LA MANO BLANCA GIGANTE

31/08/2026

Milagro en el camino de montaña ante un inminente choque frontal

«Solo oraba para no sentir dolor cuando perdiera la vida».

UNA COLISIÓN INEVITABLE

La histórica ruta del río Columbia (U.S. 30) es una carretera estrecha de dos carriles que serpentea por las montañas en el estado de Oregón. Tupidos bosques de altos cedros abrazan con firmeza gran parte de la carretera, pero algunos de los tramos más complicados recorren las laderas de la montaña, donde muros de piedra se elevan por encima de la carretera o caen decenas de metros hacia el río. Es una ruta favorita para quienes les gustan las montañas y para adolescentes locales que a veces la utilizan para poner a prueba sus habilidades al volante.

Michelle, junto con dos amigas, la había elegido como el lugar perfecto para relajarse tras un día difícil. Michelle se sentó en el asiento del acompañante mientras una de sus amigas conducía por una de las zonas de curvas, «un poco por encima del límite de velocidad».

De repente, dos automóviles aparecieron de frente en la curva, acelerando directamente hacia ellas.

«No los habíamos visto, y ellos no podían habernos visto. Estábamos uno frente al otro», recuerda Michelle mientras me cuenta la historia.

Miró a su amiga y le dijo: «Ya está. Acá morimos».

Ambos automóviles eran rojos. Uno con una franja blanca que bajaba por la parte superior y cruzaba el capó. El otro era de un rojo muy brillante. Ambos competían a 120 kilómetros por hora.

«Todavía puedo ver los colores y sentir la velocidad». Las manos de Michelle tiemblan mientras revive la historia años después. «Había una pared rocosa del lado de la conductora, y mi costado caía decenas de metros hacia el río. No había cómo evadir. Íbamos a morir».

Nadie tuvo tiempo de «inclinar la cabeza para orar o decir: Querido Jesús». Pero el auto de Michelle se llenó de oraciones. Ella cerró los ojos y aguardó, esperando «no sentir dolor cuando perdiera la vida»

En lugar de los sonidos de un choque mortal, un fuerte chasquido y chisporroteos llenaron el aire, junto con un intenso olor a azufre. Entonces todo quedó en completo silencio.

«Abrí los ojos –dice Michelle–, y vi que el coche con la franja blanca que había venido directamente hacia mí, de alguna manera había pasado por encima de nuestro vehículo y estaba ahora del otro lado de la carretera. Era como si algo hubiera levantado el coche y lo hubiera pasado por encima de nosotras».

La conductora frenó de golpe en cuanto vio que los automóviles se acercaban a toda velocidad. Ahora, con ambos vehículos rojos detrás, siguieron avanzando muy despacio. Su amiga parecía estar en trance: sus ojos estaban abiertos, mirando la carretera, mientras sus manos se aferraban al volante. Estaban en completo silencio.

Siguieron avanzando, en silencio y abrumadas, por un par de minutos hasta Crown Point.

«Crown Point es un mirador con una hermosa vista sobre el desfiladero del río Columbia –dice Michelle sonriendo–, pero ese día no vi ninguna de esas bellezas. Me pellizqué un par de veces, solo para asegurarme de que realmente estaba viva».

LA MANO BLANCA

Cuando las chicas salían del automóvil, una gran camioneta negra se detuvo a su lado y otra más, detrás de la primera. Las puertas de ambos vehículos se abrieron de golpe y varios jovencitos bajaron a toda prisa.

«¿Viste la mano blanca? ¿Viste la mano blanca que tomó el auto con rayas y lo movió por encima del tuyo hacia el otro carril? ¿La viste?»

Michelle y sus amigas se quedaron mirando mientras escuchaban asombradas la historia que contaban los jovencitos.

«Vimos que una gran mano blanca bajaba del bosque, como del cielo, y tomó el auto rayado y lo hizo pasar sobre tu auto. ¿No la viste?»

Los adolescentes gritaban encimando sus voces con mucho entusiasmo, describiendo la gran mano blanca que bajó y levantó el vehículo; todos hablaban a la vez.

—No –dijo Michelle–. No, no vi nada. Tenía los ojos cerrados. ¿Pero olieron el azufre?

—Sí, yo olí el azufre –dijo uno de los jovencitos.

Otro añadió que había oído un chasquido y un chisporroteo, junto con un crujido muy fuerte.

Michelle, sus amigas y los muchachos de las camionetas negras quedaron hablando allí en el estacionamiento, durante bastante tiempo. Hasta que un chico dijo a los demás que pararan y lo escucharan.

RENACIMIENTO EN EL ESTACIONAMIENTO

—Mi padre es pastor –dijo–, y lleva años hablándome de Dios. Nunca le presté mucha atención. Pero ahora creo. Eso tiene que haber sido la mano de Dios o la mano de un ángel. ¡Algo divino!

—¿Alguien tiene una Biblia? –preguntó otro.
—Tengo una en el auto –respondió Michelle.

Entonces buscó su Biblia y volvió a reunirse con el grupo. Allí mismo, en el estacionamiento, dirigió un mini reavivamiento.

«Todos esos adolescentes creyeron en Jesucristo –me cuenta Michelle–. Estábamos repasando versículo tras versículo, hablando de cómo Dios protege a sus hijos, y allí lo alabamos todos juntos. Al cabo de un rato decidieron que querían volver a Portland, ir a la iglesia y manifestar su deseo de bautizarse».

Después de que los adolescentes se marcharon, Michelle y sus amigas volvieron al auto y comprobaron si había arañazos o algo más que señalara cuán cerca habían estado de la muerte. No había marcas en ningún sitio, salvo en sus corazones.

«Fue una experiencia tremenda –recuerda Michelle–. ¡Imagina que ese vehículo rayado me hubiera chocado a 120 kilómetros! ¡Todas habríamos muerto! No existe otra posibilidad.

«Dios me salvó la vida, y esos adolescentes fueron testigos. Ojalá hubiera tenido los ojos abiertos para contarles exactamente lo que pasó, pero fui demasiado cobarde. Sin embargo, lo vi a través de los ojos de nueve jovencitos, y gracias a ellos este recuerdo es una de las mejores cosas que me han pasado alguna vez».

«Ojalá hubiera podido unirme a ellos para celebrar sus bautismos. Habría sido hermoso.

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Dick Duerksen es un pastor y narrador que vive en Portland, Oregón, Estados Unidos.

Publicado en la Adventist Review de julio – agosto 2026

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