ALBERT EINSTEIN Y LA VERDAD SOBRE DIOS

11/05/2026

Una «teoría del todo»

Los científicos llevan mucho tiempo buscando una fórmula única para explicar el universo, que llaman la «teoría del todo». La noche en que murió Albert Einstein, junto a su cama, encontraron «doce páginas de ecuaciones escritas con precisión, salpicadas de tachones y correcciones […] [mientras] procuraba hallar su esquiva teoría del campo unificado».1

Sin embargo, por desgracia, ese «santo grial» de los científicos sigue siendo «uno de los grandes problemas sin resolver en la física».2

Nos lleva a preguntarnos si en nuestra búsqueda de Dios, existe una «teoría teológica del todo», una fórmula unificadora que sea la suma de toda la verdad revelada en el universo.

Consideremos la evidencia del cuarto Evangelio. «En el principio era el Verbo, […] y el Verbo era Dios […]. Todas las cosas por medio de él fueron hechas» (Juan 1:1-3). Quienquiera sea el Verbo, es claramente «el Hacedor de todas las cosas».

Pero sabemos quién es: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros […] y vimos su gloria» (vers. 14). Por supuesto, el Creador de todas las cosas es Jesús, la misma encarnación de Dios, cuyo amor por la raza humana es épico: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16). Sin duda, el Hacedor de todas las cosas nos ama.

Pero hay más. En su emotiva «última oración» en la fatídica noche de su traición, arresto y eventual crucifixión, el Creador de todas las cosas pide al Padre: «Aquellos que me has dado [los discípulos], quiero que donde yo esté, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24). Es decir, no solo nos ama: nos quiere con él.

Por tanto, está claro: «El Creador de todas las cosas me ama y me quiere».3 ¿Podría ser esto la suma de toda la verdad revelada, una «teoría del todo» divina?

¿Pero no son suficientes las tres palabras «Dios es amor»? Sí, lo son. Pero para una generación preocupada por su angustia existencial, hay aquí una interiorización de «Dios es amor» en el lenguaje introspectivo de las redes sociales: Dios no es solo amor; Él me ama y me desea.

Piénselo: ¿No es «el Creador de todas las cosas me ama y me quiere» la verdad resplandeciente que sustenta la creación, el Calvario, las Escrituras, el sábado y la salvación? ¿No es el corazón palpitante de la primera venida, la segunda venida, la brillante esperanza de la resurrección tras la oscura noche de la muerte? ¿Qué verdad universal hay en el corazón de todo lo que creemos?

¿Por qué, incluso los tres ángeles de Apocalipsis 14 que surcan el cielo antes del fin del mundo no proclaman con urgencia otra verdad sino esa? «Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra» (es decir, al Hacedor de todas las cosas [Apocalipsis 14:6, 7]), porque «la hora de su juicio ha llegado», y la malvada confederación –Babilonia–, «ha caído»; así que cuidado con el ataque enemigo de «la marca de la bestia» (Apoc. 14:8-11). La apelación final del «evangelio eterno» se alimenta de la verdad divina: «El Hacedor de todas las cosas me ama y me quiere».

«El mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios […]. En este tiempo, ha de proclamarse un mensaje de Dios, un mensaje que ilumine con su influencia y salve con su poder […]. Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor».4

Porque el Hacedor de todas las cosas, que me ama y me desea, nos ama y nos quiere a todos, a cada uno de nosotros, los perdidos.

¿Qué tiene que ver esto con esta nueva columna titulada «El desenlace»? Creo que Jesús llegará antes de lo que pensamos; mucho antes. A lo largo del camino que tenemos por delante, compartiremos las pruebas crecientes. Pero escuche esto: si no tenemos en claro el núcleo de nuestras creencias, ¿por qué deberíamos preocuparnos por el resto de ellas?

1 Walter Isaacson, Einstein: His Life and Universe, p. 543.
2 https://en.wikipedia.org/wiki/Theory_of_everything
3 Hace treinta años me encontré con esta frase en The Jesus I Never Knew, p. 269, de Philip Yancey. La atribuyó al escritor y crítico literario Reynolds Price, quien la calificó como «la frase que la humanidad anhela en las historias».
4 Elena White, Palabras de vida del gran Maestro (Mountain View, Cal.: 1971), p. 342. (La cursiva es mía).

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Dwight K. Nelson sigue escribiendo y predicando desde Berrien Springs, Míchigan, EE.UU.

Publicado en la Adventist Review de Abril 2026

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