Dios quiere usarlo a usted
«Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de una vasija, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mat. 5:14-16).
Pastor, creo que a mi amiga le puede interesar el evangelio, pero estoy bastante segura de que hoy está en el bar en vez de estar aquí en la iglesia». Acababa de concluir el almuerzo sabático con los miembros, y subíamos la escalera de la iglesia. Me detuve un momento a mitad de las escaleras para que ella pudiera continuar.
—¡Tiene que ir allí ahora mismo y sacarla de ese lugar! –exigió.
—De verdad agradezco su preocupación por su amiga –le respondí–, y es agradable tener a alguien tan deseosa de ayudar, en la congregación. Pero permítame hacerle una pregunta: ¿Qué cree que pasaría si yo entrara en ese bar para enfrentarla?
—Creo que si un pastor entra y habla con ella, dejará de beber y saldrá de allí. –Tammy lanzó esta segura y animada respuesta, esperanzada de que eso me obligaría a ir.
Lo que ella sentía era comprensible. Muchos parecen estar convencidos de que los pastores tienen argumentos y frases especiales que aprenden al cursar la carrera, que pueden pronunciar para ganar argumentos al instante o convertir a la gente. Aunque es cierto que los pastores que ganan almas suelen tener más experiencia que muchos en conversar con personas que luchan con la conversión, en realidad, son completamente impotentes para fabricarla. Generar convicción es algo que solo el Espíritu
Santo puede hacer. Si alguien ignora o rechaza el impulso del Espíritu, no es posible presentar un argumento racional que produzca otro resultado.
«Pero el hombre natural –nos recuerda Pablo– no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Cor. 2:14).
—Tammy –le respondí–, no creo que eso funcione como usted espera. La mayoría de las veces, si alguien se da cuenta de que un amigo o familiar ha enviado al predicador –y esa visita no es bienvenida– la situación empeorará las cosas. Puedo ir a ese bar ahora mismo, pero ella sabrá que usted me mandó, y hay una posibilidad real de que perjudique su amistad con ella.
—¡Pero está en peligro espiritual! –respondió Tammy, un tanto sorprendida de que yo no creyera que su idea era buena–. ¡Tiene que ir allí ahora mismo y sacarla de ese lugar!
¿Por qué yo dudaba? Como joven pastor, lo había intentado muchas veces, y tantas veces había visto qué mal salía; por eso, no creía que funcionara. La mayoría de las veces había esposas que tenían la esperanza de que yo encontrara las palabras justas para convencer a sus maridos de interesarse por Dios. A menudo es cierto que, si consigo desarrollar una amistad casual con esa persona, puedo crear la suficiente confianza como para fomentar la búsqueda honesta y crear un ambiente de apertura en el que me sienta cómodo hablando de Jesús. Por lo general, sin embargo, no se puede convencer a alguien solo mediante el debate.
Piense en todas las discusiones acaloradas que usted ha presenciado en las redes sociales. ¿Cuántas veces ha visto que alguien concluye con las palabras: «¿Sabe qué? ¡Creo que usted tiene razón!» El orgullo no permite que eso ocurra.
Además del riesgo de enfadar a su amiga, Tammy era presa de otro malentendido generalizado: la idea medieval de que el papel del pastor –un profesional formado– es ganar almas. Es una noción no bíblica que ha contribuido al crecimiento lento –o incluso negativo– de muchas iglesias. En el modelo del Nuevo Testamento, el miembro de iglesia es el ministro, y el pastor actúa como entrenador: forma, equipa y anima a la congregación a que gane almas.
En su carta a la iglesia de Éfeso, Pablo explica los dones que Dios ha dado a cada uno: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efe. 4:11, 12).
Fíjese que los pastores no han recibido el don de llevar a cabo la labor ministerial por sí mismos; han sido facultados por el Espíritu Santo para preparar a los santos para la labor ministerial. En algunas traducciones de la Biblia, la puntuación divide ese pensamiento en dos, como si el papel del pastor fuera tanto equipar a los santos como realizar él mismo la labor ministerial. Sin embargo, la puntuación no estaba en los manuscritos originales. Se añadió en una época en la que la comprensión del papel del clero aún estaba profundamente influenciada por la forma de ver y entender el sacerdocio católico romano.
La función que le corresponde al pastor es ocuparse en la tarea que Cristo nos asignó a todos.
«A todos los que les ha llegado la inspiración celestial –nos recuerda Elena White– se les encomienda ser responsables del evangelio. “Somos colaboradores de Dios” [1 Cor. 3:9], llamados a representarlo como embajadores de su amor».* Notará que Jesús no le dijo a su audiencia: Algunos de vosotros sois la luz del mundo. Se dirigió a una gran multitud, incluyendo a todos los presentes. Sin embargo, muchos de nosotros tememos ese llamado, porque nos preguntamos si realmente estamos listos para llevar a otra persona hacia Cristo. La verdad es que nosotros no lo hacemos. Tampoco el pastor. No estamos llamados a hacer el trabajo del Espíritu Santo, pero sí estamos llamados a estar presentes junto a aquellos sobre quienes el Espíritu ya está actuando.
La función que le corresponde al pastor es ocuparse en la tarea que Cristo nos asignó a todos.
Un papel para todos
Cuando nos cruzamos con alguien que puede estar interesado en la fe, es natural pensar inmediatamente en enviar al pastor. Es cierto que un buen pastor puede ser un recurso útil. Pero es importante creer que Dios puso a esa persona en nuestro camino por una razón. Es totalmente posible que seamos la mejor opción de ayudar a que esa persona halle una conexión con la iglesia de Dios.
Cuando entendemos que Dios nos llama, tal y como somos, con los dones que tenemos (y los que no tenemos), eso puede liberarnos del miedo. No tenemos que adoptar los estilos, las palabras o los gestos de los pastores a los que admiramos, pensando que para ganar almas necesitamos emular a quienes ya lo hacen. Por supuesto, escuchemos a quienes tienen éxito, para así aprender los principios implicados. Pero al mismo tiempo, es fundamental creer que Dios nos ha llamado para ese momento por ser quiénes somos. Cuando Dios necesitó un Pablo, levantó uno. Cuando necesitó un Lutero o un Wesley, los encontró. Pero ahora, en este momento, Dios necesita que usted sea una luz en este mundo.
Sí, usted, con todos sus defectos y peculiaridades de personalidad. No llevó a esa persona interesada en temas espirituales a otro, sino que se la envió a usted. Porque para la historia que está a punto de desplegarse en ese nuevo creyente, Dios cree que usted es la persona perfecta.
*Elena White, manuscrito 21, 1900, pár. 30.
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Shawn Boonstra, editor asociado de la Adventist Review. – Publicado en la Adventist Review de Septiembre 2026



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