, «Prophetic Designations of Time», The Hierophant; or Monthly Expositor of Sacred Symbols and Prophecy 11 (Abril 1843): 246. (Cursiva en el original).
12 E. B. Elliott, Horæ Apocalypticæ, or a Commentary on the Apocalypse, Critical and Historical, segunda ed. (Londres: Seeley, Burnside, and Seeley, 1846), p. 224, n. 2. (Cursiva en el original).
13 Alexander Pope, An Essay on Man (London: Cassell, 1891), pp. 31, 32.
14 William H. Shea, «Making Sense of Bible Prophecy», College and University Dialogue 5, nº 2 (1993): 5-8.
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Alberto R. Timm se ha jubilado tras 43 años de ministerio como pastor, subdirector del Patrimonio White y director asociado del Instituto de Investigaciones Bíblicas.



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