¡Cuidado con las estrategias del gran ladrón!
Cuando pensamos en la Copa del Mundo, nuestra memoria emotiva nos lleva a pensar en esas dos figuras doradas y estilizadas que se alzan victoriosas sosteniendo al planeta Tierra. Y es lógico. El trofeo que se otorga al actual ganador de un Mundial fue diseñado por el escultor italiano Silvio Gazzaniga. Mide 36,8 cm de altura y pesa 6,175 kg. Está elaborado principalmente con oro macizo de 18 quilates y cuenta con una base formada por dos anillos de malaquita verde semipreciosa.
Se entregó por primera vez al campeón del Mundial de Alemania 1974 (que, curiosamente, fue la selección alemana). Desde entonces, el trofeo pasa cada cuatro años a las vitrinas de la asociación de fútbol del país ganador.
Desde el Mundial de 1930 hasta el de 1950 se entregaba otro trofeo. Se llamaba la Copa Jules Rimet (un abogado, árbitro de fútbol y dirigente deportivo francés que ejerció como tercer presidente de la FIFA desde 1921 hasta 1954). Sin embargo, esta copa tenía una particularidad: no solo se la otorgaba en forma temporal al campeón de cada edición, sino que (por un reglamento) la copa quedaba para siempre como perteneciente a la selección que la ganara tres veces. Al coronarse campeón mundial por tercera vez en 1970, Brasil se adjudicó la copa como suya.
No obstante, pasarían cosas…
En 1966 el trofeo fue sustraído de una exhibición pública meses antes del Mundial de Inglaterra. El mundo futbolístico entró en crisis hasta que un perro llamado Pickles lo encontró envuelto en un periódico debajo de unos arbustos. La copa fue robada y encontrada.
En 1983 no correría esa suerte…
Cuando ya descansaba de su periplo internacional en Brasil, la copa fue sustraída de la vitrina blindada de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol, en Río de Janeiro. Los cristales que la resguardaban eran a prueba de balas, pero la estructura estaba precariamente adherida a la pared con cinta y madera.
El 19 de diciembre de ese año, cuatro ladrones de guante blanco se llevaron el trofeo, del que se desconoce su destino. Entre ellos, se encontraba el joyero argentino Juan Carlos Hernández, a quien muchos acusan de haber fundido la Copa para hacer lingotes de oro y venderlos en el mercado ilegal. Él, al igual que el resto de la banda, fue condenado y estuvo nueve años en prisión.
De manera insólita, la base original de esa copa (hecha de lapislázuli) había sido guardada para su restauración en un sótano de la sede de la FIFA en Zúrich. Fue encontrada en 2015. Es lo único que existe de la Jules Rimet original. Hoy está exhibida en el Museo de la FIFA.
¡Qué triste es ganar un trofeo para que, años más tarde, sea robado y desaparezca!
¡Qué decepción es alcanzar la gloria y quedarse con las manos vacías!
Existe un astuto ladrón de almas que procura hacer lo mismo en nuestras vidas. Él es el padre de toda mentira y el príncipe de este mundo. Es la serpiente antigua y el gran dragón. Es el mismo diablo o Satanás. Él tiene muy en claro los objetivos: «El propósito del ladrón es robar y matar y destruir» (Juan 10:10, NTV).
Él quiere robar tu tiempo. Para ello utiliza diversas distracciones que te desenfocan de Dios y su Palabra. Satanás no necesita verte destruido. Le alcanza con mantenerte entretenido. Si él no puede eliminar tu fe, intentará adormecer tu fe. Así, te presenta el pecado disfrazado de un buen show, lindas luces, risas y predicaciones puramente emocionales y humanas. Hay memes. Hay tendencias. Hay espectáculo. Todo parece muy divertido, pero mata igual.
Él quiere robar tu mente. Para ello le basta mantenerte ocupado ociosamente en las redes sociales y en las plataformas de streaming. Tiene, además, un arma secreta letal (también relacionada con Internet): el consumo de pornografía. Enviciar nuestro cerebro es uno de los grandes objetivos del enemigo destructor.
Él quiere robar tus talentos. Por eso usa dos herramientas fundamentales. Una es el orgullo espiritual cuyo lema es «Sé hacer todo y no necesito ayuda de nadie». La autosuficiencia es uno de los engaños primarios del gran ladrón. La otra herramienta es el desánimo y la falta de valoración. El leitmotiv que la sostiene es «No sirvo para nada y no vale la pena intentarlo». Así, ni siquiera aspiramos a intentar usar los dones que Dios nos ha dado para nuestro desarrollo y la ayuda a los demás.
Él quiere robar tu compromiso con la misión. Por eso, te hace pensar que otros deben ocuparse de la tarea de predicar y de dar a conocer el mensaje de salvación que emana de la Biblia. Este nuevo robo ocurre en sintonía con los anteriores. Si nuestro tiempo está hipotecado y nuestra mente embargada, la situación decanta en desmedro de nuestro compromiso con la tarea que debemos realizar.
En contraste con quien otrora fue Lucifer, el plan de Dios para tu vida es otro. En el mismo versículo 10 de Juan capítulo 10 dice: «Mi propósito es darles una vida plena y abundante». ¿Por qué él puede darnos esto? Lo menciona el versículo anterior: «Yo soy la puerta; los que entren a través de mí serán salvos. Entrarán y saldrán libremente y encontrarán buenos pastos» (Juan 10:9, NTV).
En un mundo de farsantes, Jesús es la puerta para la paz verdadera y la felicidad auténtica.
No te conformes con el oro de sueños derretidos que te oferta el ladrón.
No te resignes a los pedacitos de fugaz gozo que te ofrece este mundo.
Dios no te creó para que las sobras de una copa robada sean el trofeo de tu victoria.
No sé qué selección ganará este Mundial. Sí sé que la promesa de Jesús es segura: «Así que ahora ustedes tienen tristeza, pero volveré a verlos; entonces se alegrarán, y nadie podrá robarles esa alegría» (Juan 16:22, NTV).

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros "¡Qué enREDo", "La fuerza de la palabra", “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente, es editor de libros y director de la Revista Adventista y de la revista Ministerio, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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