HERIDAS OCULTAS

Cómo el trauma sexual moldea la intimidad y la fe

Sarah se sentó sola en su automóvil frente a la iglesia, mucho después de que terminara el culto de los miércoles. Las luces dentro del templo ya estaban apagadas y los últimos miembros se habían marchado. Había quedado allí porque sabía que necesitaba hablar con alguien; simplemente no sabía por dónde empezar.

Cuando el pastor Jordan y su esposa finalmente salieron y cerraron las puertas con llave, Sarah salió de su coche y los llamó. Su voz era apenas audible.
—¿Puedo preguntarles algo… difícil?
—Por supuesto –le respondieron.

Vaciló, retorciéndose las manos como si intentara exprimir las palabras. «Mi marido es muy paciente y cariñoso. Lo quiero mucho, pero cada vez que intentamos acercarnos, algo dentro de mí se congela. Me siento culpable. Me da miedo. Siento que estoy quebrantada, y no sé cómo decirle que lo que me pasó hace años, lo que he intentado olvidar con tanto esfuerzo, sigue vivo dentro de mí. ¿Cómo hago para que deje de afectar a nuestro matrimonio?»

Historias como la de Sarah resuenan en los consultorios psicológicos, en las oficinas de los pastores y en conversaciones casi en forma de susurro. Los que fueron víctimas de abusos sexuales, tanto mujeres como hombres, a menudo cargan con temores no expresados: ¿Arruinará esto mi matrimonio? ¿Me pasa algo anormal? ¿Estoy fallándole a mi cónyuge? ¿Soy capaz de recibir amor?

Al mismo tiempo, los cónyuges de estas personas suelen preguntarse preocupados: ¿Cómo puedo ayudar? ¿Cómo puedo darle seguridad? ¿Cómo podemos avanzar juntos?

El trauma sexual llega a los rincones más recónditos de la vida humana, afectando la intimidad, la confianza, la vulnerabilidad y la identidad. Desde una perspectiva bíblica, representa una profunda violación del diseño de Dios para el amor, el respeto y la confianza convencional.

Este artículo no ofrece una guía completa para la recuperación, dado que la recuperación requiere tiempo, apoyo capacitado y una comunidad compasiva. No obstante, intentaré explorar dos de las luchas internas más comunes a las que se enfrentan los que han vivido esta mala experiencia. Comprender esos patrones puede ayudar a que tanto seres queridos como las iglesias respondan con mayor empatía, amabilidad y sabiduría compasiva.

La sexualidad tal y como Dios la diseñó

Antes de explorar los efectos del trauma, necesitamos recordar el plan de Dios para la sexualidad. Las Escrituras presentan vez tras vez la sexualidad humana como un don bueno y sagrado de Dios. En Génesis, Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y bendice su unión, llamándolos a vivir en asociación e intimidad (Gén. 1:27, 28). Sus cuerpos, su unidad y su vínculo formaron parte del hermoso diseño de Dios. Las Escrituras presentan la sexualidad como un regalo entretejido en la creación misma. El Cantar de los Cantares pinta más tarde un retrato poético del amor conyugal: tierno, apasionado y mutuo, que celebra no solo la cercanía física sino también el afecto, el deseo, la alegría y el deleite compartido. Esos pasajes nos recuerdan que el sexo no es vergonzoso ni sucio; es sagrado, con propósito y destinado a ser disfrutado dentro del matrimonio. Está destinado a ser atesorado y honrado; no manipulado, coaccionado o usado para dañar o para fines egoístas.

A pesar de ello, cuando el trauma sexual entra en la historia de una persona, distorsiona lo que Dios pretendía que fuera bello. Distorsiona el significado del tacto, remodela las reacciones del cuerpo y entrelaza la sexualidad con temor, confusión, inseguridad y autodesprecio.

El trauma crea muchos patrones de pensamiento y sentimiento. Los sobrevivientes suelen describir luchas internas que no provienen de la verdad, sino de la naturaleza confusa, coercitiva y manipuladora del abuso. Dos de las más comunes son:

1.Un falso sentido de complicidad

Uno de los efectos más crueles del trauma sexual es la creencia de que el abusado de alguna manera participó o permitió el abuso. Ese sentimiento de complicidad es casi universal entre hombres y mujeres, aunque adopta muchas formas diferentes.
Las víctimas pueden creer que:
«Si no hubiera confiado en él, no me habría pasado».
«Debería haber luchado más».
«Quizá di un mensaje equivocado».
«Mi cuerpo respondió, así que quizá eso signifique que una parte de mí lo quería».
«No dije que “no” lo suficientemente audible».
«No huí, así que quizá lo permití».
Esos pensamientos son dolorosos, confusos y profundamente injustos, pero a menudo persiguen a las personas mucho después de que el trauma haya pasado.

¿Por qué los abusados se sienten cómplices? Hay varias razones:
Una falsa percepción de elección. Los abusadores a menudo crean entornos en los que las víctimas sienten que «aceptaron» algo, aunque el consentimiento verdadero fuera imposible. Los niños no pueden consentir. Los adultos que son manipulados, coaccionados, amenazados o emocionalmente dominados y condicionados tampoco pueden dar su consentimiento real. Lo que interpretaron como elección eran apenas formas de sobrevivencia.
El deseo de ser cuidado y amado. Los agresores suelen acceder a la confianza de la víctima ofreciéndole atención, afecto y seguridad. Más adelante, las víctimas pueden creer erróneamente que su anhelo natural de conexión los convierte en responsables. Los abusadores suelen manipular a las víctimas, especialmente a niños o adultos vulnerables, ofreciéndoles regalos o conexión emocional. Los abusados a veces interpretan el deseo humano natural y normal de amor, conexión y pertenencia como una especie de permiso. Pero anhelar el cuidado de otro no es pecado; es una necesidad dada por Dios. El abusador manipuló esa necesidad para sus propios fines egoístas.

La interrupción de la resistencia. Cuando el miedo, la confusión o la impotencia silencian la capacidad de autodefenderse, puede ser interpretado erróneamente como cooperación. Muchos finalmente dejan de luchar, gritar o intentar escapar, no porque estén de acuerdo, sino porque sus cuerpos se apagan como un mecanismo psicológico para sobrevivir. La ausencia de resistencia no es la presencia de consentimiento.

Las respuestas involuntarias del cuerpo. La excitación fisiológica puede ocurrir incluso durante un contacto no deseado y no consentido, lo que lleva a las víctimas a creer que sus cuerpos los traicionaron. Eso hace que se sientan confundidos, como si sus cuerpos hubieran respondido «mal», o que la reacción significara que deseaban lo que ocurrió. En realidad, solo fue un reflejo, una respuesta fisiológica; no un deseo ni consentimiento. Es muy importante entender esto. Normalmente comparto esta ilustración con mis pacientes: «Si accidentalmente te golpeo el dedo del pie con un martillo, ¿tienes opción a elegir si te va a doler, o se trata de una respuesta automática?» Los reflejos del cuerpo no son un voto de aprobación. El cuerpo simplemente hace aquello para lo que fue diseñado: responde a estímulos; no sigue lo que desea el corazón.

Comprender esos patrones ayuda a que las víctimas vean la verdad: yo no tuve la culpa. Mis respuestas fueron humanas. Mi mente y mi cuerpo intentaron protegerme. Eso es fundamental para la sanación. Nada en su reacción significa que participaron del abuso. Lo que puede parecer cooperación, era el cuerpo y la mente esforzándose instintivamente por sobrevivir. Estamos diseñados para sobrevivir.

2.El peso aplastante de la vergüenza y la culpa

La vergüenza y la culpa suelen acompañar al trauma sexual como una sombra pesada. Mientras la culpa dice que hice algo mal, la vergüenza dice que soy el que está mal.
Esa fuerza que moldea la identidad puede ser devastadora.
Las víctimas pueden creer:

  • «Estoy sucio».
  • «Soy mercancía dañada».
  • «No soy digno de amor».
  • «Dios tiene que estar decepcionado conmigo».
  • «Mi cónyuge merece a alguien mejor».
  • «No soy digno de intimidad».
    Esas creencias pueden fortalecerse o debilitarse por el entorno espiritual que rodea a la persona y la vergüenza a menudo se instala en las partes más profundas de la identidad del individuo y puede verse reforzada por mensajes culturales, malentendidos religiosos o interacciones dolorosas con otros.

Las dificultades más comunes incluyen:
Interiorización de la culpa. Las víctimas se preguntan si pecaron, fracasaron, o de alguna manera motivaron lo que ocurrió. A menudo repasan lo sucedido buscando formas en que «podrían» haberlo evitado. La mente intenta entender lo absurdo, a veces asumiendo la responsabilidad.
El juicio de los demás. Incluso las reacciones sutiles de una comunidad de fe pueden hacer que una persona se sienta manchada o indigna.
La confusión espiritual. Los sobrevivientes pueden preguntarse: ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué no lo detuvo? ¿Él sigue aceptándome? Pueden llegar a sentir que Dios los abandonó o que el abuso está de algún modo relacionado con un castigo divino o una prueba. Estos malentendidos teológicos profundizan la culpa y el aislamiento espiritual y a su vez ese sufrimiento espiritual puede intensificar la vergüenza y la culpa.

Las Escrituras se expresan claramente: El sobreviviente no tiene la culpa (Deut. 22:25-27). El trauma fue una violación del diseño de Dios y refleja el quebrantamiento de un mundo caído; no la indignidad de la persona dañada.
Las Escrituras afirman:

  • El trauma es resultado del pecado humano; no un castigo divino (Sant. 1:13, 14).
  • Dios se identifica con los oprimidos y los de corazón quebrantado (Sal. 34:18).
  • Jesús se conectó de manera continua con los heridos y maltratados (Juan 8:1-11).
    Donde la vergüenza dice: «No soy digno», Dios dice: «Eres mi amado».

Caminos hacia la sanación

Aunque el camino de cada víctima es único, la sanación de un trauma sexual no es lineal, ni fácil y no se produce rápidamente. Tampoco puede compararse con las historias de otros. La buena noticia es que es posible.
Estos pasos pueden apoyar la sanación:
Busque ayuda profesional. El trauma requiere un conocimiento especializado. Los terapeutas calificados pueden ayudar a que las personas procesen su historia de forma segura.
Rechace minimizar su experiencia. Nombrar el daño con sinceridad es esencial. Cuando los abusados minimizan lo ocurrido, se refuerza la herida. Reconocer la verdad, por dolorosa que sea, es un paso hacia la libertad. Minimizar el abuso no disminuye su impacto; refuerza su poder en las sombras. Decir la verdad es un acto de valentía, un paso vital para recuperar la propia voz, dignidad y sentido de uno mismo.

Manténgase comprometido con el proceso. Sanar requiere tiempo y valor. Hay retrocesos, pero también progresos. La recuperación no es lineal. Requiere de valor, paciencia y perseverancia.

Encuentre una comunidad de fe compasiva. No todas las iglesias son seguras, pero las comunidades espirituales saludables pueden ofrecer espacio para el duelo, la honestidad y el consuelo. El duelo forma parte del proceso de sanación, y las Escrituras afirman que el duelo en comunidad es un espacio sagrado.

Aférrese a la esperanza. Esperanza no es negación; es la creencia de que el quebrantamiento no tiene la última palabra. Mientras las víctimas avanzan en su proceso de sanación, la esperanza entra en sus corazones.
El trauma es poderoso, pero la restauración es posible. Sanar no borra el pasado, pero transforma el futuro.
Recuerde: si ha sido herido en una relación, hará falta otra relación para sanar y restaurar la conexión con usted y los demás. No podemos sanar solos. Dios y los demás seres humanos tienen que formar parte de esa travesía de sanación.

Esperanza de redención

Isaías 61:1-3 ofrece una imagen profunda para los que fueron abusados: Dios da «una corona en lugar de cenizas». Las cenizas representan lo que fue destruido: confianza, inocencia y seguridad. Pero Dios habla de reconstruir, restaurar y plantar vidas que se conviertan en «robles de justicia» arraigados en su gloria.

Las cenizas representan destrucción, duelo y pérdida. Pero Dios no se limita a barrer las cenizas; las transforma. Planta vidas que crecen fuertes como grandes robles. Sustituye la desesperación por alabanzas y el duelo por alegría.

Este mensaje no es un cliché; es una promesa:
Dios no ignora su dolor. No lo culpa por el trauma. Camina a su lado por el camino de la restauración.
Para quienes sanan de traumas sexuales, esta no es una promesa de restauración instantánea, sino de la presencia inquebrantable de Dios a lo largo del camino. Él ve, se interesa, camina con los heridos, y trae redención incluso de las experiencias de pérdidas más profundas. Eso no borra el pasado, sino que afirma que Dios puede tomar las heridas más profundas y crear algo nuevo: ¡fuerza, resiliencia, compasión e identidad renovada! ¡Aleluya!

La ayuda profesional, el apoyo comunitario y el cuidado espiritual pueden formar parte del camino hacia la plenitud, porque la sanación no solo es posible, sino que forma parte de la promesa de Dios para usted.
Sanar un trauma sexual es una tarea compleja y delicada. Las víctimas necesitan buscar profesionales capacitados siempre que sea posible.

_____________________________________

Jasmin Stankovic es esposa de pastor y tiene tres hijos y dos nietos. Como consejera clínica, está cursando actualmente otro posgrado en salud mental y neurociencias.

Artículos relacionados

JESÚS, EL MODELO

JESÚS, EL MODELO

... para los hombres En una cultura confusa sobre la masculinidad –en la que la hombría es catalogada como dominación o se descarta como innecesaria– las Escrituras ofrecen una mejor manera. Jesús no es solo nuestro Salvador; es nuestro modelo. La Biblia no presenta...

EL LIBRO DE LA NATURALEZA Y EL LIBRO DE LA REVELACIÓN

EL LIBRO DE LA NATURALEZA Y EL LIBRO DE LA REVELACIÓN

Los dos hablan de manera armónica Puesto que el libro de la naturaleza y el de la revelación llevan el sello de una Mente maestra, no pueden sino hablar en armonía. Con diferentes métodos y lenguajes, dan testimonio de las mismas grandes verdades. La ciencia descubre...

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *