EN LAS FRONTERAS DE CANAÁN

21/09/2026

Tenemos una misión global

«Después de esto miré, y vi una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas. Estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en sus manos. Clamaban a gran voz, diciendo: “¡La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero!”» (Apoc. 7:9, 10).

Los datos estaban ingresados; el estudio había terminado. Diez de doce expertos coincidieron: tomar posesión de la Tierra Prometida era imposible. Sus argumentos tenían sentido: los habitantes de Canaán eran más fuertes y mejor equipados; Israel no tenía chances. Solo había un problema con estos datos: estaban dudando de la promesa de Dios.

«Levántate–le dijo Dios a Abraham– y recorre la tierra a lo largo y a lo ancho, porque a ti te la daré» (Gén. 13:17).

¿Ha notado usted que Dios rara vez pide a su pueblo que haga lo que parece posible? ¿Salir de Egipto? El faraón nunca lo permitiría. ¿Ir por la ruta que termina en el Mar Rojo? ¿Cómo se esperaba que lo cruzaran? ¿Tomar posesión de Canaán? ¿Cómo?

Pero fíjese que cuando entraron en la Tierra Prometida cuarenta años después, siguiendo al Arca de la alianza, el Jordán se abrió mientras los sacerdotes ingresaban al agua. Cuando cayeron los muros de Jericó, siguieron detrás del Arca, símbolo de la autoridad de Dios en el Santuario celestial.

Pero ahora dudaban de la promesa de Dios porque no les parecía razonable. Solo dos de los doce eligieron creer que, si Dios lo pedía, sucedería. Y cuando el pueblo decidió confiar en los escépticos y no en el plan divino, acabaron atrapados en el desierto durante cuarenta años.

Al ser rechazados de Canaán, Dios reveló lo que él había querido: era mucho más que una simple misión de reconocimiento más allá de la frontera; no se trataba de la conquista de unas pocas aldeas. «Tan ciertamente como vivo –Dios le dijo a Moisés– […] mi gloria llena toda la tierra» (Núm. 14:21).

Es el mismo objetivo final que encontramos en el libro del Apocalipsis, donde Dios promete iluminar el mundo con la gloria de Cristo (Apoc. 18:1). La falta de fe de nuestra parte no frustrará los planes últimos de Dios de recuperar el planeta y establecer el reino de Cristo. Podemos retrasarlos por falta de fe, pero no los detendremos. El mundo –todo el mundo– se iluminará. Dios no dijo: «Este lugar estará lleno de la gloria del Señor». Por el contrario, reclamó todo el planeta.

Siempre ha sido global

Ya sea que hablemos de la iglesia del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento, el objetivo de Dios siempre ha sido el mismo: alcanzar a todo el mundo. Escuche con atención sus palabras por medio del profeta Isaías: «También te he dado por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo último de la tierra» (Isa. 49:6). «Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová y sobre ti será vista su gloria. Andarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu amanecer» (Isa. 60:2, 3).

Bajo las reglas del gran conflicto –basadas en el carácter de Dios–, él ha permitido a la humanidad un notable grado de libertad. Somos libres de alejarnos de él y vivir como queramos (vea Hech. 14:16). La mera existencia de las naciones del mundo es prueba de que esta libertad es real, y las bestias que emergen del mar en la visión de Daniel ilustran cómo esa libertad causa tantos problemas a nuestro mundo. Los vientos azotan la superficie del agua, generación tras generación, causando un dolor y una desilusión indescriptibles mientras el poder cambia continuamente de manos entre las principales potencias mundiales. Es un problema que no cesará hasta que se reúna el juicio y al Hijo del Hombre se le conceda su reino: «Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará; y su reino es uno que nunca será destruido» (Dan. 7:14).

La tarea de la iglesia remanente de Dios para los últimos días es la misma que la de Israel, porque el amor de Dios por los pecadores no ha cambiado: tenemos que llevar la luz de Cristo a todas las naciones. «En medio del cielo vi volar otro ángel –nos dice Juan– que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Decía a gran voz: “¡Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado. Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas!”» (Apoc. 14:6, 7).

De pie, en la frontera

Al igual que Israel, ahora nos encontramos asentados en la misma frontera de la Tierra Prometida. ¿Sucederá todo lo que Dios nos dijo que pasaría? O bien ya ha ocurrido, como es el caso de la mayoría de las profecías de Daniel, o parece estar ocurriendo ahora mismo. Y al igual que Israel, tenemos un informe alentador de alguien que –en visión– estuvo en la Tierra Prometida y nos devolvió el desafío de permanecer fieles:

«Tenemos grandes dificultades y pruebas. Se requerirá un fuerte valor y un esfuerzo perseverante para avanzar. Pero todo depende e nuestra fe en el Capitán que nos ha guiado sanos y salvos hasta ahora. ¿Dejaremos que nos inunde la incredulidad? ¿Cederemos con debilidad ante la desconfianza y al miedo? ¿Transigiremos ante el mundo para alejarnos de la Canaán celestial?»* En este momento, la verdadera cuestión es determinar si repetiremos el error de Israel y permaneceremos aquí una generación más.

No hay duda de que el mundo está lleno de gigantes intimidantes. Para nuestra mente, los poderes de la oscuridad parecen tener más poder, más influencia y más recursos. Vemos la tarea que nos han encomendado –el mensaje que se nos pide compartir– y aunque nos entusiasma personalmente, también sentimos pánico cuando pensamos en el mundo con el que, se espera, tenemos que compartirlo: «¿Ese mensaje? ¿A esa gente? ¿Cómo?»

Nos sentimos tentados a recurrir a estudios –esos datos empíricos que parecen demostrar que la fe cristiana está perdiendo terreno–. Las iglesias están disminuyendo; los jóvenes se están alejando de la religión; la gente ha renunciado a la idea misma de la verdad objetiva. ¿Cómo podremos iluminar ese mundo con la gloria de Cristo? Parece una misión condenada al fracaso.

Pero entonces Dios nos recuerda lo mismo que hizo el día que Israel eligió rechazar el desafío: «Después de esto vi otro ángel que descendía del cielo con gran poder, y la tierra fue alumbrada con su gloria» (Apoc. 18:1).

Dios nos está desafiando a reclamar un mundo que le pertenecerá. Levantemos los pies. Superemos el temor y crucemos la frontera hacia Canaán. Se necesita valor para creer en Dios a pesar de lo que digan los críticos. Seamos fieles. Contémosle a otra persona lo que sabemos de Jesús. Seamos parte de la luz que está a punto de iluminar el mundo.

Shawn Boonstra, editori asociado de la Adventist Review

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*Elena White, en Review and Herald, 29 de noviembre de 1881.

Publicado en la Adventist Review de septiembre 2026

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