Un momento bisagra y una vida transformada
Hay miradas que nos marcan. Todos recordamos alguna. Están las que nos conquistaron, las que nos inspiraron y también están las que nos llenaron de miedo. Y, mis favoritas, las que nos hacen reír y logran que las tensiones se disipen.
Pero también hay miradas que nos transforman. Son las que nos ayudan a sabernos valorados, entendidos y tenidos en cuenta. Son miradas que amplían nuestro horizonte hasta lugares que creíamos imposibles de alcanzar. Son también las miradas del perdón.
¿Le preguntamos al apóstol Pedro? Nadie mejor que él para dar un testimonio de lo que hizo una mirada en su vida. La cortó en un antes y un después. Definió su vida de tal manera que nada ni nadie pudo detenerlo en su servicio a su amado Señor.
Jesús le había dicho: «Te digo, Pedro, que el gallo no cantará hoy hasta que tú hayas negado tres veces que me conoces» (Luc. 22:34, LBLA). Y llegó ese momento. Fue en el patio del sumo sacerdote donde terminó la primera parte de la vida de Pedro. Lo hizo con el mayor desacierto de su vida hasta entonces. Negó al que más amaba y de quien estaba convencido de que era el Hijo de Dios. «Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro» (Luc. 22:61, LBLA).
Elena de White describe la escena: «Mientras los juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y el agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió de sus ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo. Al mismo tiempo, los ojos de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro. En aquel amable semblante, leyó profunda compasión y pesar, pero no había ira. Al ver ese rostro pálido y doliente, esos labios temblorosos, esa mirada de compasión y perdón, su corazón fue atravesado como por una flecha. Su conciencia se despertó» (El Deseado de todas las gentes, p. 659).
Todos somos Pedro. Todos tenemos nuestros grandes desaciertos, aun cuando —como Pedro— somos parte del círculo íntimo del Maestro; léase: ser miembros de iglesia activos y comprometidos con la misión. Ya le hemos entregado nuestra vida a Jesús y aquí estamos, creciendo para asemejarnos cada vez más a nuestro Maestro. Pero nuestras debilidades y nuestros defectos siempre se invitan a la escena en esos momentos cuando menos lo esperamos.
Pero Jesús no está aquí en persona para mirarnos y ayudarnos a ver nuestra realidad y nuestra profunda necesidad de él. ¿Cómo nos mira Jesús hoy?
Jesús nos mira a través de la presencia de su Espíritu. «Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tito 3:5).
Jesús nos mira a través de su Palabra. «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim. 3:16, LBLA).
Y Jesús nos mira a través de las miradas de nuestros hermanos en la fe. El apóstol Pablo le pidió a Tito que fuera un buen maestro en sus iglesias y le dio una serie de consejos detallados sobre lo que necesitaban sus miembros. Al final, le dijo: «Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te menosprecie» (Tito 2:15, LBLA).
A través de su Espíritu, de su Palabra y de la acción sabia, discreta y llena de gracia de sus hijos fieles, Jesús sigue mirándonos y transformándonos.
Mi oración es que tengamos todos la misma actitud que Pedro y nos dejemos transformar.
Si aceptamos lo que Jesús nos propone cuando nos mira, nuestras debilidades o nuestros desaciertos pueden ser el comienzo de la mejor parte de nuestra vida.



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