Nuestras creencias tienen que ver con una persona
«Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).
Policarpo, bien conocido por los cristianos como un destacado y valiente mártir del siglo II, solía contar una historia (quizás legendaria) sobre el apóstol Juan, recogida en los escritos de un padre de la iglesia primitiva llamado Ireneo. «También hay quienes oyeron de él –escribió Ireneo– que Juan, discípulo del Señor, yendo a bañarse en Éfeso y viendo a Cerinto allí, salió corriendo de la casa de baños sin bañarse, exclamando: “Huyamos, no sea que hasta la casa de baños se derrumbe, porque Cerinto, enemigo de la verdad, está adentro”».1
Por qué Juan corrió
Si realmente ocurrió (puede que sea mera leyenda), ¿qué haría que Juan huyera, declarando a Cerinto «enemigo de la verdad»? Cerinto fue un conocido hereje que enseñó que Jesús era simplemente humano y que el nacimiento virginal milagroso no existió; que la creación era obra de un dios menor. Probablemente sea más conocido por enseñar que Jesús se convirtió en Mesías en su bautismo, pero luego, cuando fue a la cruz, el poder divino que permitió su ministerio se desvaneció, dejando atrás a un simple hombre a la hora de su muerte.
Esos errores se hicieron cada vez más comunes a lo largo de los primeros siglos del cristianismo. Por supuesto, son completamente contrarios a todo lo que los apóstoles enseñaron al llevar el evangelio al Imperio Romano. Aunque Juan no escribió su Evangelio como una polémica contra los herejes, sus palabras iniciales sirven como corrección para quienes puedan sentirse tentados a degradar a Cristo. Forman parte de las más bellas palabras que se encuentran en la Biblia, afirmando que la creación fue obra nada menos que de Cristo mismo. «Todas las cosas por medio de él fueron hechas –nos recuerda Juan–, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho» (Juan 1:3).
Juan identifica a Jesús como el Logos, una palabra que los filósofos griegos encontraron sumamente interesante. Los griegos usaron la palabra de forma diferente. Para la mente griega, logos era el principio general e inamovible que mantenía unido al universo, una constante inmutable tras un cosmos en constante movimiento. Juan describió algo diferente: se basó en las Escrituras para revelar a Cristo. Pero un lector griego nuevo en el cristianismo podría haberse detenido ante la declaración de Juan: El Dios que creó el universo y lo mantiene unido, aquel que nos dio la vida, ha efectuado una aparición personal en este planeta, como un ser humano auténtico de carne y hueso. La Palabra se hizo carne. Para la mente griega, eso era un pensamiento revolucionario.
La lectura correcta de la Biblia
Jesús es la verdad última que está detrás de todo lo que experimentamos con nuestros sentidos. Los griegos buscaban a Cristo sin saberlo, como muchas personas aún lo hacen; pero también lo hacían los que pertenecían al pacto de Dios. Inspirado por el Espíritu, Juan tuvo cuidado de incluir estas palabras de Jesús: «Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).
Académicos de diversas tradiciones han debatido durante mucho tiempo la mejor manera de interpretar las Escrituras, pero en esta afirmación, Jesús nos da una clave fundamental: si no vemos a Cristo en las palabras de la Biblia, la estamos leyendo mal. Si Jesús no es la fuente y el centro de todo, nos equivocamos. Si intentamos entender nuestras doctrinas fundamentales aparte de la persona y el carácter de Cristo, nos equivocaremos. Si nosotros –al igual que los herejes de antaño– intentamos degradar a Cristo, jamás comprenderemos el mensaje esencial de la Biblia.
El sábado, al fin y al cabo, no es simplemente una regla; sino una invitación a descansar en la presencia de Cristo. La doctrina del bautismo es una invitación a crucificar el antiguo yo y comenzar una nueva vida, entregándonos a aquel que creó el universo y continúa manteniéndolo unido. Los principios de una vida sana no se dieron solo para prolongar nuestra expectativa de vida. La Biblia es el manual operativo del cuerpo humano, producido por el fabricante divino, y nos revela una forma de acercarse al diseño original de Dios.
Al escribir a la iglesia en Colosas –que no estaba muy lejos de la casa de Juan en Éfeso– Pablo explicó la esencia de la buena doctrina. Al referirse al misterio que se reveló a la iglesia en el evangelio, escribió: «A ellos, Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, esperanza de gloria. Nosotros anunciamos a Cristo, amonestando a todo hombre y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre» (Col. 1:27, 28).
El sentido de nuestras creencias
Todo esto nos enseña algo importante sobre nuestra misión en este mundo justo antes de la llegada del reino. Nuestro movimiento profético no nació de deliberaciones de comisiones, si bien por cierto hubo personas que se reunieron para debatir las enseñanzas de la Biblia. Más bien, nacieron del propio Cristo, del cual depende nuestra existencia. Preste mucha atención a la manera en que las Escrituras describen nuestra obra y el contexto en el cual se hace realidad: «Después miré, y vi que el Cordero estaba de pie sobre el monte de Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que tenían el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente» (Apoc. 14:1). Sin el Cordero, la Iglesia Adventista no existiría. Sin el Cordero, no hay mensaje, porque el Cordero es el centro del mensaje. Predicar nuestras doctrinas aparte de la persona de Jesús es equivocarnos por completo.
Quizá la pregunta más importante que podemos hacernos al estudiar nuestras creencias fundamentales es: «¿Qué me enseña esto sobre quién y cómo es Jesús?» Y entonces, cuando nos propongamos compartir esas creencias con otra persona, esa comprensión centrada en Cristo tiene que ser el centro mismo de lo que le decimos a esa persona. Si el sábado no es más que una regla arbitraria, queda vacío de significado. Pero si el sábado es una señal de un pacto con el Creador –una forma de acercarnos a quien nos creó y transformarnos a su imagen– si se trata del Señor del sábado y de su amor por nosotros, entonces es entendible que ese día esté lleno del poder del Espíritu.
El sábado no trata tanto de un período de veinticuatro horas, como de una persona. Si la forma en que se lo enseñamos a otros no refleja eso, de nuevo, nos equivocamos. Es totalmente posible observar mecánica y ritualmente el sábado durante toda la vida y nunca conocer realmente al Dios que está detrás de él. Sin Cristo, solo es un día libre. Pero con Cristo, es un día que llena el alma, recordándonos de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos. Es un recordatorio potente de que Jesús es el sentido de toda existencia.
¿Realmente Juan huyó de la casa de baños porque Cerinto estaba allí? Quizás, aunque puede ser tan solo una historia. Hay algo, sin embargo, que podemos afirmar: el Espíritu se aseguró de que el Evangelio de Juan estableciera a Cristo como el centro de todo de una manera inconfundible. Es algo que deja sin discusión a quienes puedan sentirse tentados a pensar lo contrario.
Ireneo de Lyon, Against Heresies (Roma: Aeterna Press, 2016), vol. 3, p. 182.
Shawn Boonstra, editor asociado de la Adventist Review.
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Publicado en la Adventist Review de Septiembre 2026



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