DON SAGRADO, CON LÍMITES SAGRADOS

08/06/2026

Consejos inspirados sobre la sexualidad

El chasco del 22 de octubre de 1844 provocó desánimo espiritual y preguntas prácticas. ¿Cuándo regresará Jesús? ¿Cómo tenemos que vivir los creyentes? ¿Qué implica esperar? ¿Debemos casarnos o permanecer solteros, centrados plenamente en proclamar la segunda venida y prepararnos?

El joven predicador millerita Jaime White y Elena Harmon –ambos líderes emergentes del movimiento adventista– se enfrentaron personalmente a ese dilema. La atracción mutua y las cuestiones prácticas de que las personas solteras viajaran y hablaran juntas les plantearon algunas preguntas que no pudieron ignorar. Tras mucha reflexión, en oración, a la luz de la segunda venida y la vocación singular de Elena, se casaron en 1846.

Tabúes rotos

Como mujer de mediados del siglo XIX, Elena White desafió las normas y expectativas sociales predominantes al abordar cuestiones tan sensibles como la sexualidad humana. Sus primeras declaraciones sobre el tema aparecieron dentro del contexto más amplio del mensaje adventista sobre salud. En 1864 publicó un folleto de 64 páginas sobre lo que ella denominó el «vicio secreto» (la masturbación), que describió como «el destructor de las resoluciones elevadas, el esfuerzo ferviente y la fuerza de la voluntad para formar un buen carácter religioso».1 Enfatizó además que todos los que entienden lo que significa ser cristiano reconocen su «obligación» como seguidores de Jesús de «colocar sus facultades físicas y mentales en perfecta sumisión a la voluntad de Cristo».2

Esta tensión entre el sexo como pasión descontrolada y el sexo como expresión de amor dentro de la seguridad del matrimonio es un tema recurrente en sus escritos.

Un regalo de Dios

Elena White presenta vez tras vez la intimidad sexual como algo que se disfruta dentro del matrimonio: un regalo de Dios. «Jesús no impuso el celibato a clase alguna de hombres –escribió–. No vino para destruir la relación sagrada del matrimonio, sino para exaltarla y devolverle su santidad original. Él mira con agrado la relación familiar donde predomina el amor sagrado y abnegado».3

En ese contexto, explicó que aquellos que «contraen relaciones matrimoniales con un propósito santo –el esposo para obtener los afectos puros del corazón de una mujer, y ella para suavizar, mejorar y completar el carácter de su esposo– cumplen el propósito de Dios» para la relación marital.4

Aunque algunos han calificado su postura de puritana, Elena White describió de forma constante la intimidad sexual como un privilegio que debía ejercerse dentro del matrimonio, instando a las parejas a preservar «el carácter sagrado y privado de la relación familiar».5

Los cristianos casados tienen que «considerar debidamente el resultado de cada privilegio de la relación matrimonial, y principios santificadores debieran ser la base de todas sus acciones», aconsejó.6

Aunque Jaime y Elena vivieron las típicas tensiones familiares que acompañan a la paternidad, la enfermedad, los viajes y la separación, los comentarios de ella se basan en la inspiración y en sus propias experiencias. Con dulzura, expresa en sus cartas cuánto anhelaba la compañía de Jaime. En cierta ocasión, cuando Jaime estaba enfermo, escribió: «Ayer anduvimos dieciocho kilómetros en la diligencia. La escena era hermosa; los árboles con sus diferentes matices, y los hermosos pinos aquí y allá. Las montañas excelsas y elevadas, los acantilados, el césped verde, todo era interesante a la vista. Podía haber gozado de estas cosas, pero me siento sola. El brazo fuerte y varonil sobre el cual he dependido, no está conmigo ahora».7

En otra ocasión en que estaban separados, escribió: «Mi oración cuando me acuesto, cuando me despierto de noche y cuando me levanto de mañana, es: Más cerca, oh Dios, de ti, más cerca, sí. Duermo sola […]. Aprecio el poder estar sola a no ser que tenga la gracia de tu presencia. Quiero compartir mi cama solo contigo».8

Los excesos sexuales

Como todos los buenos regalos, el don del sexo puede ser abusado. Al referirse al exceso sexual dentro del matrimonio, ella utiliza un lenguaje fuerte, refiriéndose a «pasiones animales» y, en otros lugares, a la «bestialidad»: «Los excesos sexuales destruirán ciertamente el amor por los ejercicios devocionales, privarán al cerebro de la sustancia necesaria para nutrir el organismo y agotarán efectivamente la vitalidad. Ninguna mujer debe ayudar a su esposo en esta obra de destrucción propia. No lo hará si ha sido iluminada al respecto y ama la verdad. Cuanto más se satisfacen las pasiones animales, tanto más fuertes se vuelven y violentos serán los deseos de complacerlas».9

Aquí vemos la tensión recurrente entre el sexo como algo saludable y el sexo excesivo como distracción de la vida espiritual. Este principio se aplica a muchas otras áreas de la experiencia humana. Los creyentes están llamados a asegurarse de que nada los distraiga de la comunión con Dios y el desarrollo continuo del carácter cristiano.

Elecciones con consecuencias eternas

Las elecciones sexuales y relacionales tienen consecuencias eternas, y White traza paralelismos entre el tiempo anterior al diluvio y el presente, cuando Satanás intenta cegar a los cristianos, fomentando la sentimentalidad y la impureza. Lo expresó así: «La concupiscencia de la carne ejerce dominio sobre hombres y mujeres. La mente ha sido depravada como resultado de la perversión de los pensamientos y sentimientos, pero el poder engañoso de Satanás ha enceguecido de tal manera los ojos, que estas pobres almas seducidas se adulan a sí mismas con la idea de que poseen mentes espirituales, que son especialmente consagradas, en circunstancias que su experiencia religiosa está compuesta de un sentimentalismo enfermizo más que de pureza, verdadera bondad y humildad de alma; la mente no se aparta del yo, no se ejercita ni se eleva al bendecir a los demás, al realizar buenas obras».10

Conclusión

Elena White enfrentó muchos de los mismos desafíos que nosotros enfrentamos hoy: ¿Cómo vivir una vida que realmente honre a Dios? Aunque su lenguaje a veces pueda parecer anticuado o duro, afirmó que el sexo es un hermoso regalo de Dios. Al mismo tiempo, advirtió que también es algo que Satanás suele usar y distorsionar con gran eficacia. Por ello, los cristianos están llamados a vivir una vida de pureza dentro de los límites del matrimonio, donde la intimidad sexual encuentre su expresión adecuada, significativa y hermosa.

1 Elena White, Conducción del niño (Mountain View, Cal.: Pacific Press Publ. Assn., 1964), p. 418.
2 Ibíd.
3 Elena White, El hogar cristiano (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 2007), p. 106.
4 Ibíd., p. 84.
5 Elena White, Testimonios para la iglesia (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana, 1996), t. 2, p. 83.
6 Ibíd., p. 339.
7 Elena White, Hijas de Dios (Nampa, Id.: Pacific Press Publ. Assn., 1999), p. 281.
8 Elena White, Mente, carácter y personalidad, t. 1 (Miami, Fl.: Asoc. Publ. Interamericana. 2007), p. 228.
9 Elena White, El hogar cristiano, p. 109.
10 Elena White, Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 228.

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Audrey Andersson es vicepresidenta de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Artículo publicado en la edición de junio 2026 de la Adventist Review

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