DISCERNIR PARA SERVIR

27 noviembre, 2023

Ante el pedido de un joven rey, Dios no se hizo esperar.

Salomón tenía apenas unos veinte años cuando accedió al trono de Israel, y era consciente de que estos zapatos le quedaban bastante grandes. Había visto gobernar a su padre, el rey David; un hombre de gran valentía y sabiduría, pero –sobre todo– un hombre que amaba a su Dios y mantenía una relación estrecha con él.

Ahora David no estaba más y Salomón, aunque un poco confundido en algunos aspectos, quería que el Dios de su padre también fuera su propio Dios. Sabía que solo Dios podría ayudarlo a ser un buen rey. Cuando nos damos cuenta de que queremos acercarnos más a Dios, él no se hace esperar. De alguna manera percibimos que está cerca, abriendo ante nosotros un mundo de posibilidades.

Una noche, Salomón tuvo un sueño en el que Dios le dice: “Pide lo que quieras que te dé” (1 Rey. 3:5), y el nuevo rey derrama su corazón ante el Todopoderoso, reconoce que es joven e inexperimentado para la gran responsabilidad de gobernar y hacer justicia: “Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú elegiste: un pueblo grande, que no puede contarse ni numerarse por su multitud. Así, da a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo. Porque, ¿quién podrá gobernar a este tu pueblo tan grande?” (vers. 8, 9).

¡Qué feliz hizo Salomón a Dios con su pedido! “Y agradó al Señor que Salomón pidiese sabiduría” (vers. 10). Y así, le presentará tres promesas: un corazón sabio y entendido cual nunca hubo ni habrá (vers. 12); riquezas y una magnífica reputación (vers. 13); y, si permanecía fiel a Dios, una larga vida (vers. 14).

¡Qué feliz hizo Dios a Salomón con su respuesta! El rey se levantó de su sueño, fue al Tabernáculo y adoró a su Señor. Y terminó sirviendo un banquete a todos sus siervos (vers. 15).

Si buscamos qué motivaba a Salomón en aquel momento, encontraremos fácilmente un profundo espíritu de servicio; es decir, los demás eran importantes para él. Se reconoció como siervo de Dios (vers. 7); buscó su bendición para poder servir como juez justo; y al recibir las promesas, sirvió a sus siervos para compartir esa bendición con ellos.

Una actitud de servicio es un poderoso punto de partida para una vida realizada con inteligencia. El Señor le prometió, y le dio, un corazón entendido, capaz de discernir; literalmente, un corazón capaz de oír, capaz de estar en sintonía con la voluntad de Dios y anclado en la realidad, para poder ser útil a la sociedad.

Nosotros también necesitamos un corazón semejante. Un corazón que busque respetar a los demás, beneficiarlos y entenderlos. Porque la tentación de juzgar mal, rápidamente y sin conocer el contexto de la situación, es muy grande. Entender y discernir implica tomarse el tiempo para pensar y observar.

Un día, una dama subió al autobús para ir a su trabajo. Frente a ella, había un padre con sus dos hijos. Con la mirada perdida, el padre miraba por la ventana y no hacía caso de los dos pequeños, que hablaban fuerte y no se quedaban quietos. Mientras tanto, la mujer –y otros pasajeros– perdían la paciencia. Hasta que la mujer lo encaró: “¡Señor! ¿No le importa que sus hijos estén molestando? ¡Son muy maleducados! Y usted, como si nada…”

El hombre la miró sin verla; sus ojos, rojos e hinchados. Y expresó: “Mi esposa… su madre, murió esta noche en el hospital, y ellos no saben cómo reaccionar…”

“¡Cuán a menudo provienen serias dificultades de una simple interpretación errónea, hasta entre aquellos que son guiados por los móviles más dignos! Y, sin el ejercicio de la cortesía y la paciencia, ¡qué resultados tan graves y aun fatales pueden sobrevenir!” (Elena White, Patriarcas y profetas, Cap. 48, p. 496).

Ayer, Salomón contemplaba a aquel inmenso pueblo; cada persona viviendo circunstancias que él desconocía. A ellos tendría que hacer justicia. Hoy, vivimos en un mundo donde todo corre y se complica, donde las relaciones humanas sufren porque no nos entendemos o no nos tomamos el tiempo para pensar y entender a los demás.

Pero la promesa de ayer es también la promesa de hoy: “El que posee entendimiento se estima a sí mismo; el prudente hallará el bien” (Prov. 19:8). RA

  • Lorena Finis de Mayer

    Lorena Finis de Mayer es argentina y escribe desde Berna, Suiza. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

Artículos relacionados

UN VIAJE A TU CORAZÓN

UN VIAJE A TU CORAZÓN

 El divino trazado del amor en el Salmo 139. Cuando se trata de declarar su amor, Yasushi Takahashi no recurre a flores o bombones. Menos aún a cenas románticas o tarjetas con edulcorados mensajes. Nada de eso. Este artista gráfico japonés recorrió 7.163 kilómetros en...

LEJOS DE LAS FRASES HECHAS

LEJOS DE LAS FRASES HECHAS

La alegría de saber que Jesús es mi vida. Cuando escribí la letra del himno “Jesús es mi vida” (Himnario Adventista Nº 434), quería evitar usar frases hechas, aquellas que ya perdieron       su significado y decimos sin pensar o sin entender. Aquellas que el tiempo ya...

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *