LA VERDADERA OBRA DEL ESPÍRITU

14/09/2026

Y qué cosas no tienen nada que ver con él

«Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber» (Juan 16:13, 14).

Cuando era adventista reciente, una amiga me animó a asistir a unas reuniones carismáticas de reavivamiento. Se me ocurrió que, si quería compartir mi fe con ella, quizá tendría que demostrar disposición a considerar su punto de vista.

Con el tiempo, quedó claro que asistir a la reunión no fue en absoluto una buena idea. El predicador transmitió un mensaje que me sorprendió. Dijo así: «Aquí es donde encontrarán al Espíritu Santo». Se refería al salón alquilado en el que estábamos reunidos. Esa fue la primera señal de que algo iba terriblemente mal: las Escrituras no requieren que asistas a reuniones específicas de predicadores para encontrar el Espíritu de Dios, porque está disponible dondequiera estemos. El orador continuó: «Después de dos o tres días, la bendición del Espíritu se desvanecerá, y tendrán que regresar para recibir más».

Ese era otro gran problema, bíblicamente hablando: Dios no ha designado a ningún individuo como único dispensador de sus bendiciones. El Espíritu de Dios aparece definitivamente en las reuniones de creyentes; la manifestación sobre la reunión de creyentes en Hechos 2 es prueba de ello. Dios bendice la predicación de los individuos con la presencia de su Espíritu, pero ese predicador en particular no era Pedro, y esa reunión no era por cierto el día de Pentecostés.

Luego vino el golpe final y las palabras que me hicieron levantar y salir rápidamente del auditorio. «Para recibir el Espíritu –continuó el pastor–, tienen que vaciar la mente y permitir que suceda». Con eso, la gente a mi alrededor empezó a tirarse al suelo, riendo sin control. Me había topado con lo que algunos llamaban «Toronto’s Blessing» (La Bendición de Toronto), un movimiento global que había añadido el fenómeno de la risa sagrada a la tradicional creencia carismática de hablar en lenguas. Unos minutos después, sus movimientos se volvieron aún más dramáticos, e incluyeron «ladrar en el Espíritu» mientras se arrastraban en cuatro patas como un animal. Incluso hubo rumores de personas que asistían a las reuniones con pañales para adultos para comportarse como
bebés y así demostrar un compromiso con el «nuevo nacimiento». Nada de eso, por supuesto, se encuentra en las páginas de la Biblia.

Lo que realmente hace el Espíritu

Desesperados por descubrir pruebas de que Dios los conoce y los desea, algunos caen en la trampa de pensar que los llamados milagros que se producen en sus reuniones son prueba de salvación. A algunos les dicen que no eres un cristiano completo, a menos que empieces a hablar en un misterioso idioma celestial.

No solo no hay evidencia bíblica de esto –todos los incidentes de hablar en lenguas que se encuentran en el Nuevo Testamento implicaban lenguas humanas reales– sino que también es un grave malentendido sobre el papel del Espíritu. No anuncia su presencia con señales sin sentido, sino que su obra se centra en llevar a la gente al pie de la cruz. Jesús dijo a sus discípulos:
«Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber» (Juan 16:8-11, 14).

El Espíritu Santo es la presencia de Cristo en este mundo tras su regreso físico al Santuario celestial. Su misión es la misión de Cristo: «buscar y salvar lo que se había perdido» (Luc. 19:10).

En su ascensión, Jesús dijo a los discípulos que conquistarían el mundo con el evangelio. «Me seréis testigos en Jerusalén –explicó–, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra» (Hech. 1:8). Esto comenzaría cuando el Espíritu Santo les concediera poder. En otras palabras, el Espíritu fue dado a la iglesia para facultarla para la misión.

El día de Pentecostés –mientras la multitud se maravillaba del milagro de escuchar a Pedro en varios idiomas– él explicó lo que presenciaban con estas sorprendentes palabras: «Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís» (Hech. 2:33).

A veces cometemos el error de decir que el Espíritu Santo fue dado a los discípulos en Pentecostés; esto no es exactamente lo que ocurrió. Según Pedro, Jesús fue quien recibió el Espíritu; fluyó sobre él y de él a la iglesia. Jesús es el centro de toda misión, y el Espíritu sirve a sus propósitos en este mundo, no al nuestro.

Poder para cumplir la tarea

Siglos antes de Pentecostés, el salmista anticipó lo que ocurriría el día en que Pedro condujera a miles hacia Cristo. Vea si algo de este pasaje le resulta familiar: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es que habiten los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío del Hermón, que desciende sobre los montes de Sión, porque allí envía Jehová bendición y vida eterna» (Sal. 133:1-3).

¿En qué otro momento habitaron los hermanos juntos en unidad? En el día de Pentecostés, cuando todos estaban «unánimes» (Hech. 2:1). ¿Quién era Aaron? El sumo sacerdote. ¿Qué simboliza el aceite? El Espíritu Santo. No es insignificante que Pedro dijera a la multitud que Jesús acababa de ser «exaltado por la diestra de Dios» (vers. 33). Muchos estudiosos creen que el día terrenal de Pentecostés fue el mismo día en que Jesús fue instalado como nuestro Sumo Sacerdote en el Cielo, cuando recibió el Espíritu y lo compartió con su iglesia para inaugurar su misión guiada por el Espíritu.

Eso significa que toda nuestra obra tiene que ser guiada por Jesús desde el Santuario celestial; en otras palabras, estamos a cargo de casi nada. El Espíritu nos impulsa a seguir la conducción de Cristo para alcanzar a los perdidos, concediéndonos dones para el cumplimiento de esa misión. Nada –absolutamente nada– es tan importante para Cristo como salvar a los perdidos. Podemos recordar que en una parábola, Jesús describió a un pastor que dejó atrás a noventa y nueve ovejas para encontrar solo una que se había perdido. Al encontrarla, el Cielo dejó todo para celebrarlo.

Todos los recursos del Cielo se dedican a recuperar a los pecadores perdidos, no a entretenernos. El Espíritu de Dios no fue dado para que los creyentes intenten impresionarse mutuamente durante un culto religioso, con habilidades en apariencia milagrosas. El Espíritu no fue enviado para permitir que los predicadores de la televisión prometan sanación a cambio de una contribución económica; no fue enviado para hacer reír a la gente sin control ni para que dejen escapar sonidos sin sentido. Fue enviado para ayudarnos a cumplir lo único que Dios nos ha pedido que hagamos.

«En un sentido muy especial –nos recuerda Elena White– los adventistas del séptimo día han sido colocados en el mundo como centinelas y transmisores de luz. A ellos ha sido confiada la tarea de dirigir la última amonestación a un mundo que perece. La Palabra de Dios proyecta sobre ellos una luz maravillosa. Una obra de la mayor importancia les ha sido confiada: proclamar los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles. Ninguna otra obra puede ser comparada con esta y nada debe desviar nuestra atención de ella».1

Nada más; si nos centramos en otra cosa, es una distracción. Si intentamos invocar al Espíritu para cualquier otra cosa, estamos pidiendo algo incorrecto. La obra que nos ha dado es una tarea monumental; de hecho, es humanamente imposible. A menudo nos resulta abrumador cuando Dios nos muestra su mensaje final para el mundo –los mensajes de los tres ángeles–, y luego nos pide que vayamos a las naciones y lo prediquemos. Parece una misión completamente imposible, hasta que recordamos que la misión viene con la promesa segura de poder. «Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos» (Hech. 1:8).

Históricamente, cada paso hacia adelante en la causa de Cristo ha sido impulsado por el Espíritu Santo. Él utiliza su iglesia –habilitándonos y facultándonos– para que podamos alinearnos de forma significativa con las prioridades más elevadas de Cristo.

¿La verdadera prueba de que el Espíritu está visitando a una congregación? La misión, las almas, las vidas transformadas, los miembros de iglesia que crecen en la fe porque ven la manera en que Dios toma sus humildes esfuerzos y los multiplica. «El único modo de crecer en la gracia –nos dice el consejo inspirado– consiste en hacer desinteresadamente la obra que Cristo nos ordenó hacer: dedicarnos, en la medida de nuestra capacidad, a auxiliar y beneficiar a los que necesitan la ayuda que podemos darles».2

No es una de las formas de crecer: es la única manera. Por supuesto, oremos por el derramamiento final y glorioso del Espíritu Santo. Pidamos a Dios que envíe la lluvia tardía. Al fin y al cabo, es una promesa de Dios que él nos invita a reclamar. Pero luego, preparémonos para compartir a Jesús, porque a eso nos instará, al igual que el poder de la lluvia temprana en los tiempos de Pedro.

1 Elena White, Testimonios para la iglesia (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana, 1998), vol. 9, p. 17.
2 Elena White, El camino a Cristo (Nampa, Id.: Pacific Press Publ. Assn., 1993), p. 80.

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Shawn Boonstra, editor asociado de la Adventist Review.

Publicado en la Adventist Review de septiembre 2026

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