Cómo obtener una tranquilidad plena.

Tras una bendecida mañana de sábado, un grupo de familias jóvenes decidió almorzar juntos. Llegaron con sus automóviles al lugar donde una de las familias vivía y, entre el bullicio y la excitación de los niños y la extrovertida expectativa de los adultos, bajaron y se dirigieron a la puerta de entrada.

Todos, menos el pequeño Nicolás.

En aquel torbellino social y desconociendo el lugar, terminó entrando con otras personas a otra puerta. Subió las escaleras, pero no tardó en darse cuenta de que había seguido a personas desconocidas y que ahora no sabía dónde estaban sus padres y las otras familias de la iglesia.

Así que, se sentó en las escaleras a esperar…

Mientras tanto, en el edificio contiguo, las preparaciones para el almuerzo seguían su curso mientras la armada de niños jugaba animadamente.

Hasta que notaron que el pequeño Nicolás no estaba con ellos.

No voy a describir aquí lo que todo padre, o abuelo, o tío o amigo de la familia siente cuando se da cuenta de que su niño está perdido.

Cuando por fin lo encontraron, sentado, tranquilo, en las escaleras del otro edificio, Nicolás les dijo: “Yo sabía que me iban a buscar, así como el pastor salió a buscar a la ovejita que se había perdido”.

“La boca de los sabios esparce sabiduría; […] la oración de los rectos es su gozo” (Prov. 15:7, 8). No había llanto ni temor por encontrarse solo en un lugar desconocido. No hubo trauma por sentirse aislado de su familia. Al contrario, una historia de la Palabra de Dios le dio tranquilidad.

El pequeño recordó la parábola de la oveja perdida, que, sin duda, habrá escuchado muchas veces. Sabía que estaba perdido, y la asociación se hizo naturalmente en su corazón y su mente de niño.

La Palabra de Dios ya había imprimido una verdad poderosa en su mente infantil: el pastor no abandona a sus ovejas –Jesús no abandona nunca a sus hijos. Esta seguridad le dio tranquilidad para esperar, y no le quitó la alegría de saberse querido por Jesús.

El profeta Isaías, al describir una visión del futuro del pueblo de Dios, escribió el mensaje de nuestro Padre: “Y sucederá que antes que ellos clamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo habré oído” (Isa. 65:24). Aunque esta promesa tenga su aplicación en el futuro, también es una realidad para nosotros, hoy y aquí, porque nuestro Padre conoce nuestras necesidades antes de que aparezcan. Él sabe que nos vamos a perder, que vamos a necesitar ayuda especial, que nuestros planes no siempre se darán como lo pensamos. Y empieza a preparar la solución antes de que seamos conscientes de nuestra necesidad.

En este momento Dios está organizando soluciones para mis problemas de mañana, para aquellos que todavía no sé que existirán. Él está preparando las personas que me darán una palabra de ánimo, que me ayudarán financieramente, que estarán allí cuando las necesite.

Las providencias de Dios son una maravilla. Con su Santo Espíritu, nuestro Padre nos acompaña en todo momento con esa expectación que todos conocemos cuando preparamos un regalo especial para alguien. ¡Apenas sí podemos esperar a que llegue el momento para dárselo! Y la alegría de ver su alegría por el regalo es una enorme satisfacción.

Antes de que sintamos la necesidad, antes de que lo llamemos en oración, nuestro Pastor ya salió a nuestro encuentro con un regalo en sus manos. Lo que más desea es que grabemos esta verdad –esta promesa– en nuestra mente.

Dios sabe que, cuando la hayamos atesorado, nuestras emociones serán sanas y positivas frente a las situaciones adversas que nos toque vivir. Aunque “solo” se trate de comer un almuerzo enfriado mientras te recuperas del estrés por la ovejita perdida (y encontrada).

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