EL TREN DE LA SALVACIÓN

11 septiembre, 2023

“¿Quién no te temerá y glorificará tu nombre, Señor? Porque solo tú eres santo. Todas las naciones vendrán y te adorarán…” (Apoc. 15:4).

“En el tren de la salvación que al Cielo nos llevará, tomad los boletos que Jesús nos quiere dar. ¡Aleluya, no hay nada que pagar! Pi, pi, pi suena el silbato. Chu, chu, chu, responde el tren. ‘¡Aún hay lugar’, grita el guarda, ‘en el tren de la salvación!’ ” Así dice la conocida tonada cristiana que muchos niños cantan con entusiasmo.

Ciertos textos del Apocalipsis, como el que encabeza esta sección, han sugerido a algunos que todos los seres humanos se salvarán finalmente.

No cabe duda de que el Antiguo Testamento fue la principal fuente literaria de la que Juan se valió para describir los cuadros visionarios que le fueron mostrados. Si algo se destaca en aquel, y en el resto de la Biblia, es el propósito divino de comunicar su plan redentor a la humanidad entera mediante su pueblo, creado para tal fin (Gén. 12:3; Isa. 65:25; Dan. 2:28, 29, 45-47; 4:27; Jon. 4:11; Mat. 28:19, 29; 1 Ped. 3:20; Apoc. 14:6; etc.).

No obstante, la intención divina de salvar es inseparable de su respeto por la libertad que otorgó a sus criaturas de decidir ser salvadas o no. ¿Qué sentido tendrían, de otra manera, las innumerables exhortaciones divinas a elegir entre la vida y la muerte, a optar por la vida eterna? Salvar a todos los seres humanos representaría, por otra parte, una asombrosa falta de respeto divino hacia el libre albedrío humano y una contradicción en su propio carácter.

Contrariamente a la idea de que todos los seres humanos optarán –tarde o temprano– por la salvación, abundan en Apocalipsis los textos que describen la suerte final de quienes abracen el mal, en armonía con el ejercicio de la libertad de elección de los tales (Apoc. 1:7; 6:9, 10, 15, 16; 9:20, 21; 13:8; 15:2–4; 16:19; 19:11-21; 20:8, 9, 12-14; 21:8, 27; 22:11, 12, 15, 19). En abono de esto, la dinámica pactual progresiva que recorre el Apocalipsis pasa de una fase exhortatoria, disciplinaria y restauradora en las cartas a las iglesias, los sellos (se menciona allí “la cuarta parte”) y las trompetas (la intensidad disciplinaria asciende aquí a “la tercera parte”), a una etapa vindicativa, irreversible y de alcances plenos durante el desarrollo del derrame de las copas, al concluir el tiempo de gracia, cuando los malvados hayan colmado la medida de la paciencia divina y decidan cruzar la línea de no retorno.

En tal sentido, la Biblia es consistente acerca de la suerte final diversa (no uniforme) de la humanidad, sobre todo en las secciones que se refieren al final de la historia. Por ejemplo, tanto Jesús como Pedro citan el Diluvio no solo como un evento histórico, sino también como un precedente de lo que sucederá cuando Cristo regrese a la Tierra. Ambos se refieren a dos grupos: el de los perdidos y el de los salvos (Mat. 24:37, 38; 1 Ped. 3:20; 2 Ped. 3:6, 7). Daniel, el complemento del Apocalipsis, concuerda con ello (Dan. 12:1-3).

Por su parte, Juan destaca que los redimidos provendrán de todas las naciones, no que todas las naciones serán redimidas (Apoc. 5:9; 7:9; 14:4). ¿Cómo se debería entender Apocalipsis 15:4? Juan está evocando allí las palabras de Jeremías 10:7 y Salmo 86:9 acerca del futuro gobierno mundial del Mesías en términos e imágenes típicos de la cultura del mundo bíblico. Otro tanto ocurre con Apocalipsis 21:24 (cita de Isa. 60:11), que, interpretado literalmente, implicaría que habrá naciones enteras en las que nadie haya rechazado la salvación, y otras en las que ni una sola persona la habrá aceptado.

En la misma línea metafórica y evocativa, el Cristo glorificado, como corregente del Padre tras su entronización celestial, “regirá con vara de hierro a todas las naciones” (Apoc. 12:5; 19:15; cita en ambos casos de Sal. 2:9). Se trata de la fraseología propia de la historia y de la escatología del Israel de antaño con las que Juan y su público estaban familiarizados.

En suma, así como los espejismos de oasis rebosantes de agua no impiden que la gente muera de sed en los desiertos, la convicción de que el mundo entero finalmente se salvará no detendrá el tren de la salvación hasta que todos decidan ocupar un lugar en él. Para tristeza de Dios, su clamorosa invitación “¡todos a abordo!” nunca hallará eco en el corazón de muchas de sus criaturas. Sin duda, nada le encantaría más que compartir la Eternidad con todas ellas, pero no al costo de avasallar la libertad con que él mismo las invistió.

Autor

  • Hugo Cotro

    Pastor, doctor en Teología y docente universitario de destacada trayectoria. Actualmente ejerce su ministerio como profesor en la Universidad Adventista del Plata, Entre Ríos, Rep. Argentina.

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