“Soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Efe. 4:2, 3, BJ).

Si bien las relaciones familiares reflejan una importante complejidad emocional y presentan diferentes configuraciones, de acuerdo con los especialistas se pueden distinguir tres formas frecuentes de organizar los vínculos del hogar: la ambivalente, la conflictiva y la de solidaridad. Por razones de espacio, solo nos referiremos a dos de ellas.

Ambivalencia

Las conductas ambivalentes describen las contradicciones que experimentamos en nuestro interior y en las relaciones. Podemos sentir las divergencias entre los deseos de cercanía y de poner distancia, la búsqueda de intimidad o de amurallamiento defensivo, el ansia de la pasión o la frialdad de la indiferencia. La ambivalencia es un reflejo de los dilemas que padecemos en la interioridad, resultado de sentimientos opuestos, que aparecen confundidos y necesitados de clarificación. Es probable que la ambivalencia engendre sentimientos de malestar y sea consecuencia de un estado temporario de crisis o cambios. 

Se distinguen dos tipos de ambivalencia: una estructural y otra circunstancial. La primera es cuando la contradicción está instalada en las estructuras de las relaciones de familia, cuando existen diferencias enquistadas en los vínculos sociales. Así, por ejemplo, si un hijo siempre es favorecido por los padres con regalos y privilegios, es normal que los otros hijos actúen con ambivalencia, reaccionando con enojo por la injusticia y, por otro lado, teniendo expresiones de cariño debido al sentimiento filial. Es obvio que corresponde modificar esos patrones arraigados de ambivalencia, cambiándolos por otros más justos y ecuánimes.

La ambivalencia circunstancial es por algún motivo fortuito. En esos casos, hay que detectar la causa que lo produjo y proceder a superarla. Quizás alguien se enojó en casa por algún hecho que interpretó como arbitrario. Entonces se requerirá negociar las demandas y las posibilidades para suprimir las ambivalencias y recuperar la armonía familiar.

Solidaridad

Otra modalidad de relaciones familiares es la de solidaridad. Es aquella que contribuye a la integración de la familia, favoreciendo la cohesión y la unidad. Por eso, constituye el “vínculo de la paz”. Es útil señalar que el término solidaridad proviene del latín solidus, que designaba una moneda de oro sólido. De ahí se derivaron las palabras “soldada”, “soldar”, “solidez”, “consolidado” y, a mediados del siglo XIX, la expresión “solidario” y “solidaridad”. Por lo tanto, la “solidaridad” alude a algo conformado, sólido y terminado, que, aplicado a las relaciones familiares, significa la composición segura y estable de los vínculos hogareños.

En esta época cuando las familias se diversifican y desintegran, y las normas son más ambiguas, el hogar debiera ser el principal lugar de solidaridad, haciendo que las responsabilidades sean compartidas por todos sus integrantes. Por supuesto, la solidaridad va mucho más allá de los quehaceres o las actividades domésticas, ya que puede aplicarse también a las actitudes y conductas. Por ejemplo: el ponerse de acuerdo para ver TV o utilizar la computadora, que muchas veces puede causar conflictos, ya que cada uno tiene sus propios gustos. Es entonces cuando se debe ceder en favor del bien de los demás. Estos pequeños detalles son los que determinan la armonía familiar, producto de la solidaridad entre sus integrantes y de la buena comunicación existente.

En consecuencia, es claro que a las relaciones ambivalentes hay que investigarlas y procurar superarlas, porque probablemente derivarán en relaciones conflictivas que menoscabarán seriamente la vida familiar. Lo que es necesario desarrollar e incentivar son las relaciones solidarias dentro de la familia (y fuera de ella) para que se afirme y consolide la armonía y el bienestar de todos los miembros.

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