Los dos hablan de manera armónica
Puesto que el libro de la naturaleza y el de la revelación llevan el sello de una Mente maestra, no pueden sino hablar en armonía. Con diferentes métodos y lenguajes, dan testimonio de las mismas grandes verdades. La ciencia descubre siempre nuevas maravillas, pero en su investigación no obtiene nada que correctamente comprendido, discrepe de la revelación divina. El libro de la naturaleza y la Palabra escrita se alumbran mutuamente. Nos familiarizan con Dios al enseñarnos algo de las leyes por medio de las cuales él trabaja.
Sin embargo, algunas deducciones erróneas de fenómenos observados en la naturaleza han hecho suponer que existe un conflicto entre la ciencia y la revelación y, en los esfuerzos realizados para restaurar la armonía entre ambas, se han adoptado interpretaciones de las Escrituras que minan y destruyen la fuerza de la Palabra de Dios. Se ha creído que la geología contradice la interpretación literal del relato mosaico de la creación. Se pretende que se requirieron millones de años para que la tierra evolucionara a partir del caos, y a fin de acomodar la Biblia a esta supuesta revelación de la ciencia, se supone que los días de la creación han sido largos e indefinidos períodos que abarcan miles y hasta millones de años.
Semejante conclusión es completamente innecesaria. El relato bíblico está en armonía consigo mismo y con la enseñanza de la naturaleza. Del primer día empleado en la obra de la creación se dice: «Y fue la tarde y la mañana del primer día» (Gén. 1:5). Lo mismo se dice en cada uno de los seis días de la semana de la creación. La Inspiración declara que cada uno de esos períodos ha sido un día compuesto de mañana y tarde, como cualquier otro día transcurrido desde entonces. En cuanto a la obra de la creación, el testimonio divino es como sigue: «Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Sal. 33:9). ¿Cuánto tiempo necesitaría para sacar la tierra del caos aquel que podía llamar de ese modo a la existencia a los mundos innumerables? Para dar razón de sus obras, ¿hemos de violentar su Palabra?
Cuando se consideran las oportunidades que tiene el hombre para investigar, cuando se considera cuán breve es su vida, cuán limitada su esfera de acción, cuán restringida su visión, cuán frecuentes y grandes son los errores de sus conclusiones, especialmente en lo que se refiere a los sucesos que se supone precedieron a la historia bíblica, cuán a menudo se revisan o desechan las supuestas deducciones de la ciencia, con qué prontitud se añaden o quitan millones de años al supuesto período del desarrollo de la tierra y cómo se contradicen las teorías presentadas por diferentes hombres de ciencia; cuando se considera esto, ¿consentiremos nosotros, por el privilegio de rastrear nuestra ascendencia a través de gérmenes, moluscos y monos, en desechar esa declaración de la Santa Escritura, tan grandiosa en su sencillez: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó»? (Gén. 1:27) ¿Desecharemos el informe genealógico más magnífico que cualquiera que haya sido atesorado en las cortes de los reyes: «hijo de Adán, hijo de Dios»? (Luc. 3:38)
Debidamente comprendidas, tanto las revelaciones de la ciencia como las experiencias de la vida están en armonía con el testimonio de la Escritura en cuanto a la obra constante de Dios en la naturaleza […].
La grandeza de Dios nos es incomprensible […].
El que estudie profundamente los misterios de la naturaleza, comprenderá plenamente su propia ignorancia y su debilidad. Comprenderá que hay profundidades y alturas que no puede alcanzar, secretos que no puede penetrar, vastos campos de verdad que están delante de él sin explorar. Estará dispuesto a decir con Newton: «Me parece que yo mismo he sido como un niño que busca guijarros y conchas a la orilla del mar, mientras el gran océano de la verdad se hallaba inexplorado delante de mí» […].
Únicamente bajo la dirección del Omnisciente podremos llegar a pensar lo mismo que él cuando estudiemos sus obras.
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Los adventistas del séptimo día creemos que Elena White (1827-1915) ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio. Este fragmento ha sido extraído del libro La educación, pp. 115-120.



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