Lecciones en medio de una pérdida indescriptible
El libro de Job es una de las exploraciones más profundas de las Escrituras sobre el sufrimiento inocente. Aunque se presta mucha atención a Job –su paciencia, sus protestas, su perseverancia– a su lado, en las cenizas, está otra figura cuyo dolor es igual de real pero cuya voz solo se escucha una vez: su esposa. Su breve aparición oculta un profundo depósito de tristeza, dolor y preguntas sin respuesta; pero su historia invita a reflexionar sobre cómo Dios recibe a quienes sufren imperfectamente y hablan desde un corazón herido.
Al leer el primer capítulo de Job, se nos informa en seguida de las inmensas y rápidas pérdidas del protagonista. En cuestión de minutos, su mundo se vino abajo. Perdió su sustento, su posición social y, lo más devastador, sus diez hijos. Pero parece que olvidamos que la esposa sufrió la misma secuencia de pérdidas que él. Se describen esas diez muertes a través de la angustia del padre; pero el dolor de la madre no fue menos intenso. Su identidad, esperanzas y vida cotidiana también se vieron desgarradas. Cada hijo representaba una relación, un recuerdo, un futuro cortado abruptamente. Un duelo de esa magnitud no desaparece rápido: se acumula.
Cuando Job sufre dolorosas llagas de pies a cabeza, su esposa observa cómo se desarrolla ante sus ojos la agonía física y emocional de su marido. No es una observadora del sufrimiento; está inmersa en él. La fe que compartió con Job ahora está siendo puesta a prueba por esas pérdidas implacables y el aparente silencio de Dios.
El libro de Job es una narrativa de sufrimiento que rechaza respuestas fáciles.
El libro de Job es una narrativa de sufrimiento que rechaza respuestas fáciles. Aunque la resistencia y las discusiones de él dominan el texto, su esposa aparece con brevedad y desaparece igualmente de rápido. Su breve presencia, sin embargo, abre una ventana a otro tipo de sufrimiento, marcado no por discursos y debates sino por una resistencia silenciosa, quebrantada por un solo grito de angustia. La esposa muestra cómo es la fe cuando se ve aplastada por la pérdida y queda sin explicación.
Sentencia suspendida
Es una creencia común que la muerte más difícil y dolorosa de soportar es la de un hijo, pero los estudios demuestran que la de un cónyuge puede ser aún más difícil.* Esto no pretende minimizar el dolor que sienten los padres cuando un hijo muere, pero las investigaciones sugieren que al menos los padres se tienen el uno al otro mientras atraviesan ese doloroso momento de pérdida y luego el duelo. Pero cuando un cónyuge fallece, el que lo sobrevive no tiene al otro a quien acudir. Job lo perdió todo, pero aún tenía a su esposa. Su esposa lo perdió todo, y también estaba perdiendo a su marido. Vio cómo él caía en el tormento físico. El hombre que antes protegía y proveía ahora yacía desfigurado en las cenizas, rascándose las llagas. Vivía en la tensión de amar a alguien a quien no podía ayudar; y oraba a un Dios que parecía no responder. A diferencia de Job, nunca se la muestra recibiendo visitas, consejos, o siquiera una vía de escape para su dolor.
En la narración bíblica, la esposa solo habla una vez: «¿Aún te mantienes en tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!» (Job 2:9). Esa frase a menudo le ha valido un juicio severo, como si simplemente estuviera tentando a Job al pecado o animándolo a abandonar su fe. Pero leído a través del prisma del duelo, sus palabras suenan menos a rebeldía calculada y más a dolor crudo, angustia y desesperación. Su afirmación puede entenderse como el grito de alguien que no ve fin al sufrimiento. En su mente, la integridad de Job no ha protegido a su familia. La fe, tal y como la entiende en ese momento, no ha traído alivio. La muerte le parece la única vía de escape del dolor insoportable, tanto para Job como, quizás, para ella misma. Más que un argumento filosófico contra Dios, sus palabras se asemejan al discurso angustiado de una persona quebrantada que ha alcanzado el agotamiento emocional.
A lo largo de los siglos, sabios judíos y estudiosos cristianos de la Biblia han acusado a esta mujer de ser el instrumento del diablo para tentar a su esposo. Se la compara con Eva, que llevó a Adán a la caída. Se le llama ignorante, rebelde y cruel. Pero sorprendentemente, Dios nunca se dirige directamente a ella, en el libro. Más tarde corrige duramente a los amigos por hablar mal de él; pero ella queda excluida de esa reprimenda. En la narrativa, no es ni condenada ni castigada por Dios. A diferencia de los amigos, ella no recibe ninguna censura divina. El texto no se pronuncia ni emite juicio contra ella.
Ese silencio es significativo. Señala que Dios reconoce la diferencia entre el desafío del mal y un discurso afligido. Sus palabras, aunque equivocadas, surgen del dolor más que de la malicia. La misericordia de Dios a menudo se revela no solo en lo que dice, sino también en lo que elige no decir. Al final, cuando la fortuna de Job es restaurada, ella está incluida implícitamente en esa restauración. Job vuelve a tener un hogar, hijos y un futuro. Aunque no se menciona en el texto, se percibe que continúa la vida junto a Job, siendo parte de las bendiciones renovadas. Dios no la aparta por su momento de desesperación; en cambio, permite que su historia continúe dentro del marco más amplio de la restauración.
Un Dios con hombros grandes
Como capellán y pastor, yo (Claudio) estuve muchas veces al lado de un paciente moribundo y sus seres queridos. Veía que la vida desaparecía poco a poco, como arena entre los dedos, hasta extinguirse. Como capellán de las fuerzas del orden, di la triste noticia de la trágica muerte de un joven, del hijo de alguien, o de la pareja que murió en un accidente. Algunos reaccionaron con ira, otros se protegieron en la cueva de la negación, mientras que otros se derrumbaron de dolor al recibir la noticia. A menudo escuché palabras de ira hacia las autoridades, hacia el personal médico, hacia los fallecidos e incluso hacia Dios. En lugar de defender a Dios o reprenderlos por su ira, los animé a hablar con Dios sobre su dolor y su resentimiento. Le he dicho lo mismo a muchos: Hable con Dios; tiene hombros anchos donde reclinarse y lo escuchará. Prefiere oír su enojo antes que su silencio. La narrativa de Job implica que Dios entiende el duelo expresado sin filtro y no lo trata como un veredicto sobre la fe de una persona.
La esposa de Job representa a aquellos cuya fe flaquea bajo el sufrimiento extremo. No ofrece una defensa teológica de Dios, sino que plantea la pregunta que muchos no se atreven a decir en voz alta: ¿De qué sirve la fe cuando todo desaparece? La Biblia no la borra de la historia por hacer esa pregunta. En cambio, registra sus palabras con honestidad y avanza sin condenarla.
Por ello, la esposa de Job es un testimonio silencioso de la paciencia de Dios con los de corazón quebrantado. Su dolor es real, su respuesta es humana, y el trato de Dios hacia ella, marcado por la contención, el silencio y la restauración posterior, pone de relieve una gracia que deja espacio al duelo. Su historia nos recuerda que Dios extiende su compasión incluso a quienes hablan desde la desesperación, y que los momentos de debilidad no tienen la última palabra en manos de un Dios misericordioso.
La esposa de Job muestra cómo es la fe cuando se ve aplastada por la pérdida y queda sin explicación.
Quizá haya otra lección para nosotros en la historia de Job y su esposa. Ella no sufrió menos que él; sufrió de forma diferente. Debemos tener mucho cuidado de no juzgar a las personas por su dolor. Cada uno vive el duelo de forma diferente, y nadie más puede ni tiene que decidir cuándo o cómo llorar. Las personas cuyo ser querido está muriendo de una enfermedad terminal pueden pasar por un duelo anticipado hasta que ese ser querido fallece. No es raro que no expresen su dolor de forma tan visible como la que otros esperan que se manifieste, dado que han estado llorando la enfermedad del ser querido por mucho tiempo. No significa que nunca tengan momentos en los que la tristeza los abrume, sino que comenzaron el proceso del duelo antes de que el ser querido muriera.
Por supuesto, también sabemos el resto de la historia. Al final, cuando Dios restaura a Job, restaura su casa. Nacen nuevos hijos, la vida se renueva y el futuro se abre paso otra vez. La esposa, aunque nadie le hable y no sepamos su nombre, forma parte de esa vida restaurada. Dios no la elimina de la historia por un momento de debilidad. Por el contrario, le permite trascender el momento. Su inclusión en la restauración demuestra que la misericordia de Dios no se limita a quienes sufren «correctamente». Él no exige palabras perfectas de los quebrantados; por el contrario, permite un espacio para el duelo, incluso cuando ese dolor habla de maneras que demuestran falta de confianza.
El resto de la historia, para quienes hemos perdido a un ser querido por enfermedad, accidente trágico o causas naturales, no tendrá un final positivo hasta la mañana de la resurrección. Ningún recién nacido remplazará al niño que perdimos; ningún nuevo cónyuge puede sustituir al fallecido. Pero cuando por fin nos rencontremos, por la eternidad, el final de la historia será mejor que su comienzo.
La esposa de Job representa a quienes carecen de oraciones elocuentes cuando ocurre una tragedia. Habla una vez, y sus palabras son desordenadas, dolorosas e incómodas. Sin embargo, las Escrituras las preservan, reconociendo que el sufrimiento a menudo despoja la fe de su brillo y solo deja lugar a honestidad pura.
Su historia nos recuerda que la paciencia de Dios se extiende a quienes claman confundidos, que flaquean bajo el peso de la angustia y que no pueden ver más allá del dolor. En último término, la esposa de Job se mantiene, no como villana, sino como testigo de un Dios que permanece presente, incluso cuando la fe se quiebra ante el peso de la angustia.
*https://grievewellblog.wordpress.com/2017/06/22/a-theory-of-grief-relativity/
______________________
Los doctores Claudio y Pamela Consuegra se han jubilado después de liderar el Ministerio de Familia de la División Norteamericana. Ahora disfrutan de sus nietos.



0 comentarios