COLMADOS DE LA GRACIA

21/04/2026

Efesios 1 y su mensaje para los padres

El conflicto parece una realidad inevitable en la crianza. Conflicto entre uno de mis hijos y yo; conflicto entre dos de los niños; conflicto entre uno o ambos niños y otro niño. Me encuentro, más a menudo de lo que me gustaría, sentada en un lugar solitario, sosteniéndome la cabeza con mis manos, mientras intento decidir si gritar o llorar. En esos momentos, mis oraciones no son profundas. Son palabras sueltas: «¡Socorro!», «¿Por qué yo?», «Dios, ¿y ahora qué?» Como madre, lo que realmente quiero es sabiduría y perseverancia: la sabiduría de saber cómo articular el problema con mis hijos o pedir perdón si me equivoco; y la perseverancia para mantener la línea y seguir educándolos.

En busca de sabiduría y seguridad

No hay ningún libro de la Biblia dedicado únicamente a criar a niños pequeños. Ni siquiera Proverbios –lleno de discursos como «Hijo mío, no olvides mi enseñanza»– toca todos los temas, aunque contiene material de mayor relevancia. Y a pesar de todos sus méritos, Proverbios no es lo que yo llamaría un libro «reconfortante». Lleno de sabiduría, sí, pero personalmente, no es el primer libro que leo cuando estoy en una batalla de voluntades con un niño de siete años. ¿A dónde puedo acudir para encontrar consuelo y esperanza cuando estoy en plena crisis?

Sé que busco algo específico para satisfacer una necesidad espiritual. No abro mi Biblia al azar. No busco un relato narrativo sobre un niño desobediente, ni un conflicto entre padres e hijos –esos suelen ser entre hijos adultos y padres y a veces terminan mal–. Lo que necesito es seguridad, no de que tengo razón en mi estilo de crianza, sino en mi valor y el valor de mis hijos, ante los ojos de Dios.

No creo que sea una elección selectiva acudir a un autor o libro específico de la Biblia según nuestra situación o incluso nuestro estado de ánimo. Por supuesto, todos deberíamos leer todos los libros de la Biblia ya que hay sabiduría en cada libro, incluso sobre cómo criar a niños pequeños. Pero a veces un autor bíblico se comunica de una manera que parece un bálsamo en una herida abierta. Dado que toda la Escritura es inspirada y provechosa para la enseñanza, me apoyo en ello cuando surge la necesidad. Para mí, ese autor es el apóstol Pablo.

Pablo y un consejo a los padres

Efesios 1. No es el manual de crianza que uno podría esperar, pero hay frutos ocultos allí que dan esperanza a mi corazón de madre, cuando a menudo entra en pánico. «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que vivamos en santidad y sin mancha delante de él» (Efe. 1:3, 4, NVI). Como creyente, reconozco la promesa de que él me ha bendecido con toda bendición espiritual. Y si creo eso para mí ¿por qué no creerlo también para mis hijos? Nos eligió a nosotros –lo que incluye a mis hijos–, para que vivamos en santidad y sin mancha –esa parte está en proceso–. Pero cuando aceptamos su perdón, nos volvemos santos e intachables ante sus ojos –eso también se extiende a mis hijos–.

«En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de su gracia, la cual Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento. Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo, esto es, reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra» (vers. 7-10). Entonar cánticos sobre la redención adquirió un nuevo
significado tras el nacimiento de mis hijos. No fue solo por mí que Jesús murió. También murió por ellos. Y eso me pareció infinitamente más importante. Por supuesto que quiero pasar la eternidad con Jesús; pero para mis hijos, mi anhelo por su salvación es intenso.

A los tres años, mi hijo comenzó a hacer preguntas sobre Jesús y sobre por qué tuvo que morir. No entendía qué era el pecado, ni por qué causaba la muerte. Aún no sabía que su impulso de destruir cosas –una parte normal del desarrollo de un niño de esa edad– podía convertirse en un hábito, si no se controlaba. No sabía que podía causar daños reales a las criaturas y personas que lo rodeaban; no sabía que había heredado una naturaleza pecaminosa. Lo que sí comprendió: que Jesús hizo en la cruz algo por él –por John E. J. Burton–.

Unir todas las cosas en Él. A veces solo quiero que nos llevemos bien, que dejemos de discutir y que estemos de acuerdo. Normalmente eso significa que quiero que estén de acuerdo conmigo, ya que, como madre, suelo tener la razón. Pero hay alguien más grande que une a nuestra familia. No depende de mí ni de mis expectativas sobre cómo tiene que comportarse mi familia; es Jesús quien nos une. Pablo habla aquí del cosmos, pero lo cósmico incluye a mi familia. Somos parte del pueblo en la Tierra, miembros del cuerpo de Cristo, y la unidad que promete no es solo entre los miembros de iglesia, sino también
entre los miembros de la familia. Es entre mis hijos entre sí, y entre mis hijos y yo.

«No he dejado de dar gracias por ustedes al recordarlos en mis oraciones. Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado» (vers. 16-18, NVI). Pablo está escribiendo a los efesios sobre lo que ha oído acerca de su fe y les asegura que está orando por ellos. Luego les dice sobre qué está orando: que Cristo les conceda «el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor»; y también que vean con el corazón «a qué esperanza él los ha llamado».

Si Pablo pudo orar esto por los efesios, yo puedo orar esto por mí y mis hijos. Puedo pedir sabiduría y visión para ver la esperanza a la que él nos ha llamado. No tengo que hacerlo sola. El Dios que creó a mis hijos, que los conoce mejor que yo, –conoce sus corazones, sus rarezas, sus tendencias, sus dones–, puede darme sabiduría para amarlos y discipularlos bien.

¿Significa esto que no debería educarme leyendo libros sobre cómo criarlos? Absolutamente no. Dios me da sabiduría, y esa sabiduría me dice que necesito aprender todo lo posible sobre las formas más efectivas de comunicarme con mis hijos de manera adaptada a sus necesidades individuales. Dios también ha dado su sabiduría a otros padres, especialistas en conducta infantil y terapeutas, de los que puedo aprender.

Receptores de la gracia, llamados a la esperanza

Cuando recuerdo que la sabiduría de Dios está disponible para aquel que la pide y que hay esperanza –la esperanza a la que he sido llamada–, se me quita un peso el alma. El evangelio es para mí; pero también lo es para mis hijos. El que nos redimió en la cruz también los redimió a ellos.

Hago el trabajo duro de discipularlos. Eso significa disciplinarlos por comportamientos dañinos, hablar sobre conflictos, responder preguntas tanto triviales como de proporción cósmica; pero lo hago en un marco que reconoce y solicita activamente la sabiduría, el conocimiento y la fe divinas con la esperanza a la que él me llamó. Ese marco también reconoce que mis hijos son receptores de la misma gracia que a mí me han dado y, por tanto, tienen el mismo valor infinito para Dios. Han sido colmados con las riquezas de su gracia. Como seres humanos completos, merecen mi respeto.

Hay esperanza más allá de rabietas, quejas, discusiones y gritos de frustración. Lo veo cuando mi hija le ofrece al hermano un pedazo de su golosina. Lo veo cuando mi hijo deja que ella pulse el botón que abre una puerta automática. Lo veo cuando se acurrucan juntos en mi regazo por la mañana; cuando se apoyan entre ellos cuando alguien los trata mal; cuando llevan flores a un vecino anciano y cuando hacen preguntas sobre Jesús, la resurrección y sobre cómo será el Cielo. Y aunque no lo vea, sé que la esperanza está allí. Lo veo con los ojos de la esperanza que Dios me regaló.

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Sarah Gane Burton es escritora, vive en Berrien Springs (Míchigan, EE UU.), con su esposo y sus hijos.

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