Deja brillar tu luz… aun cuando resulte difícil
Hola, Rachel, este viernes por la noche habrá una fiesta en mi casa –me dijo mi amiga Sarah mientras nos cruzábamos en el pasillo del colegio–. ¡Espero que puedas venir! Jugaremos y quizá veremos una película.
-Genial –le contesté, devolviéndole una sonrisa forzada–. Tendré que ver si puedo ir porque creo que tengo otro compromiso.
Abriéndome paso entre un grupo de estudiantes, me reproché mentalmente por mi respuesta. Prácticamente le mentiste. No tienes que mirar tu calendario. ¡Sabes ahora mismo que no irás a su fiesta porque el viernes de noche ya es sábado!
Por otro lado, ya había decidido antes que ir a fiestas con mis amigos del colegio público en sábado, no me ayudaría a acercarme a Dios. Pero Sarah no lo sabía. Tampoco mis otros amigos. Les había dicho que iba a la iglesia el sábado, pero nunca les había explicado que ese día significaba mucho más que pasar unas horas en la iglesia.
Cada vez que mis amigos me invitaban a un evento social en sábado, les presentaba una débil excusa. «Tengo un compromiso
con mi familia» era la más común. Eso era mayormente cierto, ya que pasábamos mucho tiempo juntos en sábado; en realidad ya a partir del viernes de noche.
Cada vez que mis amigos me invitaban a un evento social en sábado, les presentaba una débil excusa.
Inventar excusas era difícil, pero parecía más fácil que darles un estudio bíblico. Ya es bastante obvio que soy diferente, me decía a mí misma. No digo palabrotas; no ando con ropas provocativas; llevo comidas vegetarianas para el almuerzo en el colegio. De todos modos, mis amigos nunca entenderían mis creencias. Algunos ni siquiera son cristianos.
Mientras me acomodaba en mi asiento antes que comenzara la clase de inglés, reflexioné sobre mi dilema. Esto es ridículo, me dije mentalmente. Llevo tres años en este colegio y aún no les he contado algo tan importante a mis amigos. ¿Qué clase de testigo soy?
Esa noche seguía pensando en Sarah y su fiesta, y decidí: Es hora de dejar de poner excusas. Voy a contarle la verdadera razón por la que no voy. Pero estaba segura de que nunca tendría el valor de hacerlo en persona, así que decidí escribir una carta explicando por qué y cómo celebraba el sábado.
Encorvada sobre el escritorio de mi habitación, quedé hasta tarde, dedicada a escribirle. Tenía que ser una carta perfecta. Le expliqué que, según la Biblia, el sábado es un día entero reservado para Dios, y que comienza a la puesta de sol del viernes y termina a la puesta de sol del sábado.
Por favor, Dios, ayúdame a que esto que estoy escribiendo tenga sentido, fue mi oración.
Doblando el papel, decoré el exterior con frases y dibujos graciosos, como Sarah y yo solíamos hacer cuando nos escribíamos notas.
Cuando por fin me fui a la cama, di vueltas y vueltas, preguntándome cómo reaccionaría ella. Me preocupaba que pensara que yo era irremediablemente rara.
Al día siguiente en el colegio esperé hasta el final del día para encontrar a mi amiga. Así no tendría que enfrentarme a ella de inmediato después de que leyera mi carta que yo pensaba, sería como una bomba.
«Aquí tienes una nota», le dije, forzando una sonrisa casual para ocultar mi ansiedad. Luego me apresuré a dirigirme a salir del edificio, para subir a mi autobús.
Sarah y yo no teníamos clases juntas, así que en los días siguientes apenas la vi. Mi inquietud crecía cada vez que nos cruzábamos en el pasillo. No había dicho nada sobre la carta. ¿Qué pensaba? Por fin nos encontramos después del colegio y me entregó una nota mientras yo corría, una vez más, hacia el autobús. Allí desdoblé el papel, mientras el corazón me latía con fuerza.
«No hay problema que no puedas venir a mi fiesta –decía la nota–. En realidad, te respeto por mantenerte fiel a tus principios. Me encantaría algún día saber más sobre tus creencias».
Respiré hondo mientras sentí alivio. Gracias a Dios que todavía quiere ser mi amiga, dije a manera de oración silenciosa. Tal vez no debería haberme preocupado tanto.
Unas semanas después, nos encontramos antes del colegio.
—Voy a hacer una fiesta este fin de semana –me dijo–. La planeé para el sábado de noche en vez del viernes para que no tengas problemas con el sábado. Entonces puedes venir, ¿no?
—¡Por supuesto! –le contesté, devolviéndole una sonrisa amplia y auténtica–. ¡Allí estaré!
Sarah me devolvió la sonrisa. «¡Genial! De verdad quería que vinieras. Nos vemos, entonces».
Mientras me apresuraba a ir a mi clase, sentí una calidez interior al saber que Sarah había hecho planes especiales solo para incluirme a mí y así permitirme ser fiel a Dios. De hecho, solo se me ocurrió algo negativo de toda esa situación: ¡debería haber dejado brillar mi luz mucho antes!
PREGUNTA DE REFLEXIÓN:
Recuerdas alguna vez que te sentiste nervioso o temeroso de compartir tus creencias. ¿Cuál fue el resultado? ¿Te sientes ahora más seguro que antes, al testificar? ¿Cómo puedes ser más valiente o tener mayor deseos de compartir tu fe?
_______________
Rachel Cabose es una escritora y editora independiente que vive en Míchigan, Estados Unidos.
Artículo publicado en la Adventist Review de abril 2026



0 comentarios